12 de enero de 2013

Diez microrrelatos sobre la vida (II)

A Bea Magaña

  Pedro Mora siempre fue un hombre con una salud de hierro y se envanecía de ello. Nunca padeció enfermedad grave alguna, nunca cogió siquiera una mala caries, nunca estuvo en la cama por una gripe porque las pasaba andando andando. Por eso, nunca se acordaba de que tenía la obligación de morirse.

   Su prioridad en la vida fue siempre su trabajo de relojero. Valoraba más la rueda dentada de un engranaje que la belleza de los ojos de una mujer. Toda su vida permaneció sentimentalmente solo. Después de la adolescencia, no volvió a enamorarse nunca. Lo encontraba enfermizo, dañino para la salud. Cuando murieron sus padres, siguió viviendo solo pero consideraba que eso era bueno para su organismo porque no se contagiaba de los gérmenes patógenos de las otras personas.

   Para él, lo fundamental eran su relojería y él mismo. El resto del mundo cambiaba y era perecedero pero él y su relojería pertenecían a la eternidad.

   A pesar de ello, un día, en el mecanismo de su cuerpo, falló una pieza; durante dieciocho minutos estuvo atrasándose y finalmente se paró en las 10 y veinte de un 12 de diciembre. No tengo la omnisciencia de un dios pero sé que este hombre tan sano se dio cuenta justo antes de morir de que su vida había sido un error porque quienes le encontraron muerto vieron que junto a él había un cuaderno donde acababa de escribir:

No contaba con los japoneses...

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