31 de enero de 2013

Un deporte sano

     Jaime no jugaba al fútbol cuando salían al patio, prefería ir con los que se entretenían conversando. Un día surgió el tema del sexo y todos sus compañeros hablaron abiertamente de sus experiencias, pues, pese a no pasar ninguno de los diecisiete años, todos ellos, según aseguraban, se habían iniciado ya en las prácticas de la virilidad. Jaime, sin embargo, estaba callado, más aún de lo que era costumbre en él, y para su consternación, los otros no dejaron de advertirlo. Cuando uno de ellos hizo un comentario sobre el silencio de Jaime, todos le animaron a que hablara de su vida sexual y contara cómo fue su primer encuentro preferiblemente al más reciente para que fuera más divertida la historia, pues, la primera vez, la inexperiencia es causa de malentendidos muy graciosos.
     Jaime, que era honesto y creía su obligación decir la verdad en los casos en los que para no decirla hubiera de mentir, contestó:
     -No os puedo contar ni el primero ni el más reciente porque la verdad es que aún no he tenido ninguno.
     -Jaime, no puedes pretender ser virgen toda la vida -dijo el que más memoria tenía y manejaba más datos académicos que nadie-. Tienes que practicar el sexo y no reprimirlo o tendrás cualquier día de estos una neurosis. La sexualidad es un deporte sano que te da equilibrio y estabilidad emocional, es estimulante y destensa los nervios. A veces, me siento como triste, como con morriña, y sé que es porque me hace falta sexo, de modo que le pregunto a mi chica cuándo tiene la casa libre y me voy a echar un quiqui con ella cuando ella me dice.
     -Jaime, no se hable más -dijo Damián, el más responsable de los jóvenes, que era hijo de un profesor de aquel instituto-. Yo te presento a mi prima Alicia, que es muy liberal para estas cosas y suele prestarse a ellas, lo haces con ella un par de noches, sin compromiso de ningún tipo, y ya sales de eso.
     Jaime tragó saliva ante aquella perspectiva abierta ante él en aquel momento, al sentir un asomo de inquietud pero supuso que era un plan excelente y dio su conformidad.
     Damián le dijo el lugar y la hora en la que se encontrarían esa tarde para que le presentara a su prima Alicia, cuya belleza y poderío sexual ponderó muy encarecidamente.
     Tan en serio se tomó lo de su iniciación en la virilidad que ese mismo día, aunque no había fumado en su vida, se compró una cajetilla de tabaco y estuvo tosiendo y fumando un cigarrillo tras otro mientras esperaba a Alicia y Damián en la terraza de un bar. Pero, quizá para su alivio, ninguno de los dos apareció por allí a la hora convenida ni mucho más tarde.
     Al día siguiente, en los pasillos del instituto, se acercó a Damián y le preguntó:
     -¿Qué pasó con tu prima?
     -¿Qué prima? -respondió Damián.
     -La que se iba a acostar conmigo -dijo Jaime.
     -Ah... -dijo Damián y luego pareció que dudaba qué respuesta darle pero al final dijo:- Me dijo que ahora mismo no puede ser y que lo dejes, si te parece, para dentro de un par de meses porque, en estos momentos, está a punto de dar a luz.

30 de enero de 2013

Diez microrrelatos para no usar mal la inteligencia (X)

A Isabela Dávila

   -¿Carecemos los humanos de instinto afectivo? ¿Podrían educarnos para vivir en un mundo perfecto pero sin sentimientos? -preguntó a su compañero médico un escalador contemplando el valle desde el pico montañoso que acababan de conquistar.

   -Ya lo han hecho -respondió el compañero-. El mundo en que vivimos ha olvidado los sentimientos, nos movemos por intereses triviales pero eso no significa que hayamos nacido sin un instinto para amar.

   -¿Y cómo explicas que todos estén tan felices pese a que ese instinto no se satisfaga?

   -No somos felices, solo conocemos una mezquina forma de satisfacción que debemos al disfrute de comodidades y elementos que nos transmiten una falsa sensación de inmortalidad pero la auténtica felicidad, la razón de ser que mueve nuestro corazón, eso ha volado de nuestro mundo. La gente aguanta porque su inteligencia les enfría los sentimientos. El enésimo libro que leen sobre cómo hacerse rico en un año o el enésimo programa de televisión que ven donde se ensalzan los caminos más tópicos del éxito personal acaba por aletargar cualquiera de sus ansias de amor, libertad e individualidad.

   -¿Quién ha tenido la culpa de esto?

   El médico miró hacia el oeste, donde se estaba ocultando el sol, y calló unos instantes. Luego respondió: 

   -El inventor del fuego, Gonzalo.

29 de enero de 2013

Diez microrrelatos para no usar mal la inteligencia (IX)

A Isabela Dávila

   El obispo clamaba en el púlpito con energía el día de la fiesta patronal. El alcalde y demás autoridades ocupaban los asientos de primera fila.

   -Advirtió Jesús contra los fornicadores, contra los perezosos, contra los glotones y bebedores... -decía el obispo-. Pero meditemos un momento: ¿por qué contra estos? ¿Qué tiene de malo fornicar, no hacer nada o comer y beber si es lo que le gusta a todo el mundo? Pues, hermanos, la respuesta es que la inextricable voluntad del Señor ha hecho al hombre de carne siendo un material este del que abomina. ¿Qué más bello misterio habría que este si no existiera ese otro tan profundo y lleno de significado para todo el mundo del nacimiento virginal del hijo de Dios?

   Entonces, el concejal de urbanismo acercó su boca al oído del alcalde y le dijo en voz baja: 

   -Dios lleva sus cuentas como nosotros. Es la única manera de que todos obedezcan más o menos contentos.

   -O de fastidiarlos a todos -dijo el alcalde con un risita jactanciosa pero desganada porque las encuestas iban fatal.

28 de enero de 2013

Diez microrrelatos para no usar mal la inteligencia (VIII)

A Isabela Dávila

   Juan Botello regañó muy duramente a su hija de cinco años porque se le cayó al suelo el plato de la comida. La niña, que nunca había visto así a su padre, lloró mucho por ello. Él, comprendiendo que la había tratado injusta y cruelmente, estuvo toda la tarde triste, lleno de compasión por la niña. Aún así, le embargaban graves remordimientos; el pobre Juan creía, pese a la angustia que sentía por lo que le había hecho a su hija, que la crueldad que había usado con ella era producto de una marca indeleble de maldad que había grabado en su corazón su predisposición al hedonismo. 

   Cuanto más le remordía la conciencia, menos percibía su propia angustia y más culpaba a su naturaleza hedonista de su mala acción. Al día siguiente, su hijo de tres años rompió una copa, pensó que al niño le había causado placer romperla y le dio un cachete para que atenuara su predisposición al hedonismo. El llanto del niño fue un poco más fuerte y prolongado que el de la niña del día anterior pero, esta vez, Juan Botello no se compadeció en absoluto.

27 de enero de 2013

Diez microrrelatos para no usar mal la inteligencia (VII)

A Isabela Dávila

   El juez instructor esperaba en la sala de interrogatorios junto a su secretario la llegada de un parricida que había matado a su anciana madre y a su hijo de dos meses. 

   -¡Virgen santa -dijo el secretario-, no es de poca monta el monstruo con el que nos las tenemos que ver ahora!

   -Sí, debe ser una persona que hace siempre lo que le gusta -dijo el juez, que en ese momento estaba pensando que le gustaría cambiar a su esposa por la última edición de la Enciclopedia Británica. 

   -Un hombre de bajos instintos -dijo el secretario. 

   -Sí, nos dará una explicación cualquiera a sus asesinatos pero lo debe haber hecho porque se lo mandaba el cuerpo -dijo el juez a quien el cuerpo le mandaba beberse una copa de brandy y fumarse un puro y estaba tan ansioso que se habría comido a mordiscos el lápiz del secretario.

