1 de enero de 2013

Interés

   Eva era estudiante de Psicología y una tarde, paseando con su novio a la salida de la universidad por un parque le dijo: 

   -Vamos a ver, Fernando, tú quieres algo de mí, nadie da nada a cambio de nada. Me quieres, sí, pero, ¿para qué? Es sexo lo que estás buscando, ¿verdad? Quieres satisfacer tus necesidades fisiológicas.

   -Te equivocas, Eva, no te veo como un objeto sexual en absoluto... -respondió Fernando.

   -Entonces es que esperas un beneficio económico porque mi padre tiene una empresa grande. 

   -Que no, Eva, que a mí no me gusta amasar fortunas, que el dinero no me importa.

   -Es posible pero ¿no será entonces porque te gusta presumir delante de los amigos de tener una novia tan mona como yo?

   -En absoluto, si fuera por eso, estaría enamorado de mis amigos y no de ti.

   -Te ayudo a salir de la soledad, eso sí que es la causa de que estés conmigo, ¿verdad? 

   -Pero, Eva, por favor, yo no me siento solo; si quisiera estar acompañado, me iría a un bar a tomarme un café y a charlar con alguien de la barra.

   -Eres muy sentimental, seguro que estás conmigo solo porque necesitas alguien que te diga cosas bonitas como las que te decía tu madre cuando eras pequeño.

   -Eva... no quiero que nadie me diga cosas bonitas si no me las merezco; no pagaría por eso nunca.

   -Quieres ir al cielo después de morir por haber amado a tus semejantes en este mundo... 

   -Sabes de sobra que soy agnóstico, cielo mío.

   Eva dio una palmadita en la carpeta de los apuntes que sujetaba sobre su pecho con los dos brazos y dijo enfurruñada: 

   -Pues el profe ha dicho que todo lo que se hace es buscando un beneficio, así que no entiendo nada.

   Fernando estuvo meditando unos minutos en silencio mientras seguían paseando rumbo a casa de Eva. Luego dijo: 

   -Eva, voy a confesarte el interés profundamente egoísta que me mueve a estar contigo. El beneficio que busco es tan de bulto que supera al dinero, al sexo, a la fama, al poder, al placer incluso, a las satisfacciones más altas que pueda lograr un ser humano, desde la total molicie hasta la más avariciosa acumulación de cualquier cosa que te imagines. He de confesarte, dándote una gran prueba de sinceridad, mi desproporcionado egoísmo, Eva, porque lo que voy buscando de ti es excesivo si bien se mira; tan excesivo que puedes hasta sentirte explotada por mí. Eva, lo que quiero de ti es, sencillamente, la felicidad. Y eso solo tú me lo puedes dar porque eres el único ser que conozco que encierra en sí todas las bellezas y perfecciones posibles. Aclarado lo cual, eres libre de dejarme ahora mismo si te consideras menoscabada por mis propósitos. 

   Eva sonrió astutamente a Fernando y dijo: 

   -Aprobado, querido.

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