2 de enero de 2013

Una causa para matar

   Al final de la jornada, en la soledad de su hogar, le gustaba hacer "cosas malas". Pintarse los labios como una mujer con su disfraz de cardenal del carnaval y orinar sobre un crucifijo, emborracharse con ginebra mientras observaba con delectación los letreros rematadamente racistas con que acababa de llenar las paredes, lamer lasciva y alternativamente el esqueleto de una rata que descarnó con sosa cáustica y la foto de su difunta madre... Su imaginación para el mal no tenía límite porque tampoco lo tenía la bondad y corrección que tenía en su trabajo en el banco, en su comunidad de vecinos, en su barrio o ante los padres de su novia, a los que veía cada día y con los que tenía que hablar cada vez que iba a buscarla.

    Pero su espíritu llegó un momento en que no pudo aguantar más la odiosa represión que creía padecer su alma. Desconocía la manera de desembarazarse del laberinto de frustración en el que se había metido y la única alternativa que encontró fue hacer algo malo de verdad. Así que fue a la biblioteca a estudiarse un libro que tratara de ética para hacer el mal con verdadero conocimiento de causa. . 

   Vio que una de las acciones que se llevaban la palma en esto de la maldad absoluta era matar y eso fue lo que decidió hacer. Y ya que tenía que matar a una persona, se propuso elegir a la que más perjuicio le hubiera causado en su vida y así su mala acción ganaba en rentabilidad pues unía la satisfacción de una bárbara desinhibición a la de una venganza estratosférica. Actuaba así del mismo modo que un hombre del campo que espere una semana entera a ir a la ciudad para no tener que ir dos veces, una para comprar cojines para el sofá y otra para comprar clavos para reparar la jaula de los conejos.

   Para escoger a la víctima, reflexionó acerca de quién tenía la culpa de que él necesitara ser malvado y no pudiera ser inocente como los demás. Se acordó de sus padres y del cura de su pueblo, que le recomendaban un sacrificio constante porque gozar en este mundo era pecado, pero los tres estaban muertos. Se felicitó por eso porque le habría sido frustrante matar solo a uno de los culpables y ya iba a decidirse a matar a un cura cualquiera cuando se acordó de ella, su maestra. ¿Dónde estaría ahora aquella señorita tan histérica que recomendaba orden, disciplina y trabajo y a la que le gustaba privilegiar a unos niños por encima de otros?

   Recordaba el doloroso rencor que le hizo albergar contra el resto de la clase la mentalidad jerárquica e inflexible de aquella profesora. Él tenía las tres D como ella decía: díscolo, deficiente y dejado. Por el contrario, el que tenía las tres E, educado, eficiente, estudioso, recibía el honor de ser el primero de clase. Todas las combinaciones restantes recibían los escalafones intermedios. A él le tocaba ser el último en salir y llevar a la mesa de la profesora los exámenes de todos. Aquellas humillaciones le marcaron de por vida. Era ella, aquella vil hija de un tratante de ganado la que le había convertido en un ser depravado de alma corrompida.

   Sabía que seguía yendo a la misma escuela de su infancia a dar sus clases y que, como afortunada providencia que facilitaba su empresa, había enviudado. Se armó con un cuchillo de cocina y un atizador de hierro y un buen día llamó a su puerta con ambas armas escondidas bajo su abrigo.

   Cuando la maestra le abrió le dijo:

   -Quisiera tratar sobre su contrato del gas, ¿puedo pasar?

   -Tu cara me resulta muy familiar -dijo ella tras indicarle que entrara-. ¿Nos hemos visto en alguna parte?

   Una vez cerrada la puerta, él se abalanzó sobre ella y la amordazó y le puso unas esposas.

   -Hola, señorita Catalina -le dijo tras hacer que se sentara en el sofá del salón-. Soy el niño de las tres D, el último de clase. Gracias a usted, ahora soy un educado, eficiente y estudioso empleado de banco. Me hizo aprender cosas que me rompieron por dentro. Pero este es mi momento de gloria en la vida. Voy a vengarme cruelmente de la ramera mayor de este planeta.

   Entonces sacó de su abrigo el atizador, lo levantó por encima de su cabeza y, cuando iba a descargarlo contra la cabeza de su antigua maestra, su brazo quedó inmovilizado por la fuerza de unas manos que lo sujetaron por detrás de él.

   Eran las manos de Rolando, el capitán de infantería que acudió a socorrer a su madre cuando oyó las voces amenazantes de su antiguo alumno.

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