23 de enero de 2013

Conforme al reglamento

     La oficina local de la CNMM, Confederación Nacional de Marujas y Marujos, estaba casi vacía a aquellas horas de la mañana porque retransmitían una boda real. Cuando le tocó el turno a Josefina Ruíz, acudió muy apurada a la mesa correspondiente.
     -¿Qué deseaba? -preguntó la encargada de la mesa.
     -Mire usted, quería renovarme el permiso para hablar de la vida privada de los demás -contestó Josefina.
     -¿Cuántos años tiene?
     -Veintiocho
     -¿Me da su DNI, por favor?
     -Sí -respondió Josefina y, tras sacar su monedero del bolso y extraer de él su DNI, se lo entregó.
     La encargada de la mesa anotó el número y los demás datos y, a continuación, dijo:
     -¿Está casada?    
     -Sí -dijo Josefina
     -¿Cuántos hijos tiene?
     -Tres. Dos niños y una niña -contestó Josefina.
     -¿Se lleva bien con su marido?
     -¡Qué va! Me engaña con otra.
   -Me... engaña... con otra... -repitió en voz baja la encargada mientras anotaba la respuesta en el formulario.
     -¿Tiene usted amantes?
     -Me lo estoy pensando...
     -¿A usted cómo le gusta la tortilla de patatas, poco hecha o muy hecha?
     -Poco hecha y con cebolla y champiñones.
     -...champiñones -dijo la encargada mientras apuntaba-. ¿Y las manchas de carmín con qué las quita?
     -Con vinagre, me va estupendo gracias a Dios... que lo remedia todo.
     -Amén... -dijo la encargada de la mesa y, a continuación, preguntó:- ¿Ve la telenovela de la sobremesa?
     -¡Sí...! No paro de llorar cuando veo lo que hace la mala.
     -Es que a la mala tendrían que darle un escarmiento bueno -dijo la encargada quitándose las gafas y parando de escribir-. No se puede ser tan odiosa.
     -Yo estoy deseando que encuentre la horma de su zapato -dijo Josefina.
     -¡Ay, pero la buena, qué pena me da, Señor mío! -dijo la responsable de la mesa vecina.
     -Deja, deja, Marta, no te obsesiones con tu trabajo -dijo la otra-. Atiende a lo tuyo que de esta mujer me encargo yo.
     -¡Ay, cómo estás hoy, chica! -dijo Marta.
     -Bueno, Josefina -dijo la encargada suspirando- creo que es apta para obtener el permiso pero esto no lo tengo que decir yo sino la secretaria provincial.
     -¿Y es difícil pasar el visto bueno?
     -No se preocupe, conozco a una mujer, la Antonia del Mochuelo, que ha ido a la universidad y tiene dos galones en el uniforme marujo y cuatro medallas a la resignación.
     Josefina sonrió con satisfacción y dijo:
    -¡Ay, pues ojalá me renueven el permiso! Porque, si le digo la verdad, si no hablo sobre los asuntos de los demás, no soy nadie... -y remató, como asombrada de su misma forma de ser:- pero es que nadie.
     -Sí, en España es lo que hay -dijo la encargada-. A todos nos encantan los asuntos ajenos.
     -¿No me hace falta ningún trámite más? -preguntó Josefina-. Me he dejado la colada a medio tender para venir aquí y me voy a perder la boda real pero lo primero es lo primero.
     -No, dentro de quince días le enviarán la notificación del dictamen y, si es positivo, nos lo trae aquí para solicitar la tarjeta electrónica.
     Josefina abandonó la oficina modestamente encogida. Pero, como acostumbraba, cuando sentía que alguien le iba a adelantar por la acera sacaba el codo para no dejarle pasar. Era una de esas pequeñas cosas que le permitían estar bien consigo misma.

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