28 de enero de 2013

Diez microrrelatos para no usar mal la inteligencia (VIII)

A Isabela Dávila

   Juan Botello regañó muy duramente a su hija de cinco años porque se le cayó al suelo el plato de la comida. La niña, que nunca había visto así a su padre, lloró mucho por ello. Él, comprendiendo que la había tratado injusta y cruelmente, estuvo toda la tarde triste, lleno de compasión por la niña. Aún así, le embargaban graves remordimientos; el pobre Juan creía, pese a la angustia que sentía por lo que le había hecho a su hija, que la crueldad que había usado con ella era producto de una marca indeleble de maldad que había grabado en su corazón su predisposición al hedonismo. 

   Cuanto más le remordía la conciencia, menos percibía su propia angustia y más culpaba a su naturaleza hedonista de su mala acción. Al día siguiente, su hijo de tres años rompió una copa, pensó que al niño le había causado placer romperla y le dio un cachete para que atenuara su predisposición al hedonismo. El llanto del niño fue un poco más fuerte y prolongado que el de la niña del día anterior pero, esta vez, Juan Botello no se compadeció en absoluto.

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