7 de febrero de 2013

El concejal Ramírez

     El concejal Ramírez era un lobo de la política. Su defensa del sentido cívico era innumerables veces un instrumento para dirigir y coaccionar a las personas. Hay algo en el poder que atrae a las almas mutiladas y enfermas pero el concejal Ramírez defendía los derechos de los ciudadanos con rigor escrupuloso y sus adictos no llegaban a percibir la deformidad con que estaba conformado su espíritu. Habría que habitar las casas de los votantes de otros partidos para conocer su auténtico rostro escuchando lo que de él dijeran los que no creían en el valor irrefutable de la ideología tras la que se camuflaba. 
     La intransigencia de la gente de ciudades pequeñas en materia de rupturas de pareja se cebó especialmente con él cuando abandonó a su esposa, considerada bondadosa y bella a pesar de su edad, para unirse con una agente de policía, con quien los maliciosos comentaban que mantenía relaciones sexuales sadomasoquistas, usando incluso para ello instrumental público perteneciente al cuerpo de policía. Independientemente de estas exageraciones y muestras de intolerancia, los murmuradores eran certeros en una cosa: Ramírez tenía un corazón duro y sus semejantes le importaban muy poco.
     Cierto día, Ramírez entró en la consulta de un dentista y rogó a los presentes que le permitieran ser atendido antes que los que le precedían en la lista de espera con estas palabras emitidas en un tono grave de gran empaque:
     -Discúlpenme ustedes pero he de ir dentro de tres cuartos de hora al pleno del Ayuntamiento y les pido que sean tan amables de dejarme pasar el primero. Hoy se debaten cuestiones de transcendental importancia para el futuro del municipio y, si faltara mi voto, se distorsionaría la verdadera voluntad de la ciudad, que votó por mí y espera que yo no esté ausente en este evento de primera magnitud.
     -Lo siento, señor -dijo un hombre con tono consternado-. Ahora me toca a mí. Mi novia me está esperando. Va a tomar el tren para coger un avión para irse a América y no volverá hasta dentro de un año. No la veré hasta entonces y, si tardo más de tres cuartos de hora, se tendrá que marchar sin haberme visto.
     Un adicto al partido político de Ramírez salió entonces en defensa de este, su alma era tan negra como la de Ramírez y sintió la tentación de congraciarse con alguien tan importante como era el concejal.
     -Mire usted, caballero -dijo-. Su novia puede ser importante para usted pero el tema que se va a debatir y votar en el pleno esta mañana es el de la segregación de la barriada de San Martín y eso es importante para todos. Porque la ciudad está en un estado lamentable y es por culpa de esa barriada monstruo que se lleva una parte importante del presupuesto.
     El adicto espontáneo miró al acabar a Ramírez buscando su aprobación y este, en efecto, refrendando sus palabras, dijo:
     -Así es. Se trata de un tema de importancia vital para el municipio. Espero que reconsidere usted su postura que me parece muy poco cívica, perdóneme que le diga. Por una cuestión de enamorados, no puede esta ciudad volver a tener otro año como el que hemos vivido.
     -Se trata de espíritu cívico, señor Ramírez -dijo el adicto-. Pero hay gente que no atiende más que a su egoísmo particular. 
     Aquella sala parecía atestada de votantes del partido de Ramírez porque, tras estas palabras, habló otro hombre con barba y con el pelo algo ralo que dijo al hombre al que correspondía entrar primero:
     -¿Qué le cuesta dejar entrar al concejal, hombre de Dios? Seguro que su novia lo entenderá. Llámela por teléfono y dígale que la quiere mucho. ¡Y ya está! El bien particular ha de sacrificarse cuando entra en conflicto con el bien colectivo. Me parece intolerable su actitud.
     Un hombre algo mayor, que estaba poniéndose algo asustado ante aquel desfile de argumentos de altísima relevancia moral se apresuró entonces a decir con débil y trémula voz:
     -Yo entro después de él. Le dejo que pase si quiere, señor concejal.
     -Lo que yo no entiendo -dijo al instante el adicto que habló primero- es cómo este señor puede tener la poca vergüenza de obligarnos a los ciudadanos a pasar otro año con el colgajo de la barriada de San Martín  porque le viene en gana darle un beso a su novia antes de que monte en el tren. Óigame, eso es indecente, diga usted lo que diga...
     El hombre al que le correspondía pasar primero, sin responder nada, metió su mano en el bolsillo, sacó su móvil, marcó un número y, tras esperar a que le contestaran, dijo en voz alta, para que todos le oyeran:
     -Cariño, me toca ya, voy a llegar a tiempo, no te preocupes. Aquí hay un imbécil que quiere obligarme a que le deje pasar antes. ¡Tiene narices! Eres más bonita que un sol y el presupuesto del ayuntamiento de esta ciudad multiplicado por mil no paga ni la milésima parte de la bondad que tienes en tu corazoncito de niña. Ahora voy, cielo, no te pongas nerviosa.
     Y, tras cortar la llamada, miró a Ramírez con la expresión más inocente y tranquila que pudo aparentar.

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