   -Ante esto se cuestiona uno muchas cosas -dijo el secretario-. ¿Los hombres no seremos bestias que son amansadas con el aprendizaje de comportamientos pacíficos? 

   -¡Lobos, amigo, somos lobos convertidos en inocentes perritos a base de enseñarnos lo que está bien y lo que está mal!

   De pronto, oyen la voz arrogante e imponente de alguien que se asomaba desde detrás de la puerta.

   -¿Puedo pasar, señores? 

   -¡Adelante! -exclamó el juez, quien, al ver que el hombre que entraba vestía de negro y llevaba un alzacuellos, dijo:- ¿Qué se le ofrece, padre?

   -¿Cómo que qué se me ofrece? -dijo el sacerdote con tono muy áspero-. Oiga, ¿estresado que vengo de estar dos días en prisión y con bromas a un servidor de Dios...? ¿Y por qué no me han traído a un confesor franciscano? ¡Les he pedido un confesor franciscano y no dominico, malditos sean todos los diablos! 

   -Calma, calma y respete a la autoridad; alivie ese estrés, no se obligue tanto -dijo el juez, que comprendió que estaba hablando con el parricida.

26 de enero de 2013

La novela de Lampredi

     Giuliano Lampredi, sesudo y laborioso escritor, estaba embarcado en la redacción de una novela histórica muy minuciosamente documentada. Puso su más pronunciado interés en respetar la auténtica cronología de los sucesos históricos narrados, colocando al principio de cada capítulo, entre paréntesis, los años concretos en los que transcurría la acción. 
     Sus descripciones geográficas, donde incluía datos geológicos, biológicos y demográficos de gran erudición, aspiraban a cautivar a los lectores a base de abrumarlos. Los detalles que incluía en su novela sobre la vida cotidiana de aquella época estaban sólidamente probados en las obras de los más afamados historiadores de la Sorbona o de las Universidades de Oxford, Harvard o Cambridge. Las biografías de los personajes centrales le habían ocupado el tiempo de lectura de largos meses, en que había tomado notas meticulosamente para no desviarse de la personalidad y hechos auténticos de estas celebridades a la hora de caracterizarlas en su volumen... 
     Deseaba que el realismo de su novela no fuera inferior al peso físico del volumen que quería entregar a sus lectores, que, de haberse escrito en tiempo de los fenicios, habría necesitado tantas tablillas de barro cocido como para construir un cobertizo para un camello, si hay que hacer una comparación comprensible. De modo que a Lampredi no se le cocía el pan cuando encontraba una pequeña laguna en sus conocimientos del pasado.
     La novela aspiraba a ser una gran historia de amor. En concordancia con el rigor histórico de la ambientación, la caracterización y los hechos, Lampredi, que era un católico formado en un colegio de franciscanos, quería hacer un retrato del amor con una gran apariencia de verosimilitud y, en la página trescientos treinta y seis, cuando el príncipe de la novela ve por primera vez a la princesa, con la falta de sutileza propia de quien sabe mucho de todo y respeta mucho la letra pero tiene cerrado el corazón al afecto, no supo indicar mejor el interés amoroso del príncipe por la princesa que hablando de la erección que le provocó la turgencia de los senos de la muchacha. 
     Lampredi había aprendido en la escuela que es a Dios a quien hay que amar y que un exceso de afecto por otro ser humano es una sobrevaloración de las cosas de este mundo, por lo que únicamente la atracción demoníaca de la carne podía explicar que a un ser humano le cautivara otro. De hecho, él no tenía amigos demasiado importantes y su esposa no recibía de él más que un trato frío y despectivo de académico acartonado con el carácter agriado por los sinsabores de la competencia feroz que existía en el mundo literario y editorial.
     Con este inicio de las relaciones entre aquellas dos personalidades egregias, existía el peligro de que las dos mil páginas restantes que pensaba escribir se convirtieran en una exhibición pornográfica que aumentara la intensidad de su obscenidad a medida que avanzaba la novela pues otra manera no existe de mantener despierto el interés del lector que decir algo novedoso en cada nueva página. Pero Lampredi no veía ninguna posibilidad de escribir una historia de amor verosímil más que hablando de erecciones y turgencias.
     Este problema le mantuvo muy caviloso y estuvo mucho tiempo inmovilizado en la página trescientos treinta y seis, hasta que, un día, casi sin darse cuenta, se puso a imaginarse qué podía ser eso del amor de que hablaban tantos poetas locos y que él consideraba tan pernicioso y fuera de lugar como una mancha en la sotana de un sacerdote.
     -El amor... -se dijo-. ¿Qué podrá ser eso? ¿Hacer castillos en el aire? Menudo embrollo... Yo quiero a mi esposa, la llevo al cine y al teatro, le he llegado a regalar joyas, bastante caras por cierto, siempre que estoy en casa, como con ella y no me sienta mal la comida por hacerlo... Pero nunca le escribiría un poema. ¿Qué tiene mi esposa de especial para meterla entre versos? No creo que le llegue ni a la pantorrilla a Aquiles o a Ulises. Es cierto que tiene algo de sangre de alcurnia, es descendiente de Mazzini. Pero yo la cambiaría ahora mismo por la chica rubia que vi en la sala donde di la conferencia la semana pasada. Esa mujer consiguió ponerme muy caliente. Eso sí que es amor... el deseo de poseerla y acabar con su orgullo de hembra en una sucia cama de hotel. Eso sí despierta mis sentimientos verdaderos... Bueno, pues no se hable más: el príncipe tiene una erección cuando conoce a la princesa y, cuando empiece a cansar al lector con mis elegantes insinuaciones eróticas, que le empiece a regalar joyas.

Diez microrrelatos para no usar mal la inteligencia (VI)

A Isabela Dávila

   El fiscal extendía, con educada elegancia, la mantequilla sobre la tostada mientras decía:

   -Vivir es inmoral. Ya lo han dicho Nietzsche, Freud, Poe... La maldad y el egoísmo son propios de los seres vivos. Solo el hombre, influido por una cultura milenaria y armado de su pensamiento práctico, consigue el fenómeno cultural llamado bondad

   El abogado abrió el envase de la mermelada y la derramó sobre su tostada y, mientras la extendía por la superficie del pan, respondió: 

   -Si lo que dices fuera cierto, mi último cliente, condenado a 1000 años de prisión y que mató a su esposa el día de Navidad y la hizo trocitos para poder transportarla mejor, podría dar clases de bondad a tu hija de dos años.

25 de enero de 2013

Diez microrrelatos para no usar mal la inteligencia (V)

A Isabela Dávila

   Bèla, el zíngaro, estaba otra vez borracho y no dejaba de atizar con las riendas a su mula porque le parecía que tiraba del carromato con más lentitud de la que a él le venía en gana avanzar. Su mujer le cogió el brazo con el que aporreaba al animal mientras le gritaba: 

   -¡Deja a la mula, Bèla; la vas a matar! 

   Pero, cuando Bèla vio que su mujer no pensaba de la manera que a él le venía en gana pensar, con la misma fusta con que pegaba a la mula, comenzó a pegar a su mujer. Timea, la pequeña de 14 meses, comenzó a llorar porque vio que su madre gritaba. Con el sufrimiento de la paliza, la esposa de Bèla se desmayó. 

   Bèla, para reanimar a su esposa, cogió la garrafa del agua con la intención de derramársela por la cabeza pero, cuando comprobó que no quedaba ni una gota, detuvo a la mula y le dijo a su hijo mayor Ildikó: 

   -Corre al río por agua, que tengo sed. 

   -¡Ve tú! -dijo Ildikó, enfadado porque su padre había pegado a su madre. 

