14 de enero de 2013

Bobo

   El presidente de la multinacional Bobo compró, a sus sesenta y seis años, una mansión con doscientas habitaciones que solo habitaba dos semanas al año, las dos últimas de julio. Esa finca no había formado nunca parte de los sueños que impulsaran las ambiciones del presidente de Bobo. Simplemente la había comprado porque le llegaba el dinero.

   No se sueña con algo tan desproporcionado; las fantasías son sencillas porque pertenecen a la intimidad más rigurosa y no han de adquirir la sofisticación de las cosas que aparecen en sociedad. En realidad la capacidad de soñar de un ambicioso hombre de negocios es muy limitada. Si es capaz de ganar tanto dinero es porque apenas tolera el ejercicio de la introspección y solo es capaz de volverse sobre sí mismo un breve lapso de tiempo por día, a veces cinco únicos minutos.

   Esa es la clase de personas en cuyas manos está el mundo hoy día, humanos que se han desprendido de su identidad personal e incluso de una razón para hacer lo que hacen pero que, dada su condición de autómatas, repiten eficaz e incansablemente el movimiento que les hace ascender y acumular riqueza más allá del límite en el que deja de ser algo provechoso y empieza a ser auténtica basura, que, como es sabido, es la predilección de todo aquel que está afectado por el síndrome de Diógenes.

   Así era el presidente de Bobo, un hombre con un alma fría, insolente y autoritaria pero tan insustancial e impersonal como la montaña de basura que su marca producía cada día con los envases vacíos de sus productos. Una cabeza tan hueca como la de una gallina pero entregada tan de lleno a su tarea de acumular beneficios comerciales que apenas se notaba en él que careciera de algo tan importante como el sentido común.

   El tercer año después de comprar aquella mansión, el presidente de Bobo, sintió que la casa era pequeña y decidió que había que añadirle cien habitaciones más. Llamó a un arquitecto y le pidió que hiciera crecer a la casa con otras cien habitaciones, sin importar a qué estuvieran dedicadas, el caso era que la casa fuera más grande.

   -¿Quiere usted decir que puedo repetir el mismo modelo de habitación cada una de las cien veces o dedicarlas a la cría de animales? -preguntó el arquitecto.

   -¿Hay algo de peculiar en ello? -dijo, por pura jactancia, el presidente de Bobo.

   El arquitecto era miembro de la corriente del arte conceptual, arte en el que predomina el pensamiento sobre la forma. En el caso de este artista, cuando se observaba una obra suya predominaba, en efecto, el pensamiento sobre la forma y, dentro del pensamiento, en lo que más se pensaba era en el ego de dicho arquitecto.

   El presidente de Bobo, confiado en la fama notable del artista, entregó en sus manos toda la responsabilidad de la ampliación sin siquiera preocuparse de supervisar el proyecto. Pero, cuando recibió la factura de los gastos totales de las obras, se le cayó la mandíbula inferior por la sorpresa pues era más de lo que le habría gustado pagar.

   El arquitecto había adornado con diamantes los grifos de los cien cuartos de baño que había construido.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Gracias por su comentario