27 de febrero de 2013

Los poemas de Raúl

     Bernardo estaba convencido de que tenía un hermano idiota. Bernardo tenía treinta años y su hermano Raúl, treinta y dos. Bernardo había superado cada una de las etapas que conducen de la niñez y la adolescencia a la madurez. Primero fue el primer beso a una chica. Un trámite que tan ansioso estaba de cumplir que por poco no le provocó la expulsión del colegio. Luego, la primera borrachera, la primera experiencia sexual, la primera novia, el primer trabajo, el primer coche, la licenciatura en la universidad, la boda con su actual esposa, su primer hijo y ahora, al fin, tenía un trabajo estable y de prestigio que le procuraba un alto nivel de vida, que él llamaba felicidad.
     Raúl, en cambio, aunque pueda parecer poco creíble en una persona normal, tuvo el primer beso ya en la época de la universidad, cuando una chica totalmente ebria besó su boca tan inesperadamente que se quedó inmóvil y alelado, como intentando averiguar qué le había ocurrido. Por lo demás, la mayoría de las cosas que, a su edad de treinta y dos años, había hecho no se distanciaban mucho de las que haría un niño sobreprotegido por los adultos en un país occidental. Pese a que había conseguido la licenciatura en la universidad, no había sido capaz de superar las oposiciones para conseguir un puesto de trabajo y había tenido que emplearlo su padre como contable mediocremente eficaz en su negocio. Nunca había tenido novia aunque se había enamorado de varias chicas a las que no se atrevía a abordar. Ni siquiera salía ya con amigos pues prefería hacer en sus ratos libres una vida de aislamiento y soledad leyendo y escribiendo poemas. Su hermano le había repetido tanto y de tantas maneras la idea de que era un inútil incapaz de valerse por sí mismo que, en su fuero interno, se torturaba incansablemente con ella pues los espíritus bondadosos, en materia de evaluación propia, tienden a dar más crédito a los juicios ajenos, aún los más hostiles, que a los propios.
     Con todo, soñaba que sus poemas le consagrarían como un gran poeta. "¡Poemas, poemas...!", le decía su hermano, "a una tía hay que agarrarla de las tetas y darle un morreo. Es de esa forma como no se te escapa ya, ¿A qué viene tanto poema? No tienes carácter, hermano". Pero él tenía la secreta intuición de que, tras la poesía, se escondía un tesoro de incalculable valor que daría significado a su vida, que, por lo demás, era un absoluto fracaso, según tenía ya asumido. El único oxígeno que entraba en su vida eran sus poemas. Si no fuera por ellos, la esperanza dejaría de iluminar su horizonte.
     Pero, un día, su hermano Bernardo anduvo por casa de sus padres acompañado de un hombre de edad avanzada y gran cultura y decidió mostrarle parte de los poemas de su hermano pese a que él no estaba presente. Cuando el anciano leyó algunos de esos poemas, los juzgó de escasa calidad y se lo comunicó a Bernardo.
     -Felicite a su hermano por la claridad de su expresión -le dijo- pero no los creo poemas de auténtica relevancia literaria... Se le entiende todo.
     Bernardo, al que, de pronto, le invadieron los más hondos escrúpulos literarios, pese a que no había leído un solo libro desde que salió de la universidad, quiso que su hermano escribiera poemas como había que escribirlos, al parecer, sin que se entendiera todo. Y, muy ufano, le dijo, cuando se encontró con él, que un señor muy culto y entendido le había comunicado que sus poemas no valían porque se entendía todo y que le hiciera caso y los escribiera de forma que no tuvieran pies ni cabeza.
     Raúl, demostrando ese carácter que su hermano le negaba, lejos de creer malos sus poemas, pese a la opinión del anciano culto, le contestó:
     -Escribo para una persona cuya inteligencia no me permitiría un solo gesto de falta de honradez.
     Y, al día siguiente, los metió todos en una carpeta y, apartando el miedo de su conciencia, se dirigió a casa de una muchacha de extremada belleza y bondad a la que, pese a ser la materia de todos sus poemas, no se había atrevido a expresarle su amor hasta aquel día. Cuando le abrió la puerta la madre de la joven, preguntó, con el corazón palpitando de horror, si podía verla. La madre llamó a su hija y esta apareció al poco y se asomó a la puerta.
     -Anita, soy el hijo del proveedor de muebles de tu padre, me conocerás de haberme visto en su almacén muchas veces. Estos poemas, desde el primero hasta el último, han sido escritos para ti. No te pido nada a cambio, me doy por pagado con que los leas.
     A continuación, después de sonreírle, le dio la espalda y se marchó.
     El martes siguiente, el padre de Anita y ella fueron al almacén del padre de Raúl. Él, al verla llegar, se levantó de su despacho, se paró detrás de su padre, que los salió a recibir, y la miró con alegría en los ojos, convencido de que ella le iba a abrir su corazón ante aquel despliegue de sensibilidad y delicadeza que había empleado al escribir los doscientos poemas de amor que le había entregado. Pero pronto las sombras de una terrible decepción se abatieron sobre su ánimo. La joven respondió a su mirada con una expresión claramente malhumorada, a su entender. Sin querer ver más, agachó su cabeza el resto del tiempo aunque permaneció de pie detrás de su padre. Anita, desentendiéndose de todos, comenzó a observar los muebles del almacén. En estos menesteres, acabó por ir a la zona que estaba a espaldas de Raúl pero este no intentó volverse para mirarla, totalmente avergonzado además de indignado. Estaba muy abstraído en sus sombríos pensamientos cuando notó en su mano, que colgaba a un lado, la presión de otra mano y, en su cara, un aliento perfumado. Se volvió hacia ese lado y vio el bellísimo rostro de Anita sonriéndole:
     -¡Qué bonitos son tus poemas! -le dijo entonces.

