1 de enero de 2013

Diez microrrelatos sobre la felicidad (I)

A Isabela Dávila

   Las cápsulas de hibernación comenzaron a abrirse tras el lento proceso de despertar mientras sonaba una música suave y hermosa de Brahms. Los ojos de los tripulantes se comenzaron a abrir. Lux se incorporó y salió de la cápsula. Mientras, con el corazón rebosante de emoción, contemplaba las imágenes del exterior que recogía la cámara de la nave espacial, la música le sugería en sus notas algo así como un movimiento de alegría infinita en el espíritu por un suceso pasado cuyos efectos transcendían el tiempo en que ocurrió y alcanzaban la eternidad. 

   La nave, según lo que se veía en la pantalla, estaba posada en medio de un paraje frondoso de exuberantes formas pero que no dejaban de ser familiares al ojo de un ser humano de la Tierra. Las investigaciones del tripulante cibernético no dejaban lugar a dudas con respecto a la salubridad del planeta al que habían conseguido arribar aquellos ciento quince hombres y mujeres tras dormir en sus cápsulas probablemente miles de años. Nadie en la Tierra conocería jamás este feliz desenlace del viaje. Era una misión sin sentido práctico, solo una apuesta por la Humanidad.

   Lux,  inquieto de pronto, dejó de mirar la pantalla y se volvió hacia atrás, hacia donde estaban las restantes cápsulas. Muchos habían salido como él de su sueño pero todavía tardaban en incorporarse. Se dirigió ansioso hacia la cápsula de Ígnea. Tenía los ojos cerrados. Le dio suaves palmadas en el rostro y sacudió sus hombros delicadamente. Temía que no despertara nunca, en su corazón el miedo iba aumentando con el paso de los segundos. Contempló su hermoso cuerpo empapado con el líquido amniótico. Cogió su mano y le besó la palma cerrando los ojos. Cuando los volvió a abrir, Ignea le miraba algo asustada y con expresión de desconcierto. 

   -¡Estamos en un planeta habitable, Ignea! -le dijo.

   Ella mostró su inmensa alegría, se incorporó y ambos se abrazaron y besaron. Entonces sonó el chasquido de la puerta. Alguien la acababa de abrir. Entraba un torrente de luz de fuente desconocida procedente del pasillo. 

   -¡La puerta de la nave está abierta! -dijo alguien.

   -Ha sido el tripulante cibernético -dijo otro que observaba el panel del computador-. Podemos salir sin temor.

   Pero, antes de que nadie se decidiera a salir, una pequeña criatura que se desplazaba velozmente por el aire penetró en la nave llenando el recinto en el que estaban los tripulantes con sus estruendosos gorjeos. Era casi un pájaro, inofensivo depositario de la vida y felicidad más plenas de las que ahora se había convertido también, sin saberlo, en heraldo.

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