   Cuando Bèla vio que su hijo no quería ir al río como a él le venía en gana que fuera, le fue a dar con la fusta en la cara pero, en ese momento, le dio una parálisis en ese mismo brazo y se le cayó de las manos el arma. Cuando vio que su brazo no podía fustigar como a él le venía en gana hacer, con la otra mano empezó a darle palmetazos a su extremidad y, cuando vio que, aún así, esta no reaccionaba, puñetazos y más puñetazos hasta que se dio por vencido.

   -Ildikó, ve por un médico -dijo a su hijo mayor con voz desmayada.

   -Es inútil, padre, aunque le pegues con tu fusta, el médico no va a morir en tu lugar -contestó Ildikó casi en un susurro, con una fría expresión en su rostro. 

24 de enero de 2013

Diez microrrelatos para no usar mal la inteligencia (IV)

A Isabela Dávila

   El doctor Hurtado mostraba a sus alumnos en la sala de anatomía las partes del cerebro. 

   -Esta parte externa es el Neocortex -les decía señalando la capa más exterior del corte transversal de un cerebro humano-. Gracias a esto, los seres humanos tenemos aptitud para los comportamientos delicados, para las matemáticas, la ciencia, la política y cualquier cosa para la que utilicemos la inteligencia. Y lo de más abajo es el cerebro que hemos heredado de los reptiles, de un antepasado nuestro intermedio entre los dinosaurios y los mamíferos. A esto le debemos nuestros instintos más bárbaros. La violencia, la ira, la lujuria, el fanatismo... Cosas todas estas propias de los reptiles. 

   Ricardo Ortega, que estudiaba Medicina solo por obcecación de su padre, que quería que fuera el médico número catorce de la familia para redondear y conjurar el maleficio del trece, al escuchar estas palabras de Hurtado, dijo: 

   -Pues manda narices que, gracias a la inteligencia que nos da el Neocortex, tengamos con los cocodrilos la delicadeza de convertirlos en bolsos de señora.

23 de enero de 2013

Conforme al reglamento

     La oficina local de la CNMM, Confederación Nacional de Marujas y Marujos, estaba casi vacía a aquellas horas de la mañana porque retransmitían una boda real. Cuando le tocó el turno a Josefina Ruíz, acudió muy apurada a la mesa correspondiente.
     -¿Qué deseaba? -preguntó la encargada de la mesa.
     -Mire usted, quería renovarme el permiso para hablar de la vida privada de los demás -contestó Josefina.
     -¿Cuántos años tiene?
     -Veintiocho
     -¿Me da su DNI, por favor?
     -Sí -respondió Josefina y, tras sacar su monedero del bolso y extraer de él su DNI, se lo entregó.
     La encargada de la mesa anotó el número y los demás datos y, a continuación, dijo:
     -¿Está casada?    
     -Sí -dijo Josefina
     -¿Cuántos hijos tiene?
     -Tres. Dos niños y una niña -contestó Josefina.
     -¿Se lleva bien con su marido?
     -¡Qué va! Me engaña con otra.
   -Me... engaña... con otra... -repitió en voz baja la encargada mientras anotaba la respuesta en el formulario.
     -¿Tiene usted amantes?
     -Me lo estoy pensando...
     -¿A usted cómo le gusta la tortilla de patatas, poco hecha o muy hecha?
     -Poco hecha y con cebolla y champiñones.
     -...champiñones -dijo la encargada mientras apuntaba-. ¿Y las manchas de carmín con qué las quita?
     -Con vinagre, me va estupendo gracias a Dios... que lo remedia todo.
     -Amén... -dijo la encargada de la mesa y, a continuación, preguntó:- ¿Ve la telenovela de la sobremesa?
     -¡Sí...! No paro de llorar cuando veo lo que hace la mala.
     -Es que a la mala tendrían que darle un escarmiento bueno -dijo la encargada quitándose las gafas y parando de escribir-. No se puede ser tan odiosa.
     -Yo estoy deseando que encuentre la horma de su zapato -dijo Josefina.
     -¡Ay, pero la buena, qué pena me da, Señor mío! -dijo la responsable de la mesa vecina.
     -Deja, deja, Marta, no te obsesiones con tu trabajo -dijo la otra-. Atiende a lo tuyo que de esta mujer me encargo yo.
     -¡Ay, cómo estás hoy, chica! -dijo Marta.
     -Bueno, Josefina -dijo la encargada suspirando- creo que es apta para obtener el permiso pero esto no lo tengo que decir yo sino la secretaria provincial.
     -¿Y es difícil pasar el visto bueno?
     -No se preocupe, conozco a una mujer, la Antonia del Mochuelo, que ha ido a la universidad y tiene dos galones en el uniforme marujo y cuatro medallas a la resignación.
     Josefina sonrió con satisfacción y dijo:
    -¡Ay, pues ojalá me renueven el permiso! Porque, si le digo la verdad, si no hablo sobre los asuntos de los demás, no soy nadie... -y remató, como asombrada de su misma forma de ser:- pero es que nadie.
     -Sí, en España es lo que hay -dijo la encargada-. A todos nos encantan los asuntos ajenos.
     -¿No me hace falta ningún trámite más? -preguntó Josefina-. Me he dejado la colada a medio tender para venir aquí y me voy a perder la boda real pero lo primero es lo primero.
     -No, dentro de quince días le enviarán la notificación del dictamen y, si es positivo, nos lo trae aquí para solicitar la tarjeta electrónica.
     Josefina abandonó la oficina modestamente encogida. Pero, como acostumbraba, cuando sentía que alguien le iba a adelantar por la acera sacaba el codo para no dejarle pasar. Era una de esas pequeñas cosas que le permitían estar bien consigo misma.

Diez microrrelatos para no usar mal la inteligencia (III)

A Isabela Dávila

   El brujo, embutido bajo su manto de piel de león, estaba sentado en una piedra, cincuenta siglos antes de Jesucristo, con la cabellera del animal ocultando su calva cabeza, en la misma actitud que el pensador de Rodin. Su capricho era que la colosal roca de arenisca que tenía frente a él no estuviera ahí sino a 20 kilómetros, en su aldea natal, y que no estuviera caída en el suelo sino muy erecta apuntando hacia arriba como hacía a veces su pene cuando veía a las mujeres plantando semillas. Pero el dios de las tormentas no le concedía ese deseo por más que agitaba sobre la piedra su bastón de fresno.

   Tanto rato estuvo pensativo que dio una cabezada, el brazo en el que apoyaba su tronco resbaló de su pierna y cayó al suelo. En la caída, su mano movió una piedrecilla que cayó rodando por un terraplén. Entonces se miró la mano dolorida por el golpe y miró hacia la piedrecilla que todavía rodaba cuesta abajo. Entonces, su mente mágica se dijo que aquello era un mensaje del dios de las tormentas.

   Corrió al poblado, entró en el círculo de cabañas central y, a voz en grito, clamó:

   -¡¡Ayayayayayay!! ¡El dios de las tormentas me ha hablado!

   El jefe guerrero de la aldea dijo:

   -Dime qué te ha dicho el dios de las tormentas, León Centelleante.

   León Centelleante le mostró la mano en que había estado apoyada su cabeza minutos antes.

   -Esto es del dios de las tormentas. El dios de las tormentas quiere mover piedras con esto. Quiere mover la piedra gigante de junto al río y llevarla a mi aldea natal y empinarla como una verga -dijo.

   Tras decir esto, se quedó mirando al jefe guerrero para comprobar cómo encajaba sus sugerencias simbólicas; cuando vio que el jefe guerrero era presa del recogimiento piadoso, prosiguió:

   -El dios de las tormentas tiene cien manos y las tiene en esta aldea, busquemos esas manos para que pueda mover la piedra del río... -y acto seguido cantó su oración.

Sólo tu existes, 
dios de las tormentas; 
nosotros solo somos 
tu sudor y tu orín... 

   El jefe guerrero fue a llamar entonces a todos los habitantes del poblado.

