25 de enero de 2013

Diez microrrelatos para no usar mal la inteligencia (V)

A Isabela Dávila

   Bèla, el zíngaro, estaba otra vez borracho y no dejaba de atizar con las riendas a su mula porque le parecía que tiraba del carromato con más lentitud de la que a él le venía en gana avanzar. Su mujer le cogió el brazo con el que aporreaba al animal mientras le gritaba: 

   -¡Deja a la mula, Bèla; la vas a matar! 

   Pero, cuando Bèla vio que su mujer no pensaba de la manera que a él le venía en gana pensar, con la misma fusta con que pegaba a la mula, comenzó a pegar a su mujer. Timea, la pequeña de 14 meses, comenzó a llorar porque vio que su madre gritaba. Con el sufrimiento de la paliza, la esposa de Bèla se desmayó. 

   Bèla, para reanimar a su esposa, cogió la garrafa del agua con la intención de derramársela por la cabeza pero, cuando comprobó que no quedaba ni una gota, detuvo a la mula y le dijo a su hijo mayor Ildikó: 

   -Corre al río por agua, que tengo sed. 

   -¡Ve tú! -dijo Ildikó, enfadado porque su padre había pegado a su madre. 

   Cuando Bèla vio que su hijo no quería ir al río como a él le venía en gana que fuera, le fue a dar con la fusta en la cara pero, en ese momento, le dio una parálisis en ese mismo brazo y se le cayó de las manos el arma. Cuando vio que su brazo no podía fustigar como a él le venía en gana hacer, con la otra mano empezó a darle palmetazos a su extremidad y, cuando vio que, aún así, esta no reaccionaba, puñetazos y más puñetazos hasta que se dio por vencido.

   -Ildikó, ve por un médico -dijo a su hijo mayor con voz desmayada.

   -Es inútil, padre, aunque le pegues con tu fusta, el médico no va a morir en tu lugar -contestó Ildikó casi en un susurro, con una fría expresión en su rostro. 

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