25 de febrero de 2013

Nuestro hijo

     -¿Qué otra cosa podría hacer con mi hijo? No quiere hablar, ni salir a la calle, ni ver la tele. A veces parece que quiere llorar pero, a medio puchero, carraspea y vuelve a poner su expresión de siempre, tan seria y tan fría. Si, por lo menos, se quedara en su cuarto... pero está siempre en el salón cuando llegan las visitas, que se quedan asustadas viéndole sentado con la cabeza agachada, sin hacer nada, sin decir nada, en silencio total, excepto cuando carraspea de esa manera tan brusca que nos sobresalta a todos. Mejor que estuviera muerto. 
     "Mi marido dice que tal vez se sienta dolido con nosotros porque, cuando era un niño, le llamábamos cabezón y tonto de capirote pero no es posible que se acuerde todavía de esas cosas, es ya mayor y seguro que ya no le da importancia a aquellas cosas que tanto le hacían llorar entonces. ¡Cómo lloraba de niño cuando le decíamos tonto de capirote! Mi marido y yo nos reíamos a carcajada limpia. "¿Será posible este niño lo mal que le sienta que le llamemos tonto?", decía mi marido. Pero ya hace muchos años que dejamos de llamarlo así. 
     "Mi marido decía, cuando dejó de ser un niño, que para que se hiciera un hombre había que tratarlo con mucha seriedad. Y fue entonces cuando pensamos que lo mejor era no dejarle que nos contara sus problemas, ni demostrarle cariño, ni permitirle que nos lo mostrara a nosotros. Mi marido quería que fuera técnico electricista, como su tío, el hermano de mi marido, que gana un dineral, pero a medio estudiar  el oficio, tuvo que dejarlo. Aún me da vergüenza cuando me acuerdo de aquella llamada del director del centro diciéndome que mi hijo había tenido un ataque de nervios en clase y había partido por la mitad un libro, volcado el pupitre y golpeado contra él, por lo menos veinte veces, la mochila gritando al mismo tiempo las mil palabrotas. 
     "Lo hemos llevado a muchos médicos, nos hemos gastado más dinero del que podemos pero no lo sacamos de su atontamiento. Mi marido está con él que hasta lo mataría de la angustia que le da verle hecho un inútil. "Tú querías una hija en lugar de un hijo", me dice, "pues ojalá hubiéramos tenido una hija que, a las chicas, por lo menos les gusta arreglarse y estar decentes y son sociables y dan mucho calor al hogar". Y yo le digo que ya no es hora de pensar en esas cosas, que el problema ya lo tenemos. 
     "Y la vergüenza que me da de verle ahí, delante de todos, con la cabeza agachada... Una madre es una madre pero hay veces que le pegaría un bofetón y le gritaría: "¡A tu cuarto, animal, que no sabes comportarte decentemente!" Pero mire usted, aún nos ha sonreído la fortuna. A mi suegro le tocó hace diez años la lotería y, como ha sabido invertir y administrar bien el dinero, nos acaba de dejar en herencia lo suficiente como para ingresar en esta residencia a mi hijo. 
     "Mi marido no lo quiere ver y yo casi que tampoco,  porque no es hombre para nada. Nosotros somos gente formal y las tonterías no nos caen bien. Ustedes no le vayan a hacer daño, mala persona no es, el único problema que tenemos con él es la aprensión y la rabia que nos da porque siempre está haciendo tonterías. Mi marido y yo somos personas discretas y modestas y la forma de comportarse de mi hijo nos escama una barbaridad.
     "Ahora por fin podremos tener amigos, como las personas normales. Esto ha sido un alivio. También él estará aquí mejor, con todos los amigos que va a tener, tan parecidos a él."