   El aprendiz de brujo fue testigo de todo esto y le dijo a su maestro: 

   -León Centelleante, ¿estas manos que hay al extremo de mis brazos también son del dios de las tormentas? 

   -Sí -respondió sin vacilar el brujo.

   -¿Y el dios de las tormentas evitará toda mi fatiga? -preguntó el aprendiz.

   -No, Gavilán Sediento, la voluntad del dios de las tormentas es mover la piedra y empinarla con el dolor de tus tendones y de tu carne porque no eres más que su sudor y sus orines. 

   El aprendiz, abrumado por el trabajo que le esperaba, se puso a pensar unos instantes en por qué podía querer el dios de las tormentas llevar aquella piedra puntiaguda a la aldea del brujo y empinarla y, al final, creyendo haber descubierto el verdadero motivo, le preguntó a León Centelleante: 

   -León Centelleante, ¿y cómo se le cayó el cacharro al dios de las tormentas?

22 de enero de 2013

Diez microrrelatos para no usar mal la inteligencia (II)

A Isabela Dávila

   El capitán del barco, Arthur Flake, no se preocupaba más que de mantener la disciplina de la tripulación con el mayor de los rigores. No importaba que al cabo de un tiempo se diera cuenta de que una de sus órdenes carecía de sentido y había dejado de ser oportuna; antes muerto que reconocer un error y caer en el descrédito, pensaba. Hacía trabajar a sus hombres con la dureza con que trabajaban los esclavos y, de hecho, había alguno de ellos en el barco. Su navío se dedicaba a la pesca y salazón y, sus hombres sabían que, hasta que el barco no estuviera lleno hasta los topes de pescado, no se regresaba a tierra.

   Una mañana de 1805, con el barco ya a media carga, amaneció nublado y con marejada. A media tarde se formó una tempestad y el viento huracanado amenazaba con volcar el barco. El capitán entendió que la carga del pescado podía hacer hundirse el navío en aquellas condiciones y ordenó echarlo todo por la borda. 

   A los diez minutos de emplearse toda la tripulación excepto el capitán en echar el pescado por babor y por estribor, la tormenta amainó y, en cuestión de pocos minutos más, llegó la calma total. El contramaestre se dirigió entonces hacia donde estaba el capitán exhibiendo una sonrisa y le dijo: 

   -¡Gracias a Dios, capitán! Se ha salvado la mayor parte de la carga.

   -¿Quién dice eso, contramaestre? -dijo el capitán, con aspereza-. Cuando yo doy una orden, hay que cumplirla... ¡Hasta el final! ¡Tiren por la borda todo el pescado que hay en el barco! ¡Sin que quede un miserable resto!

   -Pero, capitán Flake...

   -¡¡Es una orden, por todos los diablos!! -gritó con ira el capitán al contramaestre.

   El contramaestre se puso entonces el dedo en los labios en actitud pensativa y se dijo:

   -¿Todo el pescado... sin que quede un resto...? Ni colas, ni aletas, ni escamas... Escama se dice flake en la lengua que me enseñó mi abuela... 

   Y, como sus fuerzas eran proporcionalmente mucho más grandes que las del capitán Flake porque su corpulencia era tres veces mayor, le agarró del cinturón y de una pierna y lo lanzó por la popa del barco para disgusto del pobre hombre.

21 de enero de 2013

Diez microrrelatos para no usar mal la inteligencia (I)

A Isabela Dávila

   -A ver, ¡¿está o no está el noventa y cuatro?! -dijo con irritación el funcionario de la mesa número tres.

   Un hombre apocado y tímido se abrió paso entre la multitud mientras gritaba:

   -Sí, sí, aquí...

   Mientras llegaba, decía el funcionario en voz alta:

   -¡Pues dese prisa, por Dios, que mire el gentío que hay hoy!

   El noventa y cuatro, temeroso del resultado de su negocio a la vista del mal carácter del funcionario, se puso aún más cohibido de lo que era y dijo: 

   -Perdóneme usted, es que, cuando estoy nervioso, me distraigo.

   -Bueno, bueno. Tampoco se ponga así. Yo no soy quién para perdonarle a usted; fíjese si no, fíjese con qué número más bonito ha venido.

   

20 de enero de 2013

Diez microrrelatos sobre la vida (X)

A Isabela Dávila

   El verdugo entró en la sala de ejecuciones con su maletín de doctor en la mano. Llevaba unas gafas de moda y una corbata muy bonita, según su opinión, regalo de su esposa Ashley. Quería brillar ante el público y exhibirse como ATS de prestigio que sabe hacer su trabajo con dedicación de profesional. 

   El reo era un médico que había suministrado inyecciones letales a decenas de pacientes terminales que le habían suplicado morir porque su cuerpo y su vida ya habían agotado toda la vitalidad que le permitía experimentar una mínima dosis de placer en seguir existiendo. Matar es un atentado contra la voluntad de Dios, había dicho el juez cuando dictó la sentencia. La verdad es que el juez estuvo algo deslucido en el acto de dictar sentencia porque el discurso que había escrito estaba lleno de tachones y, además, como era algo aficionado a la bebida, las líneas del texto se le entrecruzaban al leerlas. De aquello ya habían pasado siglos y el reo lo recordó con mucha tristeza durante todo su periodo de estancia en el corredor de la muerte. A decir verdad, no había entendido nada de lo que el juez había dicho, le había dado la impresión de que le hubieran condenado seres de otro planeta con un lenguaje para inteligencias con un soporte genético absolutamente diferente al de la suya. Solo entendió aquella frase, "matar es un atentado contra la voluntad de Dios".

   El verdugo sacó los útiles de su maletín de doctor y, antes de hacer los preparativos para suministrarle el veneno con la jeringuilla, posó, con afectada compasión en sus rasgos, su mano en el hombro del reo y le dijo: 

   -Todos dejamos este mundo un día u otro... Seguro que Dios ha perdonado todos tus pecados. Puedes ya morir en paz, querido amigo.

   -Creo que no va a ser así -dijo el reo-. No sé lo que dictará el juicio de Dios pero ni mi cuerpo ni mi alma desean el final en este momento.

   El ATS respiró hondo y dijo:

   -Dios quiere que este sea el momento, resígnate hermano.

   -Pero ¿cómo puede querer Dios que me asesines si prohibió matar a los hombres? -replicó el reo con dolorida perplejidad porque no podía reprimir la manifestación de sus pensamientos, a pesar de la gravedad de su circunstancia. 

   El verdugo empezó a ponerse nervioso, veía que su papel estaba adquiriendo carácter de consejero espiritual cuando él no estaba acostumbrado a hablar tanto con sus pacientes. Él se limitaba, en la mayoría de los casos, a preguntar qué lado del trasero tocaba aquella semana y, a lo sumo, contaba el último chiste malo que le había oído al vecino para animar al enfermo que, casi en la mayoría de los casos, estallaba en risas. Aún se acordaba con orgullo de cómo a la vieja Sarah se le cayó la dentadura con uno de sus chascarrillos.

   -Tú has asesinado antes a otros hombres, es lo justo -respondió el verdugo al final al encontrar un argumento que calmaba incluso su conciencia por lo que estaba a punto de hacer.

   -Entonces todo se reduce a un juego. Si se hace después, es justo pero, si se hace antes, es pecado...

   Al ATS, por los nervios, se le cayó la aguja y, por deformación profesional, tomó otra que no hubiera cogido los gérmenes del suelo.

   -La ley de los hombres deriva de la de Dios -dijo el verdugo mientras sacaba el veneno de la ampolla al acordarse de algo que aprendió en la escuela -. El Estado mata por voluntad de Dios.

   -¿Pero por qué sabes que es voluntad de Dios? -dijo el reo con infantil impaciencia-. Si lo fuera, ¿no sería Él suficientemente poderoso para acabar con mi vida por sí solo?

