6 de enero de 2013

Diez microrrelatos sobre la felicidad (VI)

A Isabela Dávila

   El padre de Fiorello le trataba con mucha dureza. Le hacía ir a pie detrás de la carreta cuando viajaban de pueblo en pueblo a pesar de las largas distancias que recorrían a veces. Incluso le había obligado a hacerlo alguna que otra vez que llovía para castigarle por una desobediencia. Él era el encargado de vocear por las calles la llegada del guiñol, de lavar la ropa en el río, de preparar la comida, de zurcir los calcetines y remendar los pantalones y las camisas. Su padre no le permitía una sola protesta sin darle un castigo severo.

   Un día su padre le dijo:

   -Fiorello, quiero que me hagas una marioneta. Ya va siendo hora de que aprendas el oficio. Voy haciéndome mayor y algún día tendrás que actuar tú para que yo pueda dejar de trabajar. Quiero que me hagas una marioneta feliz, completamente feliz. Toma estas maderas y empieza a trabajar.

   Fiorello se esmeró con pericia insólita en un niño de su edad en tallar una cabeza con la expresión más feliz que fue capaz de lograr. Cuando terminó todas las piezas, las unió y se presentó ante su padre con lo que acababa de hacer. 

   Cuando su padre vio la marioneta fabricada por su hijo, la encontró perfecta, mejor que ninguna de las suyas, que elaboraba a la luz de un candil canturreando con su borrachera a cuestas. Pero no quiso que su hijo se envaneciera y se volviera más desobediente todavía por ello y, tras darle con la palma de la mano un golpe en la cabeza, le dijo:

   -¿Se puede saber por qué no le has colocado los hilos?

   Y el muchacho contestó muy enojado:

   -Tú querías una marioneta feliz. Si le pongo hilos, ya no será una marioneta feliz.

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