15 de enero de 2013

Diez microrrelatos sobre la vida (V)

A Mónica Benítez Tarrés

   Paco Márquez, aunque era considerado un especialista en la obra de Shakespeare, apenas sabía inglés corriente y leía los libros del autor en el idioma original con ayuda de malos diccionarios y se puede decir que fantaseaba sobre el sentido real de las frases y metáforas en mayor medida que lo comprendía. Sus obras críticas eran muy valoradas y leídas. "La Figura del Dragón en la Obra Shakespeariana" o "Una Introducción a las Enseñanzas Alquímicas de Romeo Y Julieta" fueron sus dos obras más exitosas y populares. 

   Se pasaba las largas horas del día reclinado en su mesa leyendo sus libros en inglés, llenos de anotaciones para recordar su traducción, consultando los diccionarios descuadernados las tres cuartas partes del tiempo. En invierno no sabía lo que era el frío cuando estaba en su habitación en pleno trabajo aunque la calefacción hacía siglos que se le había averiado. En verano, si los mosquitos le picaban, apenas se movía para espantarlos y, si estaba a punto de desentrañar un significado oculto en alguna frase del genio inglés, incluso dejaba que el mosquito le sorbiera cuanto quisiera por no perder el hilo de sus razonamientos al darse el manotazo contra la parte de su cuerpo donde le picaba. 

   Era delgado como un alambre. Más que por hambre, comía por costumbre cultural. No tenía pareja ni conocía lo que era el sexo. Cuando caminaba por la calle, más que ver lo que pasaba a su alrededor, parecía que caminaba por una ciudad edificada en su mente. Muchas veces, iba hablando solo, dando retoques a sus especulaciones sobre Shakespeare. A veces se tropezaba con alguien y, tras cogerle de los hombros, le hacía apartarse a un lado, como si fuera un mueble extraño y fuera de lugar.

   Un día oyó un tremendo chirrido mientras cruzaba la calle, miró a un lado y se encontró, a unos centímetros de su cuerpo, el parachoques de un enorme autobús. El chirrido, lo supo después, era el frenazo del conductor del vehículo, que le maldecía desde su cabina porque había atravesado la calle sin apercibirse de su proximidad. Desde entonces, algo cambió en su vida. Se dio cuenta de que la muerte le podía sobrevenir en cualquier momento y su corazón dormía como si fuera a vivir eternamente. Estaba fuera del mundo, no había sentimientos en su vida; es más, la vida que llevaba no podía considerarse vida. El intelecto había invadido toda su mente y no había espacio más que para un sueño de la razón. 

   Entonces, miró hacia su corazón y sintió poco a poco más ternura. Ahora, cuando caminaba por la calle, veía a la gente con nuevos ojos. La chica delicada y de bellísima apariencia, que ojeaba un escaparate, el hombre viejo que se afanaba por avanzar por la acera apoyándose en su bastón y, sobre todo, los niños, los alegres niños llenos de vida que venían del colegio o iban a él, que mascaban chicle o reían sonoramente, que se empujaban unos a otros cuando iban en grupos o que andaban unidos amistosamente con los brazos al hombro... todo eso le llegaba al corazón, todo eso lo encontraba hermoso, todo eso le hacía sentirse vivo. Había un impulso por sobrevivir en todas esas imágenes que le transmitía emociones nuevas que nunca había experimentado.

   Entonces decidió dejar su carrera de erudito shakespiriano y dedicarse a escribir cuentos para niños. Fue una idea que iluminó su mente una noche de otoño, cuando empezó a sentir frío por primera vez en mucho tiempo. Se imaginó volviendo a la niñez por obra de su imaginación, escribiendo los cuentos más delirantes y divertidos de la historia para disfrute de los pequeños. Cogió todos los libros que había en su mesa, los metió en un rincón, agarró un paquete de folios y comenzó a escribir:

   Un hombre muy triste, que hacía un libro para matar los sentimientos, estaba un día inclinado, amargado y meditabundo sobre un papel, escribiendo mentiras que él mismo creía que hablaban de lo imposible de cualquier cosa que no estuviera en su libro cuando escuchó un "hola"

   
   -¿Hola? -se preguntó-. El hola no es posible. No está en mi libro... -y siguió escribiendo como si nada. 

   Pero al poco volvió a escuchar un "hola". 

   -¡Maldita sea! -se dijo-. !No es posible el hola, mi libro lo demuestra!  

   Pero, cuando levantó sus ojos del papel para gritar "silencio" a la nada vio un enorme dragón humeando por la boca y sonriendo.  

   -¿Se puede saber qué hace usted en mi estudio a estas horas de la noche infringiendo desvergonzadamente las leyes naturales claramente demostradas en mi libro? -dijo el hombre triste con un tono muy áspero.  

   El dragón se puso muy serio al oír estas palabras y, como era muy sensible y no le gustaba infringir ninguna norma, estuvo a punto de llorar y su cara hizo pucheritos. 

   El hombre serio, algo compadecido al ver que había herido los sentimientos a aquel error científico, le dijo a continuación: 

  -Bueno, bueno, no nos enfadaremos mucho hasta ver si usted cuadra o no cuadra con mi libro. Para empezar, ¿quién es usted? 

   El dragón se enjugó con los dedos palmeados de sus alas una lágrima y suspirando con desconsuelo dijo: 

   -Soy el dragón que aparece en todas las obras de Shakespeare, en el segundo acto, escena tercera...
   Esta obra para niños tan delirante no tenemos espacio suficiente para incluirla aquí en su integridad, y perdonen por esta infracción que acabo de cometer contra la ley de invisibilidad de los problemas del narrador en las historias. Pero, gracias a que la escribió poniendo todo su sentimiento, pudo ver que las verdades auténticas son las del corazón y que la inteligencia es como un dragón enorme que puede devorar muchas cosas con un solo bocado y, por eso, se le mezclan en el estómago sabores demasiado diferentes con la consiguiente acidez. La inteligencia llevada al extremo, concluyó finalmente Paco Márquez, desemboca en una locura que solo el arte puede curar.

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