   El ATS, lleno de ansiedad, sacó el viento de la jeringuilla y, con él, media dosis del veneno por el temblor de las manos y se dirigió hacia el reo mientras respondía, tras brotar en medio de su caos mental la frase bíblica:

   -"No tentarás al Señor tu Dios..." Los hombres somos instrumentos de la mano del Señor, obligar a Dios a manifestar su poder en los asuntos humanos es un sacrilegio. 

   -¡Un sacrilegio! -exclamó el reo-. ¿Y no es eso lo que hace todo el mundo cuando reza pidiendo su ayuda? ¿No es eso lo que busca cualquier cristiano cuando cumple con sus mandamientos?

   -No sé lo que contestar a eso -dijo el ATS con un hilillo de voz-. Hay que obedecer las leyes -y, llevado por la profunda confusión y agitación que le producía la presión moral del reo, le salieron, a continuación, las palabras que durante tantos años de trabajo había pronunciado cada vez que iba a poner una inyección:- ¿Qué lado, derecho o izquierdo?

   -Pero las leyes las hacen los hombres. ¿Por qué tengo yo que obedecer a otro hombre? -dijo el reo con lágrimas en los ojos y a voz en grito-. ¿Por qué obedeces tú? ¿Por qué dictan leyes contra la libertad en el país más libre del mundo? ¡Las leyes no son para reprimir y obedecer sino para permitir la vida!...

   El verdugo sintió tanta angustia y le temblaban tanto todos sus miembros que, sin inyectar al reo la sustancia letal y dejando en la sala de ejecuciones su maletín de doctor, salió fuera y dijo al alcaide que no podía cumplir su misión.

19 de enero de 2013

Diez microrrelatos sobre la vida (IX)

A Isi Dávila

   Hace cincuenta siglos, cuando los humanos empezaron a perder las esperanzas de que su especie sobreviviera cien años más debido a la larva de los huesos, la adoración al Padre Que Nos Come El Cráneo se generalizó hasta el punto de convertirse en una religión universal.

   Llegó un momento en que parecía que la Humanidad llegaba a su fin y lo hacía encumbrando a un gusano divinizado y humillándose ante él.

   Pero, cuando algunos científicos, aunque abnegados adoradores del Padre Que Nos Come El Cráneo, descubrieron que solo se libraban del contagio de la larva personas no adeptas a la nueva religión, reaccionaron con racionalidad ante este descubrimiento y decidieron investigar la causa de este fenómeno tan singular.

   Se estudiaron concienzudamente los beneficios para la larva de cada uno de los preceptos del Libro del Padre de las Larvas y finalmente se comprobó que un generoso derramamiento de lágrimas en algún episodio de la adolescencia, edad a la que se contraía la enfermedad, excretaba todos los huevos de la larva; sin embargo, los fieles de la nueva religión tenían prohibido el llanto.

18 de enero de 2013

Diez microrrelatos sobre la vida (VIII)

A Francisco Almarcha Martínez

   Aquella nueva muerte en el pueblo le volvió a llenar de pavor. Si no padeciera una leve paranoia desde su adolescencia, habría tomado ya la deliberación de alertar a las autoridades nacionales pero en sus circunstancias, ¿quién iba a tomar en serio sus observaciones concienzudas? No, era mejor esperar a que los demás se dieran cuenta también de lo que estaba sucediendo y que fuera otra persona de historial intelectual más limpio la que tomara la deliberación urgente de pedir socorro al gobierno, al Estado, a toda la Humanidad, porque lo que estaba ocurriendo era verdaderamente serio. 

   Era inequívoco, por otra parte. Desde el Mundial de Sudáfrica, un mundial en el extremo sur de un continente oscuro y desconocido para la mayoría, que por primera vez celebra la mayor fiesta del fútbol donde obtiene la victoria final un equipo, la Roja, que jamás había ganado antes... desde ese momento, en el pueblo en que vivía no dejaban de suceder muertes, una tras otra; un goteo continuado de decesos que, aparentemente, no guardaban relación entre sí pero cuya abundancia llenaba de sospecha su mente despierta y reflexiva.

   ¿Qué enfermedad había padecido con anterioridad, Bernardo Hernández? ¿Quién sospechaba que aquella leve enfermedad de los pulmones llevaría a Juan Villa a complicaciones tales de las que nunca salió? ¿Por qué Enriqueta Suarez se acostó completamente sana y amaneció muerta al día siguiente? ¿Qué hizo que murieran otros tres hombres que apenas pasaban de la cincuentena? Incluso el anciano Pedro Aguado, que todos admiraban por su salud de hierro y su longevidad, apareció muerto sobre su sillón con la televisión encendida. Macabro resultaba verle con la boca abierta, los ojos en blanco y el cuerpo erguido y rígido frente a la televisión, como si las frivolidades de Telecinco que, a la hora en que lo hallaron, aparecían en la pantalla fueran de interés para aquel habitante ya de ultratumba.

   Y había vuelto a suceder. Josefina Morente, su vecina de toda la vida, había sido sepultada el día anterior. Los escasos sobrinos y primos que le quedaban todavía fueron a su velatorio con caras de sorpresa. ¿Qué enfermedad padecía?, se preguntaban unos a otros. ¿Sabía alguien cómo había sido? No, nadie sabía cómo había sido. Algunos le conocían una enfermedad cardíaca leve pero, como era muy callada y vivía sola... quizá se le había agravado. ¡Falso! Él sabía que el corazón se paraba algún día y dejaba de funcionar para siempre pero su vecina no era de las que tendrían que haber caído si las cosas fueran por el derrotero que todo el mundo sabía que debían ir. No, su vecina no tenía que morir todavía, todavía no... Si había muerto era a consecuencia del Mundial de Sudáfrica.

   Y ahora estaba mirándose las manos cruzadas en la consulta del psiquiatra, haciendo círculos en el aire con los pulgares y tratando de explicarle el origen de su extremado horror y agitación.

   -Doctor Fernández, no le puedo ocultar durante más tiempo el origen de mi malestar. Confío en que mi capacidad para la elocuencia y la persuasión impida que tome la decisión de incrementarme la dosis del medicamento que ha asignado para el tratamiento de mi enfermedad en este momento en que el horror se ha adueñado de mi persona por causas totalmente ajenas a mi enfermedad. Si vengo pese a que considero que no ha empeorado mi trastorno mental es porque necesito hablar con alguien que no me tilde de loco al escuchar mis profundos temores y sospechas.

   -Magnífico, Joaquín -dijo el doctor-. Te escucho entonces. No temas por mí, yo jamás pensaría de ti que eres un loco, te conozco desde hace muchísimos años.

   -Bien, doctor, pues el caso es que he observado el inquietante fenómeno de que desde el Mundial de Sudáfrica, en mi pueblo se ha producido una epidemia de muertes; al menos cien han muerto desde entonces si no me fallan los cálculos y aún puede haber otras de las que yo no me haya enterado. La última víctima ha sido mi vecina.

   -¿De qué han muerto esas personas, Joaquín? -dijo el doctor.

   -Aparentemente de muerte natural.

   -¿Y cuando fue el Mundial de Sudáfrica? No me gustan los deportes.

   -En el 2010, en el verano.

   -No te preocupes, no es una epidemia ni nada por el estilo. Han muerto los que tenían que morir. Al fin y al cabo, en estos más de cincuenta años que han pasado desde el Mundial, tus paisanos han demostrado tener muy buena salud todos.

17 de enero de 2013

El meteorólogo

   Un meteorólogo, muy aficionado a leer, decidió hacer sus pinitos como crítico literario en una revista de provincias. Como criticaba los poemas y cuentos de los otros participantes en la publicación, alguien se enfadó y escribió este cuento: 

   Un día llegó en que la ciencia acabó con todo lo imprevisible. El arte perdió todos sus secretos. En aquel tiempo siempre amanecía soleado y todas las novelas eran Guerra Y Paz.

