23 de enero de 2013

Diez microrrelatos para no usar mal la inteligencia (III)

A Isabela Dávila

   El brujo, embutido bajo su manto de piel de león, estaba sentado en una piedra, cincuenta siglos antes de Jesucristo, con la cabellera del animal ocultando su calva cabeza, en la misma actitud que el pensador de Rodin. Su capricho era que la colosal roca de arenisca que tenía frente a él no estuviera ahí sino a 20 kilómetros, en su aldea natal, y que no estuviera caída en el suelo sino muy erecta apuntando hacia arriba como hacía a veces su pene cuando veía a las mujeres plantando semillas. Pero el dios de las tormentas no le concedía ese deseo por más que agitaba sobre la piedra su bastón de fresno.

   Tanto rato estuvo pensativo que dio una cabezada, el brazo en el que apoyaba su tronco resbaló de su pierna y cayó al suelo. En la caída, su mano movió una piedrecilla que cayó rodando por un terraplén. Entonces se miró la mano dolorida por el golpe y miró hacia la piedrecilla que todavía rodaba cuesta abajo. Entonces, su mente mágica se dijo que aquello era un mensaje del dios de las tormentas.

   Corrió al poblado, entró en el círculo de cabañas central y, a voz en grito, clamó:

   -¡¡Ayayayayayay!! ¡El dios de las tormentas me ha hablado!

   El jefe guerrero de la aldea dijo:

   -Dime qué te ha dicho el dios de las tormentas, León Centelleante.

   León Centelleante le mostró la mano en que había estado apoyada su cabeza minutos antes.

   -Esto es del dios de las tormentas. El dios de las tormentas quiere mover piedras con esto. Quiere mover la piedra gigante de junto al río y llevarla a mi aldea natal y empinarla como una verga -dijo.

   Tras decir esto, se quedó mirando al jefe guerrero para comprobar cómo encajaba sus sugerencias simbólicas; cuando vio que el jefe guerrero era presa del recogimiento piadoso, prosiguió:

   -El dios de las tormentas tiene cien manos y las tiene en esta aldea, busquemos esas manos para que pueda mover la piedra del río... -y acto seguido cantó su oración.

Sólo tu existes, 
dios de las tormentas; 
nosotros solo somos 
tu sudor y tu orín... 

   El jefe guerrero fue a llamar entonces a todos los habitantes del poblado.

   El aprendiz de brujo fue testigo de todo esto y le dijo a su maestro: 

   -León Centelleante, ¿estas manos que hay al extremo de mis brazos también son del dios de las tormentas? 

   -Sí -respondió sin vacilar el brujo.

   -¿Y el dios de las tormentas evitará toda mi fatiga? -preguntó el aprendiz.

   -No, Gavilán Sediento, la voluntad del dios de las tormentas es mover la piedra y empinarla con el dolor de tus tendones y de tu carne porque no eres más que su sudor y sus orines. 

   El aprendiz, abrumado por el trabajo que le esperaba, se puso a pensar unos instantes en por qué podía querer el dios de las tormentas llevar aquella piedra puntiaguda a la aldea del brujo y empinarla y, al final, creyendo haber descubierto el verdadero motivo, le preguntó a León Centelleante: 

   -León Centelleante, ¿y cómo se le cayó el cacharro al dios de las tormentas?

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