22 de febrero de 2013

Odette

Foto: José Portela
     Odette siempre había vivido en medio de la opulencia de la clase alta. Su padre había sido un emprendedor empresario francés. Vivió en España desde muy joven y se acabó casando con el propietario de un banco. Tenía la impresión desoladora de que, desde ese instante, había dejado de importarle al resto del mundo. Su marido la trató durante toda su vida como un objeto, muy bello, es verdad pero sin que por ello perdiera la condición de objeto. Sus hijos, como veían que su padre había elegido definitivamente el lugar del hogar en el que colocar a su madre-objeto, acabaron también por dejar de ser conscientes de su presencia y, solo cuando necesitaban algo de ella, acudían a mostrarle sus convencionales muestras de afecto. Sus ocupaciones siempre fueron las propias del puro ocio. La literatura, el arte y los espectáculos la consolaban un tanto de su abandono pero apenas tuvo amigas fuera del círculo de amistades de su marido, lo que aumentó su sentimiento de insignificancia pues estas personas acudían a casa exclusivamente por los negocios de su esposo y jamás tomaban partido por ella.
     A sus setenta y cinco años, recién enviudada, sus hijos quisieron vender su casa y enviarla a una residencia de lujo. No podía ser menos en una persona perteneciente a tan opulenta clase social. El día antes de ser trasladada, cuando ya estaba al corriente del destino final de su vida, paseando por una calle de la ciudad, encontró a una anciana, envuelta en andrajos negros, sentada en el suelo, que con la palma de la mano vuelta hacia arriba, le rogaba que la obsequiara con algo de dinero. 
     Odette le preguntó si no tenía compañía. La mendiga le respondió que no. Entonces, se desembarazó de su collar de perlas y de su reloj de plata y brillantes y se los ofreció con lágrimas en los ojos. Lloraba no por aquella mujer sino por sí misma, porque sentía que iba a irse de este mundo sin haberle importado nada a nadie, sin haber sido esencial para ningún corazón. Era un sentimiento que había destilado amargura para ella muchas veces en su vida pero ahora tenía que soportar la abrumadora evidencia de que realmente no existía para nadie, de que había estado siempre muerta.
     -Véndaselo a un prestamista -dijo Odette-. No deje que le den a cambio menos de quince mil euros. Vale tres veces más que eso.
     -¡Dios te lo pague, alma buena, guapa, más que guapa! -dijo la mendiga con gran énfasis, tratando de cogerle la mano a Odette para besársela.
     Odette sintió cierta repugnancia y no permitió la zalema pero puso su mano sobre el hombro de la mendiga y le dijo:
     -Usted es como yo. Pero yo siempre he estado sola y usted seguro que ha tenido un marido que la ha querido mucho. Me voy a ir del mundo sin que nadie me haya querido de verdad pero sin pasar hambre ni privaciones ni un solo día. Soy tan rica que puedo mantener una casa llena de sirvientes pero la soledad de mi alma es aún mayor que la suya. Créame si le digo que el dolor que siento en estos momentos es tan insoportable que no me importaría quedarme en la calle y dedicarme a pedir limosna como usted ha hecho.
     Odette volvió el rostro hacia adelante y siguió caminando... 
     Hay algo de horror espantoso en el destino de soledad de todas esas mujeres educadas para aceptar con resignada pasividad los abusos de una sociedad para hombres.

20 de febrero de 2013

Sinceridad

     A un tal Oxel Portilla

     Era la quinta vez que Eduardo llamaba a aquel vendedor de libros por correspondencia. Cuando le contestó le dijo enfurecido:
     -Escúcheme usted: hace dos meses que estoy esperando el pedido de libros que le hice y ni caso. Es la quinta vez que le llamo y usted no hace más que darme excusas. Estoy harto de usted, perdóneme que le diga, me da la sensación de que no es más que un idiota de tomo y lomo. Le voy a denunciar para que no haga con otro lo que ha hecho conmigo. 
     -Le ruego que me perdone -dijo el vendedor-. La tardanza tiene una explicación que no he considerado oportuno confesarle hasta ahora pero, ante sus insultos y su exasperada reacción, me veo en la obligación de declarársela sin tapujos. Mire usted, yo no soy vendedor de libros. Le he estafado. Se trata de un timo puro y duro. No soy más que un ladrón...
     Eduardo, de inmediato, empleando un tono mucho más reposado, dijo:
     -Eso ya es harina de otro costal. Ante eso ya no tengo nada que objetar, caballero. Quédese tranquilo con mi dinero, siendo usted ladrón, está en su derecho. ¿Ve cómo con sinceridad se llega más lejos que con evasivas y haciéndome perder los estribos? 

19 de febrero de 2013

Premonición

     Cuando dejó a su novia en el aeropuerto, una incontrolable e inexplicable sensación de pérdida le embargó el alma y, durante todo el trayecto en el coche hasta su casa en la montaña, un sombrío presentimiento de desgracias le llenó de frío el corazón. Esa noche, no cenó apenas y le costó quedarse dormido cuando se acostó, lleno de preocupación por su amada. Luego tuvo una pesadilla, un sueño lleno de realismo en el que un avión Boeing 747 caía en unas marismas caribeñas, a consecuencia de lo cual, perecía todo el pasaje. Vio claramente en un flash de ese extraño y espantoso sueño, aquella hora en un reloj parado: las ocho menos veintidós minutos. Despertó con un sudor frío por todo el cuerpo. Si era cierto lo que su novia le había dicho, no iba al Caribe sino a Finlandia pero algo en su corazón le decía que lo que había visto en el sueño había ocurrido de verdad. Se precipitó hacia el televisor y lo encendió. En efecto allí estaba, la imagen mostraba los restos de un avión accidentado aunque no en una marisma sino en terreno montañoso. En alguna parte, sonaba un teléfono, sin duda una vulgar llamada de un amigo pero él, entregado al llanto, ya no escuchaba nada más que la ansiedad y amargura de su corazón. No entendía cómo podía haberle engañado su querida Eva respecto al auténtico destino al que iba a dirigirse puesto que el accidente había ocurrido en Sudáfrica y, a su abatimiento por la muerte de su novia, se añadió el flagelo irritante de los celos. El teléfono paró y al minuto volvió a sonar. Se fijó en la pantalla del televisor y prestó algo más de atención. Aquel accidente no había ocurrido en realidad, las imágenes pertenecían a una película para televisión. Entonces cogió el teléfono. Era su novia:
     -Borja, ya he llegado -le dijo.
     -¿Eva, me puedes decir qué demonios has ido a hacer a Sudáfrica? -dijo, totalmente fuera de onda, Borja.