Diez microrrelatos sobre la vida (VII)

A Isi Dávila

   Hilario Frías tenía una frase para describirse: "Soy todo corazón". Con ella excusaba los atropellos que cometía contra la gente, cuando le conducía un impulso de hacer daño por puro disfrute de su crueldad o cuando, con una característica falta de escrúpulos, satisfacía sus particulares necesidades personales. Estaba convencido de que, cuanto más desenfrenada fuera la agresividad con la que trataba incluso a la gente más allegada y familiar, más disfrutaría de su vida y con mayor vitalidad se manifestaría su existencia. Algo, dentro de sí, le empujaba a enfrentarse constantemente con los demás, enzarzarse en conflictos de pundonor u orgullo, humillar a los demás por tener alguna característica peculiar, incluso llegar a la violencia física cuando su mayor fuente de placer, que era el alcohol, le nublaba las facultades y le permitía dejar aflorar libremente todo el peso de sus frustraciones.

   Era un hombre con el que no era muy agradable convivir ni tener una relación amistosa. Mostraba, sin embargo, su atracción hacia la gente que manifestaba un comportamiento ascético y sumiso. Para él eran loables excepciones a la perversidad humana que debían su alta virtud a contar con un corazón menos enérgico. Según él, de no ser tan abundantes los estúpidos, el mundo sería un paraíso y estaría formado por hombres llenos de ascetismo que serían felices sacrificando su vitalidad para permitir la supervivencia de la civilización. Pero, aunque eso era una utopía imposible, era admirable el talante de estos "hombres de fe", como él los llamaba, de los que ya quedaban pocos, según comentaba con hosquedad, porque la humanidad se había llenado de advenedizos en esto de la vitalidad, que, sin ser auténticos hombres de corazón como él, pretendían  ser los dueños y dominadores de los demás.

   El foro en el que mostraba en su mayor plenitud su modo de actuar en la vida era el bar de la esquina, al que iba a beber al acabar el trabajo en el taller. Allí la clientela habitual era testigo, según él pensaba, de la hombría de sus maneras y de su coraje, demostrando que era "todo corazón", un espíritu auténticamente libre. Allí solía exponer, con su habitual cinismo, sus opiniones contra los maricas, los moros o los cornudos, entre muchas otras víctimas de su verborrea alcohólica y ácida.

   Pero un día algo le enfrentó de manera crucial consigo mismo. Estaba de pie junto a la barra del bar gesticulando y golpeando sobre la madera con su puño, lleno de una amarga rabia que cuantos la observaban entendían que era desproporcionada y morbosa cuando, retrocediendo hacia atrás por la misma agitación interna que le hacía manifestar aquella ira, chocó con un obstáculo y cayó hacia atrás arrastrando con él el objeto con el que había tropezado. Una vez en el suelo, vio los gritos y la agitación de una mujer tocada con el pañuelo islámico y comprobó, acto seguido, que bajo su cuerpo había un cochecito de bebé. Se incorporó y vio cómo aquella mujer se precipitaba al suelo con gestos de desesperación a recoger un bebé que no lloraba.

   Su consternación fue grande y ya se iba a lanzar a socorrer al niño cuando, al ver que los demás le observaban, un temor repentino le hizo apartarse de la madre y del niño y volver a la barra esgrimiendo una sonrisa forzada.

   -Me da asco tocarlos, no lo puedo remediar... Yo soy todo corazón, que los ayuden otros.

   Un par de hombres se habían precipitado a coger al niño e intentar reanimarlo. De pronto, el niño rompió a llorar y la madre lanzó exclamaciones de alegría y lloró mientras acunaba al bebé en sus brazos. Junto a Hilario, había un cliente de los habituales, que se tomaba un café antes de ir a su trabajo, que era un turno de noche, y al oír lo que dijo, le lanzó estas palabras:

   -¿Todo corazón tú? Tú no tienes corazón, tú te manejas por el interés y haces cálculos de lo que te conviene. No tienes más que cabeza y las maldades que haces, que son muchas y las atribuyes a tu corazón, las haces porque eres un amargado que ha vuelto la espalda a la vida y lo único que puedes darles a los demás es la misma hiel que tú bebes a diario. Tú no eres más que un cobarde y tienes suerte de que la gente te tenga compasión y no te haya dado aún un escarmiento.

   Hilario agarró al que acababa de decir esto por la camisa lanzando un exabrupto pero el otro le dio un empujón gritándole:

   -¡Suéltame, aplastaniños!

   Hilario cayó al suelo y, viéndose derribado una vez más, mareado por el alcohol ingerido, sin capacidad de replicar nada a los argumentos del otro y avergonzado por el suceso del bebé, se incorporó, vacilante, y se dirigió cabizbajo a la salida.

16 de enero de 2013

El alumno de la Complutense

   Notó claramente que su hijo llevaba un cuarto de hora dando rodeos para hacerle una confesión. "Como se haya vuelto homosexual por ir a la Complutense, me lo traigo a la de Alicante pero volando, que me sale gratis el hospedaje", se dijo a sí mismo.

   Finalmente le dijo: 

   -Edu, me estás poniendo nervioso. Tú quieres decirme algo. ¿Qué has hecho? ¿Has dejado embarazada a una chica?

   -No, papá -dijo Edu-. Intentaba decirte de modo no traumático que ahora tengo ideología de izquierdas, o sea que, para mí, la política imperialista de Estados Unidos, el neoliberalismo y todas esas cosas son dignas de  condena y denuncia. 

   -¿Acaso quieres pasar hambre, energúmeno? -gritó su padre dando un puñetazo en la mesa, donde seguían sentados aunque ya habían terminado de cenar.

   -Padre -dijo Edu-, para que cada boca tenga qué comer en el mundo no hace falta destruir el ecosistema, convertir a la sociedad en un conjunto de seres jactanciosos, egoístas y con la cabeza llena de trivialidades o hacer del trabajo más duro el único horizonte visible en nuestras grises vidas solo porque anhelamos poseer una infinidad de objetos que en el fondo no nos son necesarios.

   Su padre estaba tan enojado escuchando aquellas palabras, que se le antojaban demagogia barata, que habría preferido que su hijo le estuviera hablando en aquellos instantes de una opción sexual peculiar. No habría recibido de su vástago varón un golpe mayor que aquel que le acababa de asestar aún si le hubiera sorprendido dando un movimiento oscilatorio a sus caderas al caminar.

   -Vamos a ver, hijo mío -dijo meciéndose el pelo blanquecino-, ¿quieres decir que crees que todos tenemos que ser iguales? Dime si crees en ese disparate. 

   -Materialmente hablando, sería un logro que no estaría mal... -respondió Edu.

   -¿Pero es que no te das cuenta de que hay personas que merecen más que otras? No merece lo mismo quien se sacrifica trabajando que quien es un haragán... -dijo el padre.

   -Dudo que nadie merezca la pobreza, papá -dijo Edu-, pero, si los perezosos la merecieran, muchos paladares dejarían de probar el caviar.

   -¡Edu, Edu...! -dijo el padre-. Tú te vienes a estudiar a Alicante, no se hable más.

Diez microrrelatos sobre la vida (VI)

A Nora Francucci

   No le faltaba inteligencia para ser coherente sino valentía. En la coherencia consigo mismo empezaría su libertad y el pleno desarrollo de su vitalidad pero, sencillamente, no tenía valor suficiente. Ni siquiera podía amoldarse a las características de su cobardía y consentir en vivir una vida empobrecida y ajena a toda emoción pues su temperamento era, al fin y al cabo, apasionado y lo esperaba todo de la vida.

