9 de enero de 2013

Los ogros

   Samuel, desde que se levantaba al alba hasta que se acostaba poco después de la puesta de sol, estaba entregado a un solo objetivo: el incremento de su hacienda. Incluso cuando estaba cenando en la tranquilidad de la noche a la luz de una bombilla con los menos vatios posibles para no gastar demasiado dinero en electricidad, hacía planes con su esposa Leonor para dar mayor rentabilidad a su trabajo e intensificar la productividad de su granja. Contaban ya con más de setenta años pero seguían acumulando dinero por miedo a la pobreza y por esa suerte de adicción al dinero que tienen los que encuentran placer en ganarlo en cantidad.

   Aquella noche, cantaban los grillos bajo el cielo estrellado y la oscuridad que proporcionaba la luna nueva impedía vislumbrar los contornos del paisaje más allá de la pequeña esfera de luz que salía de la ventana, abierta para disfrutar del fresco mientras Leonor preparaba la estoica y ahorrativa cena. Samuel había vendido ese día veinte conejos y estaba haciendo cuentas para asegurarse de que no había cobrado dinero de menos al comprador.

   -El zagal viene mañana -dijo Leonor desde la cocina.

   -¿El zagal? ¿Qué zagal? -dijo Samuel.

   -Tu hijo -respondió Leonor-. Ha llamado por teléfono y dice que viene a vernos.

   -¿Nunca viene y viene mañana? Algo querrá. Seguro que viene a por dinero. Si trabaja, le daré algo pero, si no, se va sin nada.

   -Dile que enluzca con cemento la pared de la cochera, que se está rompiendo -dijo Leonor con tono inocente, como quien es consciente del bien que hace.

   -Sí, y que siegue hierba para los conejos y la traiga -dijo Samuel con tono algo más hosco.

   -Le he dicho que no traiga a los niños -dijo Leonor-. Es mejor que no vengan, así no tenemos que darles nada.

   Samuel dio otro repaso a su cuenta. La edad y la fatiga le impedían tener la suficiente claridad mental. De pronto, se oyó llamar a la puerta.

   -¿Quién es? -dijo tranquilamente Samuel.

   -Tu sobrino Fernandico -respondieron.

   -¿Y qué quieres? -dijo Samuel con aspereza levantándose, agitado, de la mesa-. Te he dicho que no te doy más dinero para droga. La droga te la tienes que quitar. Estás deshonrando a tu familia con las cosas que estás haciendo.

   -Llévame al hospital, tío, que me han apuñalado -dijo Fernandico.

   -¿Que te han apuñalado? -dijo Samuel dirigiéndose a la puerta-. Mmm, ¿qué habrás estado haciendo ahora para que te apuñalen? Seguro que robando con gitanos.

   Samuel abrió y Fernandico entró dando un empujón a su tío. Tras él, entró una joven con mirada vidriosa y sonrisa de crueldad portando en la mano un trozo de reja herrumbroso, hallazgo de alguna incursión entre las ruinas de viejas casas de labor.

   -Fernando, ¿te hago la cena? -dijo la joven.

   -Tío Samuel, dame dinero que te lo clavo -dijo Fernandico enseñándole un cuchillo.

   -No tengo dinero -dijo Samuel mansamente.

   -¡Vaya que no! -dijo la joven, que se había aproximado a la mesa en la que Samuel había estado sentado segundos antes-. Mira lo que dice aquí, Fernando. Ochenta y siete euros con setenta. Esto se lo han dado hoy, ¿no, tío Samuel?

   -No, hija, eso es de otro día -dijo Samuel con blanda voz y, volviéndose a su sobrino, le preguntó:- ¿Quién es esta chica, Fernandico?

   -Soy su novia -dijo ella con desenvoltura como si sintiera placer en darse a conocer-. Me llamo Pepa. Yo soy una nieta de Juan el parrancano. Él era un buen hombre pero yo le he salido sinvergonzona -rió nerviosamente y después continuó:-Y mala también porque os voy a machacar la cabeza con esto -y agitó la reja que llevaba agarrada.

   -Si que era bueno el pobre hombre y tú te has tirado a la mala vida -dijo Samuel.

   -¡Yo soy honrada! ¡Me casaré virgen a toda costa! -dijo indignada la joven dándole un enorme golpe en la espalda al anciano.

   El anciano cayó al suelo y Pepa le golpeó una y otra vez en la frente mientras decía:

   -¡Que yo soy virgen, cabrón!

   Fernando fue hacia su tía Leonor, entonces, y apuntándole con el cuchillo, le dijo que sacara los ochenta y siete euros.

   -Bueno, Fernandico, ya te los saco, no te preocupes -dijo y con la mayor de las naturalidades añadió:- ¿Queréis cenar?

   -¡No, vieja tonta, que tenemos mono! -dijo su sobrino.

   -Mira, Fernandico -dijo la anciana-, el dinero está en el dormitorio, debajo del colchón.

   Fernando y Pepa se apresuraron hacia el dormitorio mientras Leonor salía corriendo de casa y escapaba de todo peligro a golpe de pedales en la bicicleta de su marido por el solitario y oscuro camino en dirección a la casa de sus vecinos más próximos. Allí contó lo sucedido con la tranquilidad y frialdad propia de los ancianos. Todos los de la casa le prestaron oído tras apagar el televisor. El cabeza de familia se encargó de llamar a la Guardia Civil mientras su esposa le preparaba una tila a Leonor.

   Leonor tomó la infusión obedientemente. La otra mujer le dijo, entonces:

   -¿Estás más tranquila, Leonor?

   Ella asintió abnegadamente.

   -Pero quítate el delantal, Leonor, que te está haciendo estorbo en el cuello -dijo la mujer.

   -No, María, así estoy bien -dijo Leonor un poco inquieta de pronto mientras metía su mano en el bolsillo del delantal para cerciorarse de que seguían allí, íntegros, los ochenta y siete euros cobrados a cuenta de los conejos.

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