10 de enero de 2013

A la luz de la luna

   Sebastián se paraba muchas veces a pensar mirando a la luna en el portal de su casa mientras su madre preparaba la cena. Las duras faenas del campo tenían su compensación en esos momentos de reflexión  y descanso nocturnos, presididos por el astro de los soñadores. Por muy frío que fuera el día, si no llovía o hacía un viento enfurecido, él se sentaba en el portal de su casa, que lindaba con parcelas de cultivo, y se complacía en entregarse a reflexiones sobre lo divino y lo humano. 

   Un día, se dijo: "¡Pero qué bonitas son las mujeres! ¡Qué agradable sería conocer a una de esas chicas tan hermosas y ser para ella alguien especial! ¿Dónde estarán las chicas más hermosas del mundo? El otro día, vi en la tele una mujer muy guapa y era suiza. Seguro que es en Suiza donde las mujeres son más guapas."

   Al día siguiente fue a hacerse un pasaporte para viajar a Suiza. Una vez en Suiza, paseó el primer día por las calles de Berna y vio muchas mujeres. Cuando se tropezó con la primera chica que le pareció de verdad bonita, como iba en dirección contraria a él, cambió de rumbo y comenzó a seguir sus pasos. Vio que entraba en un café y se sentaba en una mesa y él, con completa tranquilidad, se sentó a su lado y comenzó a mirarla de hito en hito.

   Ella dijo algo en un idioma que no conocía y entonces él respondió:

   -No te entiendo, mujer bonita, y es una pena porque quisiera decirte lo preciosa que me pareces.

   Ella entendió estas palabras porque hablaba español y dijo:

   -No entiendo por qué quieres decirme que soy preciosa. No nos conocemos de nada.

   Sebastián dijo:

   -De la misma forma que, cuando me golpeo trabajando en el campo, me sale un grito de dolor, cuando he visto tus ojos y tus labios y tu figura graciosa, de dentro me salía decirte a ti lo que me hiere tu hermosura por si estás acostumbrada a que te pase esto con la gente y tienes algún remedio.

   -Eres muy galante, español. ¿Cómo te llamas? -dijo ella.

   -Yo me llamo Sebastián y tú te debes llamar Belén o Anabel o Isabel porque las mujeres tan guapas como tú suelen levar un "bel" en su nombre.

   -No, me llamo Ingrid.

   -Ingrid, quiero que seamos novios porque, eres tan bonita que, si ahora me despido de ti para siempre, me ahogará la pena.

   -No tenemos que ser novios para seguir viéndonos -dijo Ingrid-. Podemos ser amigos.

   Sebastián buscó un empleo y, cada vez que salía del trabajo, iba a casa de Ingrid a contemplarla y a decirle que la amaba. Ella le ponía un café o algún licor y disfrutaba oyéndole enfatizar su belleza con las más peregrinas metáforas.

   -Ingrid, cuando las espigas maduran y el sol las seca -le dijo una vez-, si las presionamos y frotamos con las dos manos, los granos se separan de su cáscara. Hay belleza en la espiga pero solo nos sirve el grano. Tú, en cambio, también eres bella pero mi corazón te necesita entera, no quiero solo tus granos sino también la cáscara, también el largo y hueco tallo, también los pelos de la espiga...

   Ingrid acabó enamorándose de Sebastián y se casaron. Ambos viajaron al pueblo de origen de Sebastián para que Ingrid conociera a sus padres durante las vacaciones y, una de las noches, sentados ambos en el portal de casa mientras la madre de Sebastián preparaba la cena, contemplaban la luna mientras hablaban.

   -Ingrid, las labores del campo son sencillas -decía Sebastián- y también conseguir tu amor ha sido sencillo. La vida no es difícil, lo difícil es conseguir más de lo que necesitamos.

   -Me has conquistado muy sencillo, Sebastián, te doy la razón. No has tenido que hacer más que alcanzar la luna.

   Sebastián calló durante medio minuto y dijo luego: 

   -Bueno, hablando honestamente, lo sencillo de verdad habría sido casarme con la Eufrasia. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.