   Su miedo no era en realidad el del tipo habitual en  la gente corriente. No temía al ridículo, ni a la opinión, ni a ver en riesgo su vida. Lo que temía era que sus emociones llegaran a la cima a la que en un momento dado habían dado indicios de comenzar a ascender.

   Si, por ejemplo, encontraba graciosa una broma de los amigos, al instante comenzaba a reír pero, en cuanto percibía que el placer rebasaba cierto nivel, un repentino miedo cortaba el flujo de la hilaridad y sus carcajadas se cortaban en seco. Sus amigos se daban cuenta y le preguntaban, al observar su súbita seriedad, si le había ofendido en algo la broma. Él no sabía qué contestar y aparecía ante todos como una persona difícil de comprender con reacciones inexplicables.

   Otras veces, tenía que salir del cine en medio de una película porque había empezado a sentir una compasión excesiva por algún personaje o una gran alegría le había empezado a embargar al identificarse con la fortuna del protagonista o el miedo mismo que le producía el desarrollo de la trama o el ambiente de la película había alcanzado un límite que ya no podía tolerar.

   Cuando contrajo matrimonio, tuvo su primer hijo, consiguió éxitos diversos en su trabajo, etc., etc., su modo de manifestarlo siempre acababa siendo moderado y decepcionante para los que tenía a su lado, que no comprendían por qué mostraba una indolencia tal y hasta incluso preocupación pese a que sabían que los acontecimientos eran los que él decía que más le satisfacían en la vida.

   Podría llamarse fobia, como eufemismo condescendiente procedente del mundo de la psicoterapia, de no ser porque era miedo en el más puro sentido de la palabra. No era una enfermedad, simplemente tenía horror a que su vitalidad se consumiera en el fuego mismo con que se manifestaba cuando alcanzaba su máxima plenitud. Era consciente de su propio temperamento apasionado y, en lo más hondo de sí, temía que esa pasión lo arrastrara hasta el cieno y lo humillara acabando así con su felicidad para siempre.

   En correspondencia con esta actitud, era un hombre que nunca protestaba ante los abusos de los demás. Cuando, por ejemplo, su trabajo era minusvalorado y su sueldo bajaba o se reducían sus vacaciones, él lo soportaba pacíficamente y no comprendía la indignación que por su jefe mostraba su mujer. El poder político apenas merecía una crítica medianamente dura de su boca. Ni siquiera los abusos y mezquindades de sus vecinos de piso tenían nunca su oposición ni en su más oculto interior. Es más, casi temía oír las críticas contra la mala gente, aun siendo redomados asesinos, pues, de alguna manera, sentía que también él estaba en peligro de caer víctima del odio de la sociedad. Al fin y al cabo, su corazón seguía vivo, era un apasionado.

   Pero una noche su esposa se quejó de un dolor en el vientre y, sin demora, fue con ella al hospital. Estaba muy inquieto por ella, no soportaba verla sufrir y quejarse de aquella manera pero los médicos no les atendían. Finalmente llegó un médico, la examinó durante un par de minutos y dijo:

   -No es nada, que se tome unos calmantes. Si, de todas formas, persistiera el dolor, vuelvan inmediatamente.

   Él sintió que sus emociones subían hasta llegar al límite en el que siempre se paraban y descendían de golpe pero esta vez las dejó seguir subiendo porque era la vida de su esposa la causa de esas emociones. Cuando ya habían rebasado la línea que él siempre se había prohibido un gran trecho, cogió al médico del brazo, que ya había dado media vuelta con una sonrisa no se sabía bien si de amabilidad o de sorna, y le dijo:

   -Oiga doctor, ¿cómo puede estar tan seguro de que mi esposa no tiene nada si usted mismo admite la posibilidad de que tengamos que volver a pesar del calmante? ¿Y desde cuando, señor mío, los calmantes curan la causa de un dolor? ¿Por qué sabe que solo tiene que tomar calmantes si no le ha hecho una radiografía ni le ha hecho una sola pregunta a mi esposa y ni siquiera ha tocado su vientre cuando la ha reconocido? ¿Quiere usted reírse de nosotros? ¿Le hemos parecido unos payasos? ¿Tiene usted idea de lo ridículo que me hace sentir su actitud irresponsable e indolente frente a nosotros, que hemos venido contra nuestro gusto por una simple razón de pura supervivencia? Doctor, si me deja que le sea sincero, creo que es usted un imbécil...

   El médico se volvió de frente, miró a su esposa, volvió a reconocerla y ordenó que le hicieran inmediatamente una radiografía. Esa misma noche su mujer fue operada de una grave apendicitis.

   A partir de entonces su vida empezó a salir del cerco. Una plenitud nunca sentida antes llenó su existencia. Había comprendido que todo, más allá y más acá del límite, era vida. Pero sin coraje y valor para vivir, no se vivía de verdad.

   El doctor, un mes después del incidente, cenó en su casa con su esposa ya plenamente restablecida.

   -Alberto, ahora que has compartido nuestra misma comida y nuestra misma mesa, te tengo que pedir disculpas por haberte llamado imbécil -le dijo al médico.

   -Llevaba aquel día quince horas seguidas trabajando y dos días sin dormir -dijo el doctor-. En el momento en el que me llamaste así, era eso precisamente lo que era, un imbécil.

15 de enero de 2013

Diez microrrelatos sobre la vida (V)

A Mónica Benítez Tarrés

   Paco Márquez, aunque era considerado un especialista en la obra de Shakespeare, apenas sabía inglés corriente y leía los libros del autor en el idioma original con ayuda de malos diccionarios y se puede decir que fantaseaba sobre el sentido real de las frases y metáforas en mayor medida que lo comprendía. Sus obras críticas eran muy valoradas y leídas. "La Figura del Dragón en la Obra Shakespeariana" o "Una Introducción a las Enseñanzas Alquímicas de Romeo Y Julieta" fueron sus dos obras más exitosas y populares. 

   Se pasaba las largas horas del día reclinado en su mesa leyendo sus libros en inglés, llenos de anotaciones para recordar su traducción, consultando los diccionarios descuadernados las tres cuartas partes del tiempo. En invierno no sabía lo que era el frío cuando estaba en su habitación en pleno trabajo aunque la calefacción hacía siglos que se le había averiado. En verano, si los mosquitos le picaban, apenas se movía para espantarlos y, si estaba a punto de desentrañar un significado oculto en alguna frase del genio inglés, incluso dejaba que el mosquito le sorbiera cuanto quisiera por no perder el hilo de sus razonamientos al darse el manotazo contra la parte de su cuerpo donde le picaba. 

   Era delgado como un alambre. Más que por hambre, comía por costumbre cultural. No tenía pareja ni conocía lo que era el sexo. Cuando caminaba por la calle, más que ver lo que pasaba a su alrededor, parecía que caminaba por una ciudad edificada en su mente. Muchas veces, iba hablando solo, dando retoques a sus especulaciones sobre Shakespeare. A veces se tropezaba con alguien y, tras cogerle de los hombros, le hacía apartarse a un lado, como si fuera un mueble extraño y fuera de lugar.

   Un día oyó un tremendo chirrido mientras cruzaba la calle, miró a un lado y se encontró, a unos centímetros de su cuerpo, el parachoques de un enorme autobús. El chirrido, lo supo después, era el frenazo del conductor del vehículo, que le maldecía desde su cabina porque había atravesado la calle sin apercibirse de su proximidad. Desde entonces, algo cambió en su vida. Se dio cuenta de que la muerte le podía sobrevenir en cualquier momento y su corazón dormía como si fuera a vivir eternamente. Estaba fuera del mundo, no había sentimientos en su vida; es más, la vida que llevaba no podía considerarse vida. El intelecto había invadido toda su mente y no había espacio más que para un sueño de la razón. 

