16 de enero de 2013

El alumno de la Complutense

   Notó claramente que su hijo llevaba un cuarto de hora dando rodeos para hacerle una confesión. "Como se haya vuelto homosexual por ir a la Complutense, me lo traigo a la de Alicante pero volando, que me sale gratis el hospedaje", se dijo a sí mismo.

   Finalmente le dijo: 

   -Edu, me estás poniendo nervioso. Tú quieres decirme algo. ¿Qué has hecho? ¿Has dejado embarazada a una chica?

   -No, papá -dijo Edu-. Intentaba decirte de modo no traumático que ahora tengo ideología de izquierdas, o sea que, para mí, la política imperialista de Estados Unidos, el neoliberalismo y todas esas cosas son dignas de  condena y denuncia. 

   -¿Acaso quieres pasar hambre, energúmeno? -gritó su padre dando un puñetazo en la mesa, donde seguían sentados aunque ya habían terminado de cenar.

   -Padre -dijo Edu-, para que cada boca tenga qué comer en el mundo no hace falta destruir el ecosistema, convertir a la sociedad en un conjunto de seres jactanciosos, egoístas y con la cabeza llena de trivialidades o hacer del trabajo más duro el único horizonte visible en nuestras grises vidas solo porque anhelamos poseer una infinidad de objetos que en el fondo no nos son necesarios.

   Su padre estaba tan enojado escuchando aquellas palabras, que se le antojaban demagogia barata, que habría preferido que su hijo le estuviera hablando en aquellos instantes de una opción sexual peculiar. No habría recibido de su vástago varón un golpe mayor que aquel que le acababa de asestar aún si le hubiera sorprendido dando un movimiento oscilatorio a sus caderas al caminar.

   -Vamos a ver, hijo mío -dijo meciéndose el pelo blanquecino-, ¿quieres decir que crees que todos tenemos que ser iguales? Dime si crees en ese disparate. 

   -Materialmente hablando, sería un logro que no estaría mal... -respondió Edu.

   -¿Pero es que no te das cuenta de que hay personas que merecen más que otras? No merece lo mismo quien se sacrifica trabajando que quien es un haragán... -dijo el padre.

   -Dudo que nadie merezca la pobreza, papá -dijo Edu-, pero, si los perezosos la merecieran, muchos paladares dejarían de probar el caviar.

   -¡Edu, Edu...! -dijo el padre-. Tú te vienes a estudiar a Alicante, no se hable más.

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