17 de enero de 2013

Diez microrrelatos sobre la vida (VII)

A Isi Dávila

   Hilario Frías tenía una frase para describirse: "Soy todo corazón". Con ella excusaba los atropellos que cometía contra la gente, cuando le conducía un impulso de hacer daño por puro disfrute de su crueldad o cuando, con una característica falta de escrúpulos, satisfacía sus particulares necesidades personales. Estaba convencido de que, cuanto más desenfrenada fuera la agresividad con la que trataba incluso a la gente más allegada y familiar, más disfrutaría de su vida y con mayor vitalidad se manifestaría su existencia. Algo, dentro de sí, le empujaba a enfrentarse constantemente con los demás, enzarzarse en conflictos de pundonor u orgullo, humillar a los demás por tener alguna característica peculiar, incluso llegar a la violencia física cuando su mayor fuente de placer, que era el alcohol, le nublaba las facultades y le permitía dejar aflorar libremente todo el peso de sus frustraciones.

   Era un hombre con el que no era muy agradable convivir ni tener una relación amistosa. Mostraba, sin embargo, su atracción hacia la gente que manifestaba un comportamiento ascético y sumiso. Para él eran loables excepciones a la perversidad humana que debían su alta virtud a contar con un corazón menos enérgico. Según él, de no ser tan abundantes los estúpidos, el mundo sería un paraíso y estaría formado por hombres llenos de ascetismo que serían felices sacrificando su vitalidad para permitir la supervivencia de la civilización. Pero, aunque eso era una utopía imposible, era admirable el talante de estos "hombres de fe", como él los llamaba, de los que ya quedaban pocos, según comentaba con hosquedad, porque la humanidad se había llenado de advenedizos en esto de la vitalidad, que, sin ser auténticos hombres de corazón como él, pretendían  ser los dueños y dominadores de los demás.

   El foro en el que mostraba en su mayor plenitud su modo de actuar en la vida era el bar de la esquina, al que iba a beber al acabar el trabajo en el taller. Allí la clientela habitual era testigo, según él pensaba, de la hombría de sus maneras y de su coraje, demostrando que era "todo corazón", un espíritu auténticamente libre. Allí solía exponer, con su habitual cinismo, sus opiniones contra los maricas, los moros o los cornudos, entre muchas otras víctimas de su verborrea alcohólica y ácida.

   Pero un día algo le enfrentó de manera crucial consigo mismo. Estaba de pie junto a la barra del bar gesticulando y golpeando sobre la madera con su puño, lleno de una amarga rabia que cuantos la observaban entendían que era desproporcionada y morbosa cuando, retrocediendo hacia atrás por la misma agitación interna que le hacía manifestar aquella ira, chocó con un obstáculo y cayó hacia atrás arrastrando con él el objeto con el que había tropezado. Una vez en el suelo, vio los gritos y la agitación de una mujer tocada con el pañuelo islámico y comprobó, acto seguido, que bajo su cuerpo había un cochecito de bebé. Se incorporó y vio cómo aquella mujer se precipitaba al suelo con gestos de desesperación a recoger un bebé que no lloraba.

   Su consternación fue grande y ya se iba a lanzar a socorrer al niño cuando, al ver que los demás le observaban, un temor repentino le hizo apartarse de la madre y del niño y volver a la barra esgrimiendo una sonrisa forzada.

   -Me da asco tocarlos, no lo puedo remediar... Yo soy todo corazón, que los ayuden otros.

   Un par de hombres se habían precipitado a coger al niño e intentar reanimarlo. De pronto, el niño rompió a llorar y la madre lanzó exclamaciones de alegría y lloró mientras acunaba al bebé en sus brazos. Junto a Hilario, había un cliente de los habituales, que se tomaba un café antes de ir a su trabajo, que era un turno de noche, y al oír lo que dijo, le lanzó estas palabras:

   -¿Todo corazón tú? Tú no tienes corazón, tú te manejas por el interés y haces cálculos de lo que te conviene. No tienes más que cabeza y las maldades que haces, que son muchas y las atribuyes a tu corazón, las haces porque eres un amargado que ha vuelto la espalda a la vida y lo único que puedes darles a los demás es la misma hiel que tú bebes a diario. Tú no eres más que un cobarde y tienes suerte de que la gente te tenga compasión y no te haya dado aún un escarmiento.

   Hilario agarró al que acababa de decir esto por la camisa lanzando un exabrupto pero el otro le dio un empujón gritándole:

   -¡Suéltame, aplastaniños!

   Hilario cayó al suelo y, viéndose derribado una vez más, mareado por el alcohol ingerido, sin capacidad de replicar nada a los argumentos del otro y avergonzado por el suceso del bebé, se incorporó, vacilante, y se dirigió cabizbajo a la salida.

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