16 de febrero de 2013

El relato más erótico de la historia

     Aquel sábado por la noche, Josefa, como de costumbre, leía en la cama. Pablo la contemplaba desde su lado con el aliento contenido.
     -¿Lo hacemos, Pepa?
     -Mañana -dijo Josefa sin despegar los ojos del libro.
     -Siempre me dices mañana y los domingos no me gusta hacerlo porque tengo que trabajar al día siguiente -se lamentó Pablo.
     -Pues por eso precisamente te digo que mañana, porque los domingos no lo hacemos nunca -dijo Josefa.
     -Madre mía, Pepa, qué poca marcha tienes -dijo Pablo-. Más te valdría leer el cuento que viene hoy en el Marca, que se titula El relato más erótico de la historia, a ver si te animas algo.
     Josefa sintió una repentina curiosidad.
     -A ver -dijo-. ¿Dónde está? ¿Es bueno?
     -No lo sé, chica, yo no lo he leído -dijo Pablo mientras le acercaba el periódico-. A mí me basta con saber la alineación del Barça para mañana.
     Josefa dejó el libro y buscó el cuento en el diario. Minutos después, Pablo se estaba quedando traspuesto cuando un gemido de Josefa lo espabiló.
     -¿Qué pasa, Pepa? -dijo Pablo.
     Josefa, le dijo llena de inquietud y apremiando a su esposo:
     -Rápido, Pablo, léelo tú también, es maravilloso.
     Pablo se puso las gafas y comenzó a leer. Al cabo de un rato se le abrieron ojos como pámpanos, plegó el periódico y se echó dando la espalda a Josefa.
     -¿Lo hacemos, Pablo? -dijo, entonces, Josefa.
     Pablo con voz debilitada respondió:
     -La semana que viene.

13 de febrero de 2013

Isi y Rafita

     Rafita jugueteaba tristemente con el agua de un charco en el patio del colegio mientras contemplaba con no poca melancolía los alegres juegos de los otros niños. No es que fuera un niño insociable o rencoroso. Él deseaba vivamente ser uno más entre todos. Incluso era consciente de sus defectos hasta el punto de que le hacían sentirse mal. No, no estaba solo por sus propios merecimientos. Ese es el argumento que emplean los que justifican el hambre y las injusticias en el mundo argumentando que cada uno es responsable único de su suerte. Bastan unos pocos años de experiencia en el mundo real, menos incluso de los que tenía Rafita,  para convencerse de que no es esa la realidad a no ser que se esté bajo el influjo de los prejuicios y los intereses sesgados. Hay un no sé qué de inevitable en la suerte de los seres humanos y aquella mañana nublada y, a rachas, lluviosa, Rafita lamentaba la suya con gran amargura.
     El motivo por el que él estaba solo aquella y tantas otras mañanas en el patio del colegio era que se aburría si jugaba a la comba o al fútbol o a la peonza o a los cromos o a cualquier otro juego que captaba el interés de los otros niños. No es que no hubiera jugado nunca y disfrutado con esos juegos pero, al día siguiente, ya le aburrían. Él prefería usar su propia imaginación; las reglas que obliga a seguir todo juego le agobiaban y le parecía que le restaban gran parte de la libertad que él necesitaba para disfrutar de la plenitud de sus facultades y habilidades.
     Sabía que no había nadie como él en aquel lugar ni en ninguna otra parte, que a la gente le encantaban los pasatiempos llenos de dificultosas reglas, las pruebas de destreza extraordinaria, los juegos en los que cualquier distracción condenaba al fracaso. Él solo disfrutaba de verdad si conseguía levantar los pies del duro suelo y saltar hasta algún mundo de ensueño que cautivara su corazón, alejado de la realidad circundante. Pero aquella mañana se sentía realmente solo y chapoteaba con sus botas de agua en un charquito que había dejado un chaparrón caído durante las clases de Matemáticas e Historia.
     No habría podido salir de aquel humor brumoso por su propio pie hasta que se encontrara en casa viendo el serial sobre extraterrestres de la cadena infantil de no ser porque una niña muy bella de pelo moreno, ojos negros con borde de miel y piel muy blanca se le acercó y le dijo:
     -No juegues con el charco. Si te mojas los pantalones, te resfriarás.
     Rafita la miró y le dijo:
     -No, lo hago con cuidado.
     La niña entró en el charco y comenzó también a chapotear y luego dijo:
     -Esto no divierte mucho pero es mejor que jugar a lo que juegan todos.
     -Sí -dijo Rafita tristemente-. Es cierto.
     -Vamos a pasear -dijo la niña. 
     Una vez que comenzaron a caminar, la niña le preguntó:
     -¿Cómo te llamas?
     -Rafael pero me dicen Rafita. ¿Y tú?
     -Isabela -dijo ella-. Pero me llaman Isi.
     -Pareces francesa en la forma de hablar -dijo Rafita.
     -Es que soy medio suiza -dijo Isi.
     Rafita echo a volar su imaginación y sintió que estaba hablando con Heidi, la de los dibujos animados que tanto le gustaban, con aquellas montañas nevadas donde estaba la cabaña del abuelo, siempre con la chimenea encendida, en la que se fundía el queso del desayuno.
     -¿Cuantos años tienes? -preguntó Rafita.
     -Seis -respondió Isi.
     -¡Qué lastima, Isi! -dijo Rafita-. Yo tengo nueve, no podemos ser novios.
     -¿Por qué no? -dijo Isi-. A mí no me importa que seas tan mayor. 
     A Rafita le brillaron los ojos al oír aquello.
     -¿Y quieres ser mi novia? -dijo.
     Isi, elevó la cabeza afectando dignidad y entornó los ojos y, negando con la cabeza, chasqueó la lengua. Luego dijo:
     -Solo seré tu amiga.
     -Isi, ¿y estarás conmigo cada vez que salgamos al recreo? -dijo el niño.
     -Sí -dijo la niña-. Cuenta con eso.
     -Isi, ¿te puedo coger de la mano? -dijo Rafita.
     -Sí, pero solo una vez -respondió Isi.
     Cuando Rafita sintió en sus manos la delicada manecita de Isi, miró a los ojos a la niña y sintió tal felicidad y arrobamiento que, al sonar la sirena anunciando el final del recreo, asustado, dio una sacudida que se transmitió al cuerpecito de Isi, quien estuvo a punto de perder el equilibrio. 
     -Hasta mañana, Rafita -dijo Isi.
     -Hasta mañana, Isi -dijo Rafita.
     Rafita siempre acababa el recreo triste pues le fastidiaba volver a las clases pero, aquella mañana, pensando que, al día siguiente y al otro y al otro, le acompañaría Isabela, que nunca más volvería a estar solo, ni tendría que jugar a la comba, el fútbol, los cromos o la peonza, sino que pasaría el recreo expresándole su amor a aquella niñita tan hermosa, su corazón se llenó de felicidad. Y, mientras un rayo de sol que asomaba al fin entre las nubes iluminaba el patio, él lo abandonaba con alegría desbordante pensando en lo bien que se lo iba a pasar en clase y lo fácil que eran todas las asignaturas.

