19 de enero de 2013

Diez microrrelatos sobre la vida (IX)

A Isi Dávila

   Hace cincuenta siglos, cuando los humanos empezaron a perder las esperanzas de que su especie sobreviviera cien años más debido a la larva de los huesos, la adoración al Padre Que Nos Come El Cráneo se generalizó hasta el punto de convertirse en una religión universal.

   Llegó un momento en que parecía que la Humanidad llegaba a su fin y lo hacía encumbrando a un gusano divinizado y humillándose ante él.

   Pero, cuando algunos científicos, aunque abnegados adoradores del Padre Que Nos Come El Cráneo, descubrieron que solo se libraban del contagio de la larva personas no adeptas a la nueva religión, reaccionaron con racionalidad ante este descubrimiento y decidieron investigar la causa de este fenómeno tan singular.

   Se estudiaron concienzudamente los beneficios para la larva de cada uno de los preceptos del Libro del Padre de las Larvas y finalmente se comprobó que un generoso derramamiento de lágrimas en algún episodio de la adolescencia, edad a la que se contraía la enfermedad, excretaba todos los huevos de la larva; sin embargo, los fieles de la nueva religión tenían prohibido el llanto.

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