20 de enero de 2013

Diez microrrelatos sobre la vida (X)

A Isabela Dávila

   El verdugo entró en la sala de ejecuciones con su maletín de doctor en la mano. Llevaba unas gafas de moda y una corbata muy bonita, según su opinión, regalo de su esposa Ashley. Quería brillar ante el público y exhibirse como ATS de prestigio que sabe hacer su trabajo con dedicación de profesional. 

   El reo era un médico que había suministrado inyecciones letales a decenas de pacientes terminales que le habían suplicado morir porque su cuerpo y su vida ya habían agotado toda la vitalidad que le permitía experimentar una mínima dosis de placer en seguir existiendo. Matar es un atentado contra la voluntad de Dios, había dicho el juez cuando dictó la sentencia. La verdad es que el juez estuvo algo deslucido en el acto de dictar sentencia porque el discurso que había escrito estaba lleno de tachones y, además, como era algo aficionado a la bebida, las líneas del texto se le entrecruzaban al leerlas. De aquello ya habían pasado siglos y el reo lo recordó con mucha tristeza durante todo su periodo de estancia en el corredor de la muerte. A decir verdad, no había entendido nada de lo que el juez había dicho, le había dado la impresión de que le hubieran condenado seres de otro planeta con un lenguaje para inteligencias con un soporte genético absolutamente diferente al de la suya. Solo entendió aquella frase, "matar es un atentado contra la voluntad de Dios".

   El verdugo sacó los útiles de su maletín de doctor y, antes de hacer los preparativos para suministrarle el veneno con la jeringuilla, posó, con afectada compasión en sus rasgos, su mano en el hombro del reo y le dijo: 

   -Todos dejamos este mundo un día u otro... Seguro que Dios ha perdonado todos tus pecados. Puedes ya morir en paz, querido amigo.

   -Creo que no va a ser así -dijo el reo-. No sé lo que dictará el juicio de Dios pero ni mi cuerpo ni mi alma desean el final en este momento.

   El ATS respiró hondo y dijo:

   -Dios quiere que este sea el momento, resígnate hermano.

   -Pero ¿cómo puede querer Dios que me asesines si prohibió matar a los hombres? -replicó el reo con dolorida perplejidad porque no podía reprimir la manifestación de sus pensamientos, a pesar de la gravedad de su circunstancia. 

   El verdugo empezó a ponerse nervioso, veía que su papel estaba adquiriendo carácter de consejero espiritual cuando él no estaba acostumbrado a hablar tanto con sus pacientes. Él se limitaba, en la mayoría de los casos, a preguntar qué lado del trasero tocaba aquella semana y, a lo sumo, contaba el último chiste malo que le había oído al vecino para animar al enfermo que, casi en la mayoría de los casos, estallaba en risas. Aún se acordaba con orgullo de cómo a la vieja Sarah se le cayó la dentadura con uno de sus chascarrillos.

   -Tú has asesinado antes a otros hombres, es lo justo -respondió el verdugo al final al encontrar un argumento que calmaba incluso su conciencia por lo que estaba a punto de hacer.

   -Entonces todo se reduce a un juego. Si se hace después, es justo pero, si se hace antes, es pecado...

   Al ATS, por los nervios, se le cayó la aguja y, por deformación profesional, tomó otra que no hubiera cogido los gérmenes del suelo.

   -La ley de los hombres deriva de la de Dios -dijo el verdugo mientras sacaba el veneno de la ampolla al acordarse de algo que aprendió en la escuela -. El Estado mata por voluntad de Dios.

   -¿Pero por qué sabes que es voluntad de Dios? -dijo el reo con infantil impaciencia-. Si lo fuera, ¿no sería Él suficientemente poderoso para acabar con mi vida por sí solo?

   El ATS, lleno de ansiedad, sacó el viento de la jeringuilla y, con él, media dosis del veneno por el temblor de las manos y se dirigió hacia el reo mientras respondía, tras brotar en medio de su caos mental la frase bíblica:

   -"No tentarás al Señor tu Dios..." Los hombres somos instrumentos de la mano del Señor, obligar a Dios a manifestar su poder en los asuntos humanos es un sacrilegio. 

   -¡Un sacrilegio! -exclamó el reo-. ¿Y no es eso lo que hace todo el mundo cuando reza pidiendo su ayuda? ¿No es eso lo que busca cualquier cristiano cuando cumple con sus mandamientos?

   -No sé lo que contestar a eso -dijo el ATS con un hilillo de voz-. Hay que obedecer las leyes -y, llevado por la profunda confusión y agitación que le producía la presión moral del reo, le salieron, a continuación, las palabras que durante tantos años de trabajo había pronunciado cada vez que iba a poner una inyección:- ¿Qué lado, derecho o izquierdo?

   -Pero las leyes las hacen los hombres. ¿Por qué tengo yo que obedecer a otro hombre? -dijo el reo con lágrimas en los ojos y a voz en grito-. ¿Por qué obedeces tú? ¿Por qué dictan leyes contra la libertad en el país más libre del mundo? ¡Las leyes no son para reprimir y obedecer sino para permitir la vida!...

   El verdugo sintió tanta angustia y le temblaban tanto todos sus miembros que, sin inyectar al reo la sustancia letal y dejando en la sala de ejecuciones su maletín de doctor, salió fuera y dijo al alcaide que no podía cumplir su misión.

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