1 de enero de 2013

Todo

   Fernando era un genio de las Matemáticas. O a eso aspiraba él al menos. En realidad quería serlo también de Lengua, Física y Química, Biología... y hasta de la asignatura optativa de Religión. Se tomaba tan en serio los estudios del instituto que, cuando el profesor contaba por casualidad un chiste, él tomaba apuntes de la ocurrencia para analizar hasta qué punto era de verdad casual o era pertinente para la asignatura. 

   Hacía lo posible por no acabar trabajando en el negocio de su padre, que era un agricultor que trabajaba de sol a sol y todos los días, incluso algunos domingos. Si su padre dejaba una semana de atender al trabajo, las lechugas se llenaban de malas hierbas, las alcachofas contraían plagas y enfermedades, las patatas se secaban o los pimientos se pasaban de maduros. 

   De la misma forma, Fernando se pasaba la vida estudiando, incluso durante las vacaciones, lo mismo las de verano que las de Semana Santa o las fiestas de Navidad. La última Nochevieja estuvo estudiando la forma de reproducción de los invertebrados y las fórmulas químicas de los hidruros metálicos. Cuando levantaba la vista del libro casi no veía lo que tenía enfrente pues no miraba sino en su memoria, a la que le exigía la más exacta reproducción de lo que leía, y en su pensamiento, al que le pedía insistentemente comprenderlo todo sin dejar una sola sombra de desconocimiento. 

   Con todo, siempre estaba agobiado por las mil y una reservas que sobre su competencia académica albergaba y casi se tenía que confesar los domingos ante el cura de la culpa de no saber ante los muchos remordimientos que su temor a suspender le acarreaba.

   Fernando pensaba que vivir era una cuestión de sacrificio descomunal y se imaginaba la historia de su vida, hasta el día de su muerte, como un duro peregrinar por los caminos pedregosos e inhóspitos de un constante esfuerzo que solo acabaría cuando, de tan cansado, dejara de resollar. 

   Se planteó ese año tener una novia pero desconocía hasta tal punto la materia de las conquistas sentimentales que la dificultad lo abrumaba y se le antojaba el más escarpado de los promontorios académicos que había de escalar su inteligencia. 

   En esas estaba cuando, tras observar durante un tiempo a una chica y descubrir que le gustaba mucho porque era de aspecto muy bello y comportamiento muy formal y agradable, a falta del más elemental conocimiento acerca de cómo tratar a una mujer, decidió acercarse a ella sin más melindres y preguntarle, con sinceridad y llaneza, si quería salir con él.

   Lo que ocurrió entonces corroboró su sospecha de que encontrar pareja era uno de los temas más extremadamente dificultosos y que requerían más duro trabajo de cuantos se le podían presentar en la vida pues la chica le respondió: 

   -Sí.

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