3 de enero de 2013

Un tema para Juan Manuel

   Juan Manuel Gordo fue a una fiesta de amigos del arte en la casa de un mecenas donde confraternizaron artistas, consumidores de arte, en general, y otra gente que vivía de los productos artísticos, incluso editores y críticos. Juan Manuel, por falta de inspiración, tenía pendiente su artículo de opinión para la revista con la que colaboraba y, en este encuentro, que se celebró en un lujoso chalet a las afueras de Madrid, creyó que encontraría tema. 

   Con esa intención, se acercó a un hombre calvo con aspecto de sentirse desplazado allí, el tipo de personas en las que nadie repara pero que suelen tener bastantes cosas que contar sobre todos los demás. En principio, le pareció que se sentiría bien departiendo un tiempo con él pues su apariencia era la de un hombre nada ególatra y, por tanto, de buen trato. De modo que, una vez a su lado, le dijo, después de echar una mirada a los lados para asegurarse de no ser oído por los otros: 

   -Demasiadas mentes creativas para tan poco espacio, ¿no le parece? Si la proporción fuera real, la especie humana sería de lo más extraña...

   -Lo extraño no siempre es lo peor -dijo el hombre calvo. 

   -No lo es, desde luego, al menos para ellos -dijo Juan Manuel dándole con el codo al hombre calvo como disimulando la llamada de atención sobre la presencia en sus pensamientos de doña Vanidad-. De verdad que no soporto a los artistas, tan afectados, tan sensibles... Los ponía a picar piedra a todos para que se les quitaran las ganas de fingirse buena gente. Así se volverían hombres rudos y violentos, hombres de verdad, cabreados, como estamos todos los demás.

   -No todo el mundo tiene el mismo temperamento... -comentó el hombre calvo con cierto desinterés.

   -Usted no es artista, yo me he dado cuenta enseguida, se le nota a una legua -dijo Juan Manuel-. ¿A qué se dedica usted, si no es indiscreción?

   -No, indiscreción en absoluto -dijo el hombre calvo-. Soy asesino.

   Juan Manuel empalideció. Pero, tras reponerse del susto inicial, se atrevió a decir:

   -Pues me disculpará pero no simpatizo con esa clase de prácticas aunque comprendo que en este mundo tiene que haber de todo -y, tras secarse el sudor de la frente, preguntó:- ¿Qué clase de asesino?

   -La peor de todas: asesino sádico -respondió atusándose el bigote el hombre calvo-. Mato por placer.

   Juan Manuel estaba mareándose cuando dijo: 

   -¿Y, si mata por placer, cómo se mantiene?

   -Bueno... -dijo el hombre calvo zigzagueando con la mano-. Un día robo al que mato, otro día reviento un cajero automático... así vamos tirando.

   Juan Manuel sudaba copiosamente y sentía escalofríos por la espalda.

   -¿Qué tipo de arma utiliza para matar? -preguntó temblándole algo la voz.

   -Arma blanca principalmente -dijo el hombre calvo-. Hacha, cuchillo de cocina, martillo...

   -Usted por lo menos es educado -dijo Juan Manuel tratando de disimular su horror-. Pero hay mucho asesino por ahí que no tiene ni pizca de buenas maneras, van atropellando y con malos modos y esas no son formas. La urbanidad por encima de todo.

   -Yo he estudiado en la universidad -dijo el hombre calvo-. Nunca quise ser un asesino iletrado, cuanta más cultura se tiene, más versatilidad se consigue en la profesión, la cultura nunca está de más.

   -Lo mismo opinaba yo cuando estudié la carrera -dijo Juan Manuel con la frente perlada de sudor-. Yo me decía: no importa que no encuentre luego trabajo, pero, por lo menos, tener cultura, que eso ensancha mucho el espíritu...

   El hombre calvo se miró el reloj y dijo: 

   -¡Uf, se me hace tarde! Me toca deshacerme de un cuerpo. Dos horas descuartizando el cadáver y envasándolo en bolsas de basura y luego, cita con la policía para un interrogatorio. El estrés me mata pero no hay más remedio que trabajar.

   Una vez que se marchó el asesino sádico tras despedirse cordialmente de Juan Manuel, este se apresuró a gritarle a la persona más cercana que encontró en el salón: 

   -¡Oiga, el hombre que estaba conmigo era un asesino!

   Pero aquella se limitó a decir: 

   -¿Y qué pretende usted? ¿Llamar por eso a la Guardia Civil? ¿No está en su derecho a matar si quiere?

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