5 de enero de 2013

Diez microrrelatos sobre la felicidad (V)

A Isabela Dávila

   La oscuridad que se abría ante sus ojos, por un momento, fue pareja con lo nebuloso de su mente. Escuchaba pasos, pasos de un caminante solitario en medio de un silencio total. Creyó al principio que eran los suyos, sintiéndose todavía sumergido en un deambular solitario a través de  las calles laberínticas de aquel sueño febril. Al acabar de despertar, trató de incorporarse pero sintió un inmenso dolor y recordó que estaba en el calabozo donde le recluían los hombres que le estaban torturando. Aguzó el oído. Los pasos eran reales y se aproximaban. Sentía que no aguantaría una sesión más de martirio, su vida acabaría por poco sufrimiento que le volvieran a infligir. Quizá, si le dejaban reponerse, podría aguantar vivo más tiempo. Era una esperanza que todavía le impedía liberarse de su miedo para entregarse con indolencia a la muerte. Si los pasos se detenían ante su puerta, sin duda tendría que resignarse a afrontar los últimos minutos de su vida. Los pasos cesaron y la cerradura se abrió, una franja de luz procedente del pasillo fue creciendo poco a poco. Las lágrimas saltaron de sus ojos y resbalaron por su cara mientras sollozaba. Finalmente apareció una silueta en medio de la luz  pero no era la silueta de un soldado sino la de una delicada mujer. Entonces escuchó una dulce voz que le llamaba por su nombre. Era la primera vez que oía su nombre desde que fue arrestado y lo pronunciaba la persona a la que más amaba en el mundo... 

   -¡Alicia!

   -¡José...! ¡Los militares se han rendido! ¿Estás bien? Este sitio ha quedado desierto. Un funcionario me ha dado las llaves. Tu celda es la primera que he encontrado... ¡José, amor mío...!

   -Alicia, me has traído a la vida de nuevo. ¡La felicidad vuelve a mi corazón!

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