9 de febrero de 2013

La merienda

     Antonio, Jaime y Lucas lo cierto es que nunca antes habían hecho nada juntos, excepto trabajar en la oficina, pero Jaime tuvo de pronto una especie de revelación y les dijo a los otros dos: 
     -¿Qué os parece si hacemos esta tarde una merienda juntos?
     -¡Qué buena idea! -dijo Lucas.
     -¿Por qué no? -dijo Antonio alegremente- ¿Y qué vamos a merendar?
     -Pues... chocolate con churros. Tú, Antonio, compras los churros. Tú, Lucas, el chocolate a la taza. Y, si merendamos en mi casa, yo pongo la mesa, las tazas y, luego, lo friego todo.
     -Mira, Jaime, estamos a fin de mes y estoy tieso -dijo Lucas-. Mejor merendamos en mi casa y vosotros dos pagáis el chocolate y los churros. Si no es porque tengo la nevera bien provista, tendría que pedir prestado para ir al supermercado.
     -¿Es que no ahorras, Lucas? -dijo Jaime.
     -Sí pero lo que tengo ahorrado es para casarme -respondió Lucas.
     -Pero, bueno, Lucas, una bolsa de chocolate en polvo tampoco va a destruir tus expectativas de matrimonio; pídele a tu novia que te la compre -dijo Jaime.
     -Era una idea, Jaime, si no hay más remedio que pagar el chocolate, se paga, por supuesto, pero yo no entiendo así la amistad -dijo Lucas.
     -¡Bueno, ya llegó! Todavía me estás recordando cuando te hice pagar el pañuelo de seda que te dí para que te taponaras la herida que te hiciste, ¡qué tío más delicao, por Dios! La amistad es la amistad y el interés, el interés.
     -No he dicho que me estuviera refiriendo a aquello, Jaime, siempre me malinterpretas -dijo Lucas-. Yo lo que rompo, lo pago, no me trates de abusón. Y si te lo he recordado mucho será porque a veces hay que saber ser generoso también y tú no lo eres.
     -¿Y tú eres generoso? -dijo con acritud Jaime.
     -Por lo menos, soy un caballero y hago gala de ello allá donde voy y no pido a nadie que me pague los pañuelos usados a precio de nuevos cuando se los presto para que se taponen una herida... -dijo Lucas.
     -¡Eres un tío imbécil! ¿Cómo a precio de nuevos? ¿Sabes lo que me costó ese pañuelo? ¿Y caballero tú? ¡Ni por asomo! Más cobarde que las ratas. Como aquella vez que me dijiste que atendiera al cliente del corte en la cara porque decías que te daba miedo -dijo Jaime.
     -No dije que me diera miedo sino asco y te lo mandé para tu ventanilla porque sé que tienes estómago para todo; que tú y los tuyos sois gentuza y nada más que gentuza -dijo Lucas.
     -¿Ah, si? ¿Porque en mi familia somos de izquierda verde, ya somos gentuza? ¿Y tú qué eres? ¡Un faaascista! -dijo Jaime.
     -Tradición democrática de toda la vida, en mi familia, y yo soy miembro de Amnistía Internacional... -dijo Lucas.
     -Pa' disimular nada más, chico... -dijo Jaime.
     -Mira, no me toques las pelotas que no me conoces -dijo Lucas.
     -Amenazando y todo el señorito. ¡Qué mimados estáis los fachas! Anda, corre a pedirle a tu papá que te proteja, porque un rojo muy malo te ha gritado -dijo Jaime.
     -¿Sabes lo que te digo, comunista de mierda? Que me he quedado muy a gusto hablando contigo porque eres una persona sincera y dices lo que piensas y no como otros y que estoy deseando irme a merendar a tu casa y voy a comprar el chocolate aunque tenga que aplazar diez meses el día de mi boda -dijo Lucas.
     -Estoy deseando mojar el churro en tu chocolate, cabrón de mierda -dijo Jaime.
     -Hay marcas de chocolate en polvo muy económicas -dijo Antonio.
     Lucas se quedó mirando a Antonio unos segundos y luego dijo: 
     -¡Pero no seas mezquino, joder! ¿Quien está hablando aquí de dinero?

