18 de enero de 2013

Diez microrrelatos sobre la vida (VIII)

A Francisco Almarcha Martínez

   Aquella nueva muerte en el pueblo le volvió a llenar de pavor. Si no padeciera una leve paranoia desde su adolescencia, habría tomado ya la deliberación de alertar a las autoridades nacionales pero en sus circunstancias, ¿quién iba a tomar en serio sus observaciones concienzudas? No, era mejor esperar a que los demás se dieran cuenta también de lo que estaba sucediendo y que fuera otra persona de historial intelectual más limpio la que tomara la deliberación urgente de pedir socorro al gobierno, al Estado, a toda la Humanidad, porque lo que estaba ocurriendo era verdaderamente serio. 

   Era inequívoco, por otra parte. Desde el Mundial de Sudáfrica, un mundial en el extremo sur de un continente oscuro y desconocido para la mayoría, que por primera vez celebra la mayor fiesta del fútbol donde obtiene la victoria final un equipo, la Roja, que jamás había ganado antes... desde ese momento, en el pueblo en que vivía no dejaban de suceder muertes, una tras otra; un goteo continuado de decesos que, aparentemente, no guardaban relación entre sí pero cuya abundancia llenaba de sospecha su mente despierta y reflexiva.

   ¿Qué enfermedad había padecido con anterioridad, Bernardo Hernández? ¿Quién sospechaba que aquella leve enfermedad de los pulmones llevaría a Juan Villa a complicaciones tales de las que nunca salió? ¿Por qué Enriqueta Suarez se acostó completamente sana y amaneció muerta al día siguiente? ¿Qué hizo que murieran otros tres hombres que apenas pasaban de la cincuentena? Incluso el anciano Pedro Aguado, que todos admiraban por su salud de hierro y su longevidad, apareció muerto sobre su sillón con la televisión encendida. Macabro resultaba verle con la boca abierta, los ojos en blanco y el cuerpo erguido y rígido frente a la televisión, como si las frivolidades de Telecinco que, a la hora en que lo hallaron, aparecían en la pantalla fueran de interés para aquel habitante ya de ultratumba.

   Y había vuelto a suceder. Josefina Morente, su vecina de toda la vida, había sido sepultada el día anterior. Los escasos sobrinos y primos que le quedaban todavía fueron a su velatorio con caras de sorpresa. ¿Qué enfermedad padecía?, se preguntaban unos a otros. ¿Sabía alguien cómo había sido? No, nadie sabía cómo había sido. Algunos le conocían una enfermedad cardíaca leve pero, como era muy callada y vivía sola... quizá se le había agravado. ¡Falso! Él sabía que el corazón se paraba algún día y dejaba de funcionar para siempre pero su vecina no era de las que tendrían que haber caído si las cosas fueran por el derrotero que todo el mundo sabía que debían ir. No, su vecina no tenía que morir todavía, todavía no... Si había muerto era a consecuencia del Mundial de Sudáfrica.

   Y ahora estaba mirándose las manos cruzadas en la consulta del psiquiatra, haciendo círculos en el aire con los pulgares y tratando de explicarle el origen de su extremado horror y agitación.

   -Doctor Fernández, no le puedo ocultar durante más tiempo el origen de mi malestar. Confío en que mi capacidad para la elocuencia y la persuasión impida que tome la decisión de incrementarme la dosis del medicamento que ha asignado para el tratamiento de mi enfermedad en este momento en que el horror se ha adueñado de mi persona por causas totalmente ajenas a mi enfermedad. Si vengo pese a que considero que no ha empeorado mi trastorno mental es porque necesito hablar con alguien que no me tilde de loco al escuchar mis profundos temores y sospechas.

   -Magnífico, Joaquín -dijo el doctor-. Te escucho entonces. No temas por mí, yo jamás pensaría de ti que eres un loco, te conozco desde hace muchísimos años.

   -Bien, doctor, pues el caso es que he observado el inquietante fenómeno de que desde el Mundial de Sudáfrica, en mi pueblo se ha producido una epidemia de muertes; al menos cien han muerto desde entonces si no me fallan los cálculos y aún puede haber otras de las que yo no me haya enterado. La última víctima ha sido mi vecina.

   -¿De qué han muerto esas personas, Joaquín? -dijo el doctor.

   -Aparentemente de muerte natural.

   -¿Y cuando fue el Mundial de Sudáfrica? No me gustan los deportes.

   -En el 2010, en el verano.

   -No te preocupes, no es una epidemia ni nada por el estilo. Han muerto los que tenían que morir. Al fin y al cabo, en estos más de cincuenta años que han pasado desde el Mundial, tus paisanos han demostrado tener muy buena salud todos.

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