22 de enero de 2013

Diez microrrelatos para no usar mal la inteligencia (II)

A Isabela Dávila

   El capitán del barco, Arthur Flake, no se preocupaba más que de mantener la disciplina de la tripulación con el mayor de los rigores. No importaba que al cabo de un tiempo se diera cuenta de que una de sus órdenes carecía de sentido y había dejado de ser oportuna; antes muerto que reconocer un error y caer en el descrédito, pensaba. Hacía trabajar a sus hombres con la dureza con que trabajaban los esclavos y, de hecho, había alguno de ellos en el barco. Su navío se dedicaba a la pesca y salazón y, sus hombres sabían que, hasta que el barco no estuviera lleno hasta los topes de pescado, no se regresaba a tierra.

   Una mañana de 1805, con el barco ya a media carga, amaneció nublado y con marejada. A media tarde se formó una tempestad y el viento huracanado amenazaba con volcar el barco. El capitán entendió que la carga del pescado podía hacer hundirse el navío en aquellas condiciones y ordenó echarlo todo por la borda. 

   A los diez minutos de emplearse toda la tripulación excepto el capitán en echar el pescado por babor y por estribor, la tormenta amainó y, en cuestión de pocos minutos más, llegó la calma total. El contramaestre se dirigió entonces hacia donde estaba el capitán exhibiendo una sonrisa y le dijo: 

   -¡Gracias a Dios, capitán! Se ha salvado la mayor parte de la carga.

   -¿Quién dice eso, contramaestre? -dijo el capitán, con aspereza-. Cuando yo doy una orden, hay que cumplirla... ¡Hasta el final! ¡Tiren por la borda todo el pescado que hay en el barco! ¡Sin que quede un miserable resto!

   -Pero, capitán Flake...

   -¡¡Es una orden, por todos los diablos!! -gritó con ira el capitán al contramaestre.

   El contramaestre se puso entonces el dedo en los labios en actitud pensativa y se dijo:

   -¿Todo el pescado... sin que quede un resto...? Ni colas, ni aletas, ni escamas... Escama se dice flake en la lengua que me enseñó mi abuela... 

   Y, como sus fuerzas eran proporcionalmente mucho más grandes que las del capitán Flake porque su corpulencia era tres veces mayor, le agarró del cinturón y de una pierna y lo lanzó por la popa del barco para disgusto del pobre hombre.

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