7 de febrero de 2013

El concejal Ramírez

     El concejal Ramírez era un lobo de la política. Su defensa del sentido cívico era innumerables veces un instrumento para dirigir y coaccionar a las personas. Hay algo en el poder que atrae a las almas mutiladas y enfermas pero el concejal Ramírez defendía los derechos de los ciudadanos con rigor escrupuloso y sus adictos no llegaban a percibir la deformidad con que estaba conformado su espíritu. Habría que habitar las casas de los votantes de otros partidos para conocer su auténtico rostro escuchando lo que de él dijeran los que no creían en el valor irrefutable de la ideología tras la que se camuflaba. 
     La intransigencia de la gente de ciudades pequeñas en materia de rupturas de pareja se cebó especialmente con él cuando abandonó a su esposa, considerada bondadosa y bella a pesar de su edad, para unirse con una agente de policía, con quien los maliciosos comentaban que mantenía relaciones sexuales sadomasoquistas, usando incluso para ello instrumental público perteneciente al cuerpo de policía. Independientemente de estas exageraciones y muestras de intolerancia, los murmuradores eran certeros en una cosa: Ramírez tenía un corazón duro y sus semejantes le importaban muy poco.
     Cierto día, Ramírez entró en la consulta de un dentista y rogó a los presentes que le permitieran ser atendido antes que los que le precedían en la lista de espera con estas palabras emitidas en un tono grave de gran empaque:
     -Discúlpenme ustedes pero he de ir dentro de tres cuartos de hora al pleno del Ayuntamiento y les pido que sean tan amables de dejarme pasar el primero. Hoy se debaten cuestiones de transcendental importancia para el futuro del municipio y, si faltara mi voto, se distorsionaría la verdadera voluntad de la ciudad, que votó por mí y espera que yo no esté ausente en este evento de primera magnitud.
     -Lo siento, señor -dijo un hombre con tono consternado-. Ahora me toca a mí. Mi novia me está esperando. Va a tomar el tren para coger un avión para irse a América y no volverá hasta dentro de un año. No la veré hasta entonces y, si tardo más de tres cuartos de hora, se tendrá que marchar sin haberme visto.
     Un adicto al partido político de Ramírez salió entonces en defensa de este, su alma era tan negra como la de Ramírez y sintió la tentación de congraciarse con alguien tan importante como era el concejal.
     -Mire usted, caballero -dijo-. Su novia puede ser importante para usted pero el tema que se va a debatir y votar en el pleno esta mañana es el de la segregación de la barriada de San Martín y eso es importante para todos. Porque la ciudad está en un estado lamentable y es por culpa de esa barriada monstruo que se lleva una parte importante del presupuesto.
     El adicto espontáneo miró al acabar a Ramírez buscando su aprobación y este, en efecto, refrendando sus palabras, dijo:
     -Así es. Se trata de un tema de importancia vital para el municipio. Espero que reconsidere usted su postura que me parece muy poco cívica, perdóneme que le diga. Por una cuestión de enamorados, no puede esta ciudad volver a tener otro año como el que hemos vivido.
     -Se trata de espíritu cívico, señor Ramírez -dijo el adicto-. Pero hay gente que no atiende más que a su egoísmo particular. 
     Aquella sala parecía atestada de votantes del partido de Ramírez porque, tras estas palabras, habló otro hombre con barba y con el pelo algo ralo que dijo al hombre al que correspondía entrar primero:
     -¿Qué le cuesta dejar entrar al concejal, hombre de Dios? Seguro que su novia lo entenderá. Llámela por teléfono y dígale que la quiere mucho. ¡Y ya está! El bien particular ha de sacrificarse cuando entra en conflicto con el bien colectivo. Me parece intolerable su actitud.
     Un hombre algo mayor, que estaba poniéndose algo asustado ante aquel desfile de argumentos de altísima relevancia moral se apresuró entonces a decir con débil y trémula voz:
     -Yo entro después de él. Le dejo que pase si quiere, señor concejal.
     -Lo que yo no entiendo -dijo al instante el adicto que habló primero- es cómo este señor puede tener la poca vergüenza de obligarnos a los ciudadanos a pasar otro año con el colgajo de la barriada de San Martín  porque le viene en gana darle un beso a su novia antes de que monte en el tren. Óigame, eso es indecente, diga usted lo que diga...
     El hombre al que le correspondía pasar primero, sin responder nada, metió su mano en el bolsillo, sacó su móvil, marcó un número y, tras esperar a que le contestaran, dijo en voz alta, para que todos le oyeran:
     -Cariño, me toca ya, voy a llegar a tiempo, no te preocupes. Aquí hay un imbécil que quiere obligarme a que le deje pasar antes. ¡Tiene narices! Eres más bonita que un sol y el presupuesto del ayuntamiento de esta ciudad multiplicado por mil no paga ni la milésima parte de la bondad que tienes en tu corazoncito de niña. Ahora voy, cielo, no te pongas nerviosa.
     Y, tras cortar la llamada, miró a Ramírez con la expresión más inocente y tranquila que pudo aparentar.

