26 de enero de 2013

La novela de Lampredi

     Giuliano Lampredi, sesudo y laborioso escritor, estaba embarcado en la redacción de una novela histórica muy minuciosamente documentada. Puso su más pronunciado interés en respetar la auténtica cronología de los sucesos históricos narrados, colocando al principio de cada capítulo, entre paréntesis, los años concretos en los que transcurría la acción. 
     Sus descripciones geográficas, donde incluía datos geológicos, biológicos y demográficos de gran erudición, aspiraban a cautivar a los lectores a base de abrumarlos. Los detalles que incluía en su novela sobre la vida cotidiana de aquella época estaban sólidamente probados en las obras de los más afamados historiadores de la Sorbona o de las Universidades de Oxford, Harvard o Cambridge. Las biografías de los personajes centrales le habían ocupado el tiempo de lectura de largos meses, en que había tomado notas meticulosamente para no desviarse de la personalidad y hechos auténticos de estas celebridades a la hora de caracterizarlas en su volumen... 
     Deseaba que el realismo de su novela no fuera inferior al peso físico del volumen que quería entregar a sus lectores, que, de haberse escrito en tiempo de los fenicios, habría necesitado tantas tablillas de barro cocido como para construir un cobertizo para un camello, si hay que hacer una comparación comprensible. De modo que a Lampredi no se le cocía el pan cuando encontraba una pequeña laguna en sus conocimientos del pasado.
     La novela aspiraba a ser una gran historia de amor. En concordancia con el rigor histórico de la ambientación, la caracterización y los hechos, Lampredi, que era un católico formado en un colegio de franciscanos, quería hacer un retrato del amor con una gran apariencia de verosimilitud y, en la página trescientos treinta y seis, cuando el príncipe de la novela ve por primera vez a la princesa, con la falta de sutileza propia de quien sabe mucho de todo y respeta mucho la letra pero tiene cerrado el corazón al afecto, no supo indicar mejor el interés amoroso del príncipe por la princesa que hablando de la erección que le provocó la turgencia de los senos de la muchacha. 
     Lampredi había aprendido en la escuela que es a Dios a quien hay que amar y que un exceso de afecto por otro ser humano es una sobrevaloración de las cosas de este mundo, por lo que únicamente la atracción demoníaca de la carne podía explicar que a un ser humano le cautivara otro. De hecho, él no tenía amigos demasiado importantes y su esposa no recibía de él más que un trato frío y despectivo de académico acartonado con el carácter agriado por los sinsabores de la competencia feroz que existía en el mundo literario y editorial.
     Con este inicio de las relaciones entre aquellas dos personalidades egregias, existía el peligro de que las dos mil páginas restantes que pensaba escribir se convirtieran en una exhibición pornográfica que aumentara la intensidad de su obscenidad a medida que avanzaba la novela pues otra manera no existe de mantener despierto el interés del lector que decir algo novedoso en cada nueva página. Pero Lampredi no veía ninguna posibilidad de escribir una historia de amor verosímil más que hablando de erecciones y turgencias.
     Este problema le mantuvo muy caviloso y estuvo mucho tiempo inmovilizado en la página trescientos treinta y seis, hasta que, un día, casi sin darse cuenta, se puso a imaginarse qué podía ser eso del amor de que hablaban tantos poetas locos y que él consideraba tan pernicioso y fuera de lugar como una mancha en la sotana de un sacerdote.
     -El amor... -se dijo-. ¿Qué podrá ser eso? ¿Hacer castillos en el aire? Menudo embrollo... Yo quiero a mi esposa, la llevo al cine y al teatro, le he llegado a regalar joyas, bastante caras por cierto, siempre que estoy en casa, como con ella y no me sienta mal la comida por hacerlo... Pero nunca le escribiría un poema. ¿Qué tiene mi esposa de especial para meterla entre versos? No creo que le llegue ni a la pantorrilla a Aquiles o a Ulises. Es cierto que tiene algo de sangre de alcurnia, es descendiente de Mazzini. Pero yo la cambiaría ahora mismo por la chica rubia que vi en la sala donde di la conferencia la semana pasada. Esa mujer consiguió ponerme muy caliente. Eso sí que es amor... el deseo de poseerla y acabar con su orgullo de hembra en una sucia cama de hotel. Eso sí despierta mis sentimientos verdaderos... Bueno, pues no se hable más: el príncipe tiene una erección cuando conoce a la princesa y, cuando empiece a cansar al lector con mis elegantes insinuaciones eróticas, que le empiece a regalar joyas.

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