   Entonces, miró hacia su corazón y sintió poco a poco más ternura. Ahora, cuando caminaba por la calle, veía a la gente con nuevos ojos. La chica delicada y de bellísima apariencia, que ojeaba un escaparate, el hombre viejo que se afanaba por avanzar por la acera apoyándose en su bastón y, sobre todo, los niños, los alegres niños llenos de vida que venían del colegio o iban a él, que mascaban chicle o reían sonoramente, que se empujaban unos a otros cuando iban en grupos o que andaban unidos amistosamente con los brazos al hombro... todo eso le llegaba al corazón, todo eso lo encontraba hermoso, todo eso le hacía sentirse vivo. Había un impulso por sobrevivir en todas esas imágenes que le transmitía emociones nuevas que nunca había experimentado.

   Entonces decidió dejar su carrera de erudito shakespiriano y dedicarse a escribir cuentos para niños. Fue una idea que iluminó su mente una noche de otoño, cuando empezó a sentir frío por primera vez en mucho tiempo. Se imaginó volviendo a la niñez por obra de su imaginación, escribiendo los cuentos más delirantes y divertidos de la historia para disfrute de los pequeños. Cogió todos los libros que había en su mesa, los metió en un rincón, agarró un paquete de folios y comenzó a escribir:

   Un hombre muy triste, que hacía un libro para matar los sentimientos, estaba un día inclinado, amargado y meditabundo sobre un papel, escribiendo mentiras que él mismo creía que hablaban de lo imposible de cualquier cosa que no estuviera en su libro cuando escuchó un "hola"

   
   -¿Hola? -se preguntó-. El hola no es posible. No está en mi libro... -y siguió escribiendo como si nada. 

   Pero al poco volvió a escuchar un "hola". 

   -¡Maldita sea! -se dijo-. !No es posible el hola, mi libro lo demuestra!  

   Pero, cuando levantó sus ojos del papel para gritar "silencio" a la nada vio un enorme dragón humeando por la boca y sonriendo.  

   -¿Se puede saber qué hace usted en mi estudio a estas horas de la noche infringiendo desvergonzadamente las leyes naturales claramente demostradas en mi libro? -dijo el hombre triste con un tono muy áspero.  

   El dragón se puso muy serio al oír estas palabras y, como era muy sensible y no le gustaba infringir ninguna norma, estuvo a punto de llorar y su cara hizo pucheritos. 

   El hombre serio, algo compadecido al ver que había herido los sentimientos a aquel error científico, le dijo a continuación: 

  -Bueno, bueno, no nos enfadaremos mucho hasta ver si usted cuadra o no cuadra con mi libro. Para empezar, ¿quién es usted? 

   El dragón se enjugó con los dedos palmeados de sus alas una lágrima y suspirando con desconsuelo dijo: 

   -Soy el dragón que aparece en todas las obras de Shakespeare, en el segundo acto, escena tercera...
   Esta obra para niños tan delirante no tenemos espacio suficiente para incluirla aquí en su integridad, y perdonen por esta infracción que acabo de cometer contra la ley de invisibilidad de los problemas del narrador en las historias. Pero, gracias a que la escribió poniendo todo su sentimiento, pudo ver que las verdades auténticas son las del corazón y que la inteligencia es como un dragón enorme que puede devorar muchas cosas con un solo bocado y, por eso, se le mezclan en el estómago sabores demasiado diferentes con la consiguiente acidez. La inteligencia llevada al extremo, concluyó finalmente Paco Márquez, desemboca en una locura que solo el arte puede curar.

14 de enero de 2013

Bobo

   El presidente de la multinacional Bobo compró, a sus sesenta y seis años, una mansión con doscientas habitaciones que solo habitaba dos semanas al año, las dos últimas de julio. Esa finca no había formado nunca parte de los sueños que impulsaran las ambiciones del presidente de Bobo. Simplemente la había comprado porque le llegaba el dinero.

   No se sueña con algo tan desproporcionado; las fantasías son sencillas porque pertenecen a la intimidad más rigurosa y no han de adquirir la sofisticación de las cosas que aparecen en sociedad. En realidad la capacidad de soñar de un ambicioso hombre de negocios es muy limitada. Si es capaz de ganar tanto dinero es porque apenas tolera el ejercicio de la introspección y solo es capaz de volverse sobre sí mismo un breve lapso de tiempo por día, a veces cinco únicos minutos.

   Esa es la clase de personas en cuyas manos está el mundo hoy día, humanos que se han desprendido de su identidad personal e incluso de una razón para hacer lo que hacen pero que, dada su condición de autómatas, repiten eficaz e incansablemente el movimiento que les hace ascender y acumular riqueza más allá del límite en el que deja de ser algo provechoso y empieza a ser auténtica basura, que, como es sabido, es la predilección de todo aquel que está afectado por el síndrome de Diógenes.

   Así era el presidente de Bobo, un hombre con un alma fría, insolente y autoritaria pero tan insustancial e impersonal como la montaña de basura que su marca producía cada día con los envases vacíos de sus productos. Una cabeza tan hueca como la de una gallina pero entregada tan de lleno a su tarea de acumular beneficios comerciales que apenas se notaba en él que careciera de algo tan importante como el sentido común.

   El tercer año después de comprar aquella mansión, el presidente de Bobo, sintió que la casa era pequeña y decidió que había que añadirle cien habitaciones más. Llamó a un arquitecto y le pidió que hiciera crecer a la casa con otras cien habitaciones, sin importar a qué estuvieran dedicadas, el caso era que la casa fuera más grande.

   -¿Quiere usted decir que puedo repetir el mismo modelo de habitación cada una de las cien veces o dedicarlas a la cría de animales? -preguntó el arquitecto.

   -¿Hay algo de peculiar en ello? -dijo, por pura jactancia, el presidente de Bobo.

   El arquitecto era miembro de la corriente del arte conceptual, arte en el que predomina el pensamiento sobre la forma. En el caso de este artista, cuando se observaba una obra suya predominaba, en efecto, el pensamiento sobre la forma y, dentro del pensamiento, en lo que más se pensaba era en el ego de dicho arquitecto.

   El presidente de Bobo, confiado en la fama notable del artista, entregó en sus manos toda la responsabilidad de la ampliación sin siquiera preocuparse de supervisar el proyecto. Pero, cuando recibió la factura de los gastos totales de las obras, se le cayó la mandíbula inferior por la sorpresa pues era más de lo que le habría gustado pagar.

   El arquitecto había adornado con diamantes los grifos de los cien cuartos de baño que había construido.

Diez microrrelatos sobre la vida (IV)

A Txaro Cárdenas

   Una conocida marca de oxígeno, que no mencionaremos para no hacer publicidad, organizó un concurso para premiar al anciano cuya vida hubiera sido más auténtica. El jurado eran los mismos ancianos que participaban. Ellos mismos le ponían nota a su propia vida. El tercer premio recayó en alguien que había vivido sumergido en una constante aventura, viajando por todo el mundo, arrostrando riesgos sin fin y viviendo experiencias sumamente intensas. Se puso un 9'50.

   El segundo premio fue para un mujeriego. Decía haber conquistado a cientos de mujeres en su vida y gozado el lecho de las esposas de hombres poderosos, princesas desesperadas y hasta reinas. Como no podía ser menos en alguien como él, se puso una nota altísima, un 9'99.

   El primer premio fue para alguien muy modesto que, no obstante, se puso un 10. Era un hombre de 85 años que confesaba que había vivido una vida muy tranquila, casi siempre en su oficina, pero que amó desmedidamente a su mujer. A todas horas había dirigido su pensamiento hacia ella, estuviera donde estuviera, porque era la realidad que más gozo le había hecho sentir en toda su existencia. Su esposa había sido lo más importante que había tenido y lo más extraordinario. Cuando terminó de exponer lo mucho que había querido a su mujer durante su vida, sus ojos se llenaron de lágrimas, que rodaron por su cara contraída por los sollozos y dijo:

   -Esta mañana, al fin ha reconