11 de enero de 2013

Diez microrrelatos sobre la vida (I)

A Isabela Dávila

   El gordo soberano devoraba un anca de cordero con delectación infantil. Al oír el hilillo de voz del lacayo que le anunciaba la llegada de un alquimista puso su mirada arrogante sobre el hombre que le hablaba y le dijo:

   -¡Imbécil! ¡Hablas como las mujeres! Pues dile que entre si es bueno, por todos los cuernos del diablo... ¿voy a ordenarte ahorcar por eso?

   El lacayo exhibió una sonrisa de agradecimiento por el tono inusualmente indulgente del rey y, tras hacer una zalema, volvió a salir.

   Al instante, entró un hombre vestido con un hábito, las manos juntas y los párpados y los contornos de los ojos cubiertos de un afeite negro que le daba un aspecto siniestro. Se presentó ante la mesa del rey y dijo: 

   -Poderoso rey, he venido a traeros el más embriagador de los poderes, el don más halagador de cuantos puede desear la ambición de un señor de hombres. He recorrido los lugares más lejanos del Mundo, he bajado a las entrañas de la Tierra donde habita el fuego eterno, he preguntado a los más sabios de entre los vivos y a los más poderosos de entre los muertos, no he dejado de buscar la sabiduría de los elementales ni de desentrañar el significado de los cifrados libros de Hermes Toth ni de buscar en el sentido doblado de las palabras de Dios. Ha sido un largo recorrido no solo mío sino de todos los sacrificados hombres de ciencia que me han precedido. Todo para que ahora podáis disfrutar del poder que os voy a ofrecer.

   El monarca sonrió con los ojos chispeantes y dijo con ilusión de niño:

   -¿Qué?

   -Voy a daros poder sobre las vidas de vuestros súbditos -dijo el alquimista-. Sus destinos serán lo que vos decidáis, seréis capaz de concederles sus más altos deseos o de provocarles la enfermedad y la muerte, seréis adorado por ellos y sus preces no se dirigirán ya a lo alto sino a vuestro palacio donde habitaréis en medio de placeres nunca imaginados en la Tierra pues será aquí donde agasajaréis a vuestros favoritos con la desmedida felicidad que vuestro don os permitirá hacer brotar para ellos y para vos mismo.

   -¿Qué tengo que hacer? -dijo el rey.

   -Solo quiero para mí el permiso para castigar con mis poderes y causar sufrimiento a quien vos consideréis incómodo para vuestro armonioso reinado, a cambio os daré poder sobre la vida y os haré inmortal...

   El rey levantó los ojos al cielo y rió emocionado, lleno de felicidad ante la perspectiva de tan radical liberación como la que el alquimista le proponía.

   -Te concedo lo que me pides, alquimista -dijo el rey-. ¡Cuánto me das a cambio de tan poco! ¡Que alegría!

   -En fin, Majestad -dijo el alquimista ensombreciendo sus rasgos-, lo cierto es que hay otro requisito esencial...

   -¡Di! -dijo el rey sonriente y con el espíritu predispuesto a una generosidad desconocida en él.

   -Pues simplemente, para crear lazos de dependencia irrompibles en las conciencias de vuestros súbditos y para que vos podáis alcanzar la inmortalidad tendréis que ser torturado, crucificado y muerto por ellos y descenderéis a los infiernos y, al tercer día, yo os sacaré de allí...

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