16 de enero de 2013

Diez microrrelatos sobre la vida (VI)

A Nora Francucci

   No le faltaba inteligencia para ser coherente sino valentía. En la coherencia consigo mismo empezaría su libertad y el pleno desarrollo de su vitalidad pero, sencillamente, no tenía valor suficiente. Ni siquiera podía amoldarse a las características de su cobardía y consentir en vivir una vida empobrecida y ajena a toda emoción pues su temperamento era, al fin y al cabo, apasionado y lo esperaba todo de la vida.

   Su miedo no era en realidad el del tipo habitual en  la gente corriente. No temía al ridículo, ni a la opinión, ni a ver en riesgo su vida. Lo que temía era que sus emociones llegaran a la cima a la que en un momento dado habían dado indicios de comenzar a ascender.

   Si, por ejemplo, encontraba graciosa una broma de los amigos, al instante comenzaba a reír pero, en cuanto percibía que el placer rebasaba cierto nivel, un repentino miedo cortaba el flujo de la hilaridad y sus carcajadas se cortaban en seco. Sus amigos se daban cuenta y le preguntaban, al observar su súbita seriedad, si le había ofendido en algo la broma. Él no sabía qué contestar y aparecía ante todos como una persona difícil de comprender con reacciones inexplicables.

   Otras veces, tenía que salir del cine en medio de una película porque había empezado a sentir una compasión excesiva por algún personaje o una gran alegría le había empezado a embargar al identificarse con la fortuna del protagonista o el miedo mismo que le producía el desarrollo de la trama o el ambiente de la película había alcanzado un límite que ya no podía tolerar.

   Cuando contrajo matrimonio, tuvo su primer hijo, consiguió éxitos diversos en su trabajo, etc., etc., su modo de manifestarlo siempre acababa siendo moderado y decepcionante para los que tenía a su lado, que no comprendían por qué mostraba una indolencia tal y hasta incluso preocupación pese a que sabían que los acontecimientos eran los que él decía que más le satisfacían en la vida.

   Podría llamarse fobia, como eufemismo condescendiente procedente del mundo de la psicoterapia, de no ser porque era miedo en el más puro sentido de la palabra. No era una enfermedad, simplemente tenía horror a que su vitalidad se consumiera en el fuego mismo con que se manifestaba cuando alcanzaba su máxima plenitud. Era consciente de su propio temperamento apasionado y, en lo más hondo de sí, temía que esa pasión lo arrastrara hasta el cieno y lo humillara acabando así con su felicidad para siempre.

   En correspondencia con esta actitud, era un hombre que nunca protestaba ante los abusos de los demás. Cuando, por ejemplo, su trabajo era minusvalorado y su sueldo bajaba o se reducían sus vacaciones, él lo soportaba pacíficamente y no comprendía la indignación que por su jefe mostraba su mujer. El poder político apenas merecía una crítica medianamente dura de su boca. Ni siquiera los abusos y mezquindades de sus vecinos de piso tenían nunca su oposición ni en su más oculto interior. Es más, casi temía oír las críticas contra la mala gente, aun siendo redomados asesinos, pues, de alguna manera, sentía que también él estaba en peligro de caer víctima del odio de la sociedad. Al fin y al cabo, su corazón seguía vivo, era un apasionado.

   Pero una noche su esposa se quejó de un dolor en el vientre y, sin demora, fue con ella al hospital. Estaba muy inquieto por ella, no soportaba verla sufrir y quejarse de aquella manera pero los médicos no les atendían. Finalmente llegó un médico, la examinó durante un par de minutos y dijo:

   -No es nada, que se tome unos calmantes. Si, de todas formas, persistiera el dolor, vuelvan inmediatamente.

   Él sintió que sus emociones subían hasta llegar al límite en el que siempre se paraban y descendían de golpe pero esta vez las dejó seguir subiendo porque era la vida de su esposa la causa de esas emociones. Cuando ya habían rebasado la línea que él siempre se había prohibido un gran trecho, cogió al médico del brazo, que ya había dado media vuelta con una sonrisa no se sabía bien si de amabilidad o de sorna, y le dijo:

   -Oiga doctor, ¿cómo puede estar tan seguro de que mi esposa no tiene nada si usted mismo admite la posibilidad de que tengamos que volver a pesar del calmante? ¿Y desde cuando, señor mío, los calmantes curan la causa de un dolor? ¿Por qué sabe que solo tiene que tomar calmantes si no le ha hecho una radiografía ni le ha hecho una sola pregunta a mi esposa y ni siquiera ha tocado su vientre cuando la ha reconocido? ¿Quiere usted reírse de nosotros? ¿Le hemos parecido unos payasos? ¿Tiene usted idea de lo ridículo que me hace sentir su actitud irresponsable e indolente frente a nosotros, que hemos venido contra nuestro gusto por una simple razón de pura supervivencia? Doctor, si me deja que le sea sincero, creo que es usted un imbécil...

   El médico se volvió de frente, miró a su esposa, volvió a reconocerla y ordenó que le hicieran inmediatamente una radiografía. Esa misma noche su mujer fue operada de una grave apendicitis.

   A partir de entonces su vida empezó a salir del cerco. Una plenitud nunca sentida antes llenó su existencia. Había comprendido que todo, más allá y más acá del límite, era vida. Pero sin coraje y valor para vivir, no se vivía de verdad.

   El doctor, un mes después del incidente, cenó en su casa con su esposa ya plenamente restablecida.

   -Alberto, ahora que has compartido nuestra misma comida y nuestra misma mesa, te tengo que pedir disculpas por haberte llamado imbécil -le dijo al médico.

   -Llevaba aquel día quince horas seguidas trabajando y dos días sin dormir -dijo el doctor-. En el momento en el que me llamaste así, era eso precisamente lo que era, un imbécil.

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