4 de enero de 2013

Diez microrrelatos sobre la felicidad (IV)

A Isabela Dávila


   David, esperando su turno en la peluquería, ojeaba una revista. Cuando vio la foto de un empresario rico y famoso, detuvo su atención en esa página y leyó. El entrevistador le preguntaba a mitad de la página, bajo la foto, si se podía considerar un hombre feliz y el empresario contestaba inmediatamente debajo de la pregunta, en negrita:

   "Soy completamente feliz. Tengo una esposa maravillosa, unos hijos inteligentísimos, gozo de buena salud... y, además, sería muy injusto que alguien con mi nivel económico se sintiera insatisfecho cuando hay tanta gente en el mundo que vive en la pobreza. Yo soy feliz, por supuesto. No quiero más..."

   David, tras acabar de leer esto, sintió que algo no encajaba porque él era feliz y era más pobre que las ratas. Las razones que daba el empresario para justificar su felicidad no le decían nada; se imaginaba con las mismas cosas que el opulento personaje y se veía hasta infeliz, no sabía por qué, quizá por la forma en la que lo decía... 

   Intentó entonces averiguar por qué exactamente era él feliz. No tenía una esposa ni hijos y hasta era alérgico al polen... Pensó en una chica en la que no dejaba de pensar ni de noche ni de día, su novia. Por ella era feliz, hubo de concluir; si no fuera por Marta, ¿a dónde se iría su felicidad? Pero él no se sentía su dueño; él se sentía incapaz de decir a nadie "tengo una novia maravillosa" porque, al pasar de los días y meses, la iba amando más y más y, cuanto más la amaba, más cerca de ella quería estar y, por muy cerca que estuviera de ella, siempre sentía deseos de estarlo aún más y tenía tanta necesidad de ella que su amor era una insatisfacción constante y decir que él tenía a Marta era un derroche de optimismo. 

   Pero era inmensamente feliz; de eso no cabía duda, y lo era precisamente por eso, porque no la tenía pero aspiraba a ella, como se aspira al aire que nos hace vivir sin conseguir nunca el suficiente como para decir "no quiero más". No la tenía pero echaba en falta tenerla y eso era lo más valioso de lo que podía ser dueño un ser humano.

   Cerró la revista, la dejó sobre la mesita de centro y miró en su bolsillo si le quedaría el suficiente dinero después de pagar al peluquero para comprarle a Marta una rosa.

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