13 de enero de 2013

El chorro de la bañera

   Ana Costas pensaba que una vida de total inactividad, un dolce far niente, era lo más agradable que podría llegar a pasarle porque estaba atada a una estresante actividad diaria y jamás descansaba, ni siquiera los fines de semana ni en periodo alguno del año. Trabajaba en una tienda de comestibles que cerraba a altas horas de la noche y abría casi al alba. De esa forma, conseguía ir ahorrando para poder un día tener una empleada que le hiciera más cómoda la vida. 

   Tan ajetreada era su vida que un día, por apresurarse más de lo debido, tuvo un esguince de tobillo y hubo de estar dos semanas en reposo. Pero este cambio repentino aunque temporal le afectó al ánimo de tan extraña manera que cayó en un estado depresivo. 

   Le acometió un abrumador aburrimiento y una agridulce melancolía le hacía caer en el llanto varias veces al día. Dejó de sentir interés por nada y de ser capaz de tolerar actividad alguna. Cuando su pie estuvo curado, no tuvo el ánimo que necesitaba para reiniciar el trabajo y el local de su negocio permaneció cerrado. Su vida diaria pasó de la pura actividad que había sido al desesperante tedio del que no podía salir porque nada de lo que llegara a hacer le producía la más mínima medida de placer.

   Lloraba a todas horas y hasta ella misma se sorprendía de que sus lagrimales fueran capaces todavía de hacer brotar aquellas lágrimas que le rodaban por la cara de la mañana a la noche cada día cuando el martirio de no saber lo que le pasaba ni cuándo dejaría por completo de pasarle se le hacía insoportable.

   De pronto un día, comenzó a sentir un extraordinario placer en escuchar, mientras se tomaba la infusión de tila que bebía al atardecer, el grifo de la bañera dejando caer sobre un barreño un débil pero sonoro chorro de agua. Gozaba imaginándose que era un torrente de un riachuelo tropical cuando bajaba de una montaña en cuya vegetación exuberante se escondían las ruinas de un templo milenario. 

   La tila, como suele suceder, no le producía efecto sedante alguno pero el escaso tiempo que tardaba en bebérsela era el lapso en el que se permitía a sí misma descansar de su tormento y la ventana que abría a un mundo sugerente y fascinador donde se evadía del hastío acostumbrado. No importaba si, inmediatamente después, acudían a su mente las horribles ideas que la torturaban a diario, el miedo a la muerte, su soledad, la posibilidad de perder todos sus recursos económicos debido a aquel trastorno del ánimo, la horrible perspectiva de la noche, en que se agravaba su pereza y le suponía un problema incluso decidirse a echarse en el lecho... Los diez escasos minutos en que, resoplando sobre el vaso de tila, se imaginaba en el interior de la selva tropical ante el pórtico de un majestuoso templo precolombino, ignorado del mundo y erigido en honor de una diosa de la belleza, esos diez minutos, que se habían convertido en algo tan real y cotidiano como su sufrimiento del resto del día, eran como el ancla que evitaba que su barco siguiera a la deriva o como la tabla para mantenerse a flote en aquel terrible naufragio de su vida.

   Poco a poco fue sumando a los diez minutos con el chorro de la bañera otras actividades que de pronto parecían estar acompañadas de placer: la media hora en la librería buscando libros sobre las culturas precolombinas o las religiones antiguas, los cinco minutos contemplando el río de la ciudad desde el puente, intentando escuchar el ruido de la corriente aunque sin conseguirlo ningún día debido a los ruidos de la calle o las dos horas de lectura diaria que había introducido como disciplina en su vida. 

   Cuando ya estaba acostumbrada a percibir infinidad de sensaciones agradables cada día, reabrió su comercio. Pero ya no quería ganar tanto que pudiera poner una empleada sino solo lo necesario para ella y para pagarse la seguridad social. No necesitaba trabajar hasta la extenuación para poder pagar a una empleada si se liberaba de la idea de que lo ideal era no trabajar nada. De modo que redujo a ocho las horas de trabajo y cerró los fines de semana y el tiempo libre del que dispuso lo empleó en hacer cosas con las que obtenía mayor placer que trabajando, incluyendo, de vez en cuando, la tila con el chorrito de la bañera porque su ánimo todavía no estaba a salvo del todo. Hasta que acabó llegando el barco que la iba a salvar definitivamente del naufragio.

   Un día frío y ventoso de otoño, con las hojas dando trabajo a los barrenderos, apareció por la puerta de su tienda un hombre atractivo y con mirada triste que le pidió unas lonchas de jamón serrano. 

   -Y quítele la grasa, por favor, aunque me la cobre -dijo el hombre-. Son para mi padre al que le gusta mucho el tocino y el médico se lo tiene prohibido.

   -¿Se la pongo aparte para usted? -preguntó Ana Costas.

   -No. A mi no me gusta el tocino. Por no gustarme, no me gusta ni el jamón -respondió el hombre atractivo.

   Ana Costas se llevó la mano al pecho:

   -¡Que no le gusta el jamón! -exclamó-. ¡Lo mismo que me pasa a mí! Toda mi vida pensando que era una extraña porque no me gustaba el jamón y justo ahora me lo encuentro a usted, la primera persona a la que me entero que le ocurre lo mismo que a mí...

   -¿Está usted casada? -preguntó el hombre atractivo.

   -No, soltera -respondió Ana Costas y añadió dejando escapar una risita:- Aún no he encontrado a mi alma gemela, la estoy esperando.

   -Pero si es usted guapísima -dijo el hombre atractivo.

   -Muchas gracias, es usted muy galante -dijo Ana Costas ruborizándose.

   -¿Me permite invitarla esta noche a cenar? -dijo el hombre.

   -Encantada -respondió Ana Costas.

   Ese mismo día de otoño pero un año después, el hombre atractivo estaba al otro lado del mostrador, con un delantal y un gorro blancos atendiendo a la clientela de la tienda y Ana Costas estaba dejando caer un chorrito del grifo de la bañera sobre un barreño... para bañar a su bebé.

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