13 de enero de 2013

Diez microrrelatos sobre la vida (III)

A Susana Escarabajal Magaña

   El profesor Krans miró por el microscopio y vio algo frágil y asqueroso que se movía. No tenía nada en común con él, pensó. Él era la cumbre de la evolución natural, estaba a punto de ganar el premio Nobel, medía un metro noventa y cinco y podía aplastar aquello con el más ligero de los roces. 

   Sin embargo, aunque era un hombre felizmente casado y con hijos en la Universidad, se sentía casi enamorado de aquello. Incluso a una bacteria se puede amar cuando se comprende que la vida no se aísla sino que, en esencia, es un impacto continuo en todo lo que la rodea y que su auténtica plenitud está en abrirse paso fuera de sí y producir algo nuevo en su entorno. La vida, es a veces destructiva pero es también capaz de transformar y crear y la creación es un acto de amor. El odio no es capaz de crear nada, tampoco un corazón ciego y paralizado.

   Era una bacteria del género bacillus. Una vez más, estaba comprobando que esta bacteria podía destruir los microorganismos que producían una enfermedad considerada hasta entonces incurable. Atacaba a los bebés, que morían en cuestión de días. Nadie, hasta que él lo descubrió, sabía que era un proceso infeccioso y no una enfermedad genética.

   El profesor, sonreía cuando apartó su ojo del microscopio. Fue hasta su mesa de trabajo y abrió el buzón de su correo electrónico. Vio que había un correo de una importante internacional farmacéutica. Esto era lo que le decía:

   Estimado Pr. Krans:

   Creemos que su labor en beneficio de la Humanidad merece una recompensa justa. Por ello, nuestros laboratorios le ofrecen la suma de 500.000 dólares americanos a cambio de los derechos sobre el nuevo medicamento. Nos parece que la cantidad es justa pero, si le pareciera escasa, estaríamos de acuerdo en discutirla y, en último extremo, aumentarla para contentar sus expectativas. 
   Firmado: Robert Smith, Presidente de Laboratorios...
   El profesor sonrió una vez más, esta vez con una mueca sardónica donde se podía advertir un halo de triunfalismo. Al instante, redactó esta respuesta y se la envió a Robert Smith:

   Señor Robert Smith:

   Descuide, la suma que me ofrece no me parece insuficiente pero tampoco suficiente. Hace años frustró mi deseo de investigar una enfermedad propia de países en vías de desarrollo. Me negó un contrato pese a mi alta cualificación. Debió parecerle poco rentable lo que les propuse, investigar un medicamento para personas sin dinero. Entiendo perfectamente la postura que entonces adoptó. Pero en la vida me impulsa el amor al Bien y esta vez soy yo el que voy a frustrarle a usted sus deseos. Crearé una firma farmacéutica para comercializar mi medicamento y, con el dinero obtenido y las donaciones de la buena gente del mundo, que son la mayoría de la humanidad, me dedicaré a investigar las enfermedades contra las que la gente como usted no considera apropiado invertir pero que matan y destruyen muchas vidas no solo de los enfermos sino también de quienes conviven con ellos. Me temo que esta decisión mía va a poner en la bancarrota a su empresa, que ha invertido hace un año una suma desorbitada para un tratamiento paliativo para la enfermedad que mi medicamento cura por completo. Guárdese para usted sus 500.000 dólares, le vendrán bien como paracaídas de lujo en sus ya avanzados años.
   Firmado: Pr. Hans Krans.

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