6 de febrero de 2013

El último habitante de la Tierra

     Aquel domingo de principios de la primavera, después de comer en casa con la sola compañía de las noticias de televisión, hubiera preferido que el mundo hubiera desaparecido para mí mientras yo me evadía a un espacio donde mis sentidos y mi pensamiento entraran en un letargo eterno. Experimenté inconmensurable amargura al contemplar, a través de la pantalla, aquel panorama de pobreza, espiritual más aún que física, en el que estaba sumergido el país y sentí una intensísima náusea ante la sobreabundancia desmesurada del dinero que manejaba el poder, que consumía en un derroche inútil o con el que privilegiaba a unos pocos, cuando no permitía que cayera en manos privadas que sentían menos aprensión contra el exceso que contra las heces sienten los puercos cuando en ellas se revuelcan. 
     Honda tristeza me causó ver la preeminencia de que gozaba el dinero en nuestros días, por encima de la honestidad y del amor o el respeto a nuestros semejantes e incluso, más aún que el dinero, la arrogancia y la exhibición de cinismo. Nada de lo que escuché, en realidad, me produjo esa desolación profunda, pues ya lo conocía de días, meses e incluso años anteriores. Fue más bien algo que, dentro de mí, se rebeló contra el vacío, buscó un apoyo para desprenderse del tedio que habitaba mi alma y, al no hallarlo en nada de lo que veía, sintió que se encontraba ante un abismo completamente imposible de sortear.
     Salí a la calle. Recuerdo el calor que me producían los rayos del sol pero lo que quedó más grabado en mis recuerdos fue el frío que, por contra, sentía en el alma. No había nada a lo que volviera la mirada que no me despertara tedio o malestar, las terrazas de los bares, los ruidosos automóviles, los altos edificios, orgullosos y sombríos... La acera, con su tráfico incesante de seres sin nombre, me castigaba como con puñales a cada nuevo rostro que aparecía ante mí. Había dejado de creer en la gente. Estaba definitivamente solo. Tenía la seguridad casi absoluta de que no quedaba nadie en el mundo que pudiera despertarme interés.
     La belleza de alguna mujer que encontraba por el camino apenas me decía nada. Solo ahondaba mi soledad al sentir que, detrás de aquella máscara angelical, se escondía, sin duda, el egoísmo y el interés más vulgares y que jamás sería yo, para esa persona, otra cosa que un instrumento impersonal para conseguir sus triviales ambiciones. 
     El peso de una inmensa abulia hacía imposible encontrar placer alguno en mi existencia. Nada de lo que pudiera hacer aquella tarde con mi tiempo libre cambiaría en algo este estado de ánimo. Las únicas cosas que estaban al alcance de mis posibilidades despertaban mi más hondo desinterés y, lo que es peor, ninguna de las que pudieran estarlo siquiera alguna vez inspiraba mi ambición en el más mínimo grado.
     Volví a casa, víctima de la melancolía y el dolor. Y, una vez allí, solo encontré un medio de calmar en mi corazón la llaga de la soledad y el desánimo y fue escribir un poema, que brotó de mí con el desgarro de un clamor de angustia lanzado por el último habitante de la Tierra:


Honda sed tengo en el pecho
y un río de horror me anega
porque la vil soledad
mi corazón envenena.
Soy un hombre y no he nacido
para este puñal que hiela,
para este peso que aplasta,
para esta sombra siniestra.
No quiero quedarme solo
con una máscara a cuestas
entre fantasmas sin alma
en esta noche tan negra,
ni ver crecer la amargura
que en mi espíritu se alberga
de estar fuera de los otros,
que su corazón me cierran.
Honda sed tengo en el pecho
y una vastísima pena
porque de mis semejantes
negros abismos me alejan.

     Pero pronto volví a sentirme atrapado en la sensación de futilidad y vacío y veía la vida como un árido caminar sin sentido. Me acosté pronto, no quería seguir expuesto al influjo de tan oscuros pensamientos y, cuando desperté al día siguiente, algo como un alambre de espino sentía que me atenazaba el alma. En las horas de trabajo de la mañana, el hecho de que las tareas que me ocupaban distrajeran mi atención de las tribulaciones de mi espíritu, alivió un tanto mi malestar pero a la hora de comer volví a encontrarme abatido y temeroso y, por no darme oportunidad de encontrarme de nuevo cara a cara con los abismos del día anterior en la soledad de mi hogar, decidí tomar el almuerzo en una taberna.
     Comprobé que la gente que ocupaba las mesas y la barra hablaba de temas corrientes a juzgar por lo elevado de las voces. Resulta descorazonador para un hombre sumido en la melancolía comprobar que el resto del mundo se preocupa por cosas tan razonables y prácticas como el precio de la gasolina o los resultados de la liga de fútbol porque él ha dejado de creer en el sentido de todo eso y su más profundo anhelo es confesar su soledad.
     Vi en una mesa a una muchacha sola, bellísima y cuyo rostro transmitía una bondad que me conmovió. Al verla, sentí el deseo irreprimible de acercarme a ella y pedirle permiso para sentarme en su mesa poniéndola en antecedentes de mi especial situación anímica para persuadirla a que accediera a mi solicitud.
     -Por supuesto, puedes sentarte -me dijo.
     No oculté mi estado de debilidad; de hecho, todo lo que quería hacer era hablarle a aquella chica de la insatisfacción que me provocaba la soledad y el hastío de mi vida, que, desde el día anterior, se me habían vuelto insoportables hasta el punto de que me sentía el último habitante de la Tierra.
     Mi temor era que aquella chica tan hermosa, contrariamente a lo que su rostro me había parecido decír, al responder a mis lamentos, descubriera un corazón arrogante y vanidoso, egoísta y trivial. Pero, para mi alivio, lo que hizo fue poner su mano sobre la mía y decirme:
     -No se preocupe. Seré su amiga. Su alma es muy profunda; me gustará tener un amigo como usted.
     Lo que me unió a aquella chica de entonces en adelante contenía un género de belleza tan excepcional e intenso que dio a mi vida toda aquella plenitud que yo echaba en falta y anhelaba.

4 de febrero de 2013

La vieja

     Una vieja, exhibiendo una expresión muy adusta, de enojo y arrogancia, caminaba ayudada de su bastón por el sendero de un parque. En todo momento, llevaba en su alma la añoranza de su perdida belleza, que había sido instrumento de tiranía sobre los hombres que llegaron a amarla. Toda su vida, se había entregado al egoísmo, a satisfacer su instinto de posesión, lo mismo de objetos que de voluntades, a las que necesitaba hacer sufrir para calmar su propio malestar por el vacío inmenso que había en su corazón. En su juventud, su bello cuerpo, vacío de un alma cálida capaz de sentir el amor, fue codiciado por muchos hombres y ella, a falta de corazón, había llenado su vida de sentido práctico y una lógica muy rudimentaria y convencional acerca de los asuntos humanos. Cuando hablaba con la gente, era de esas personas que pasan de un tópico a otro. Solía decir cosas como: "de los hombres me atrae la mirada", "no puedo soportar el sufrimiento de los demás", "el amor nos vuelve ciegos", "en el mundo siempre habrá injusticias", "estamos muy adelantados tecnológicamente pero moralmente estamos todavía en la edad de piedra"... En realidad, sus labios estaban muy lejos de su corazón y el canal que los unía estaba cortado por una muralla de indolencia. Si de verdad hubiera hablado su corazón, sus palabras ante los demás habrían sido una tempestad de iniquidad. 
     Su caminar era muy trabajoso, las rodillas apenas le permitían alzar los pies sobre el suelo y se sentó en el banco más próximo que encontró. En uno de sus extremos, estaban sentados una muchacha y un muchacho. Se miraban tiernamente, casi en silencio, solo interrumpido para decirse cosas cariñosas.
     -Eres más bonita que una rosa -dijo el joven.
     -¡Qué galante eres! -respondió la muchacha.
     El joven sonreía y miraba otra vez en silencio a su compañera cuando la vieja volvió su rostro a mirarlos, llena de fastidio ante aquella demostración intensa de afecto.
     -La primavera no es ni la mitad de bonita que tú -dijo un instante después el joven.
     Al oír aquello, la vieja carraspeó y dijo con un tono agrio: 
     -¡Qué pueril y qué cursi eres, mocito! Yo creo que tienes aburrida a tu novia y, si no lo está, será porque es tonta. ¡Vaya palabras más bobas! La primavera no es ni la mitad de bonita que tú... ¿Quién te crees tú, un poeta? 

2 de febrero de 2013

Sábado

     Aquel sábado estaba siendo el más feliz de los vividos en muchos años. Sus amigos habían ido a su casa a celebrar su cumpleaños. Precisamente por eso, cuando terminó el día, la amargura atacó reciamente a su pecho. Juan y Pepe, sus amigos desde el instituto, le hicieron estremecer de risa con sus bromas pero fueron los primeros en marcharse, iban a pasárselo pipa en casa de un tercero con el que iban a cenar. Alicia y David, los compañeros del trabajo, le trajeron un regalo precioso pero, durante toda la tarde, habían estado lanzándose miradas de deseo y se marcharon juntos después de Juan y Pepe, y él supo, sin que se lo dijeran, a dónde iban. Gerardo, el de la librería del bajo, siempre tan amigo de lo ajeno, se fue después llevándose la botella de brandy tras pedirle permiso. Lidia y Fran, a los que había conocido en un club de lectura y que venían con un propósito caritativo y condescendiente, fueron los que más tardaron en irse pero lo desmoralizaron con sus comentarios tediosos sobre Delibes y, cuando se marcharon despidiéndose con un "hasta el viernes en la biblioteca", casi le dieron arcadas pensando en el aburrimiento mortal que le esperaba en aquella fría sala donde se reunía aquel club tan pedante y adusto al que pertenecían los tres.
     De modo que, cuando volvió a quedarse solo, como todos los sábados de su vida desde que se independizó de sus padres, casi sintió deseos de llorar mientras iba a sacar a su perro del trastero, en el que lo había metido para que no molestara a las visitas. El chucho, que se había pasado la tarde aullando y chillando por estar encerrado mientras sus amigos reían y se divertían, salió corriendo a lamerle la cara, olvidado el detalle de deslealtad de su dueño, que sintió derrumbarse su mundo de nuevo porque comprobaba una vez más que el único corazón que había ganado en su vida era el de un perro.
     Encendió el televisor y, arrellanado en el sofá, acabó una bolsa de patatas fritas mientras su perrito dormitaba con la cabeza apoyada en su pierna. Serían las doce y cuarto cuando se puso el pijama y se acostó. Pensando en lo que Alicia estaría haciendo a estas horas con David, le brotaron un par de lágrimas, era otro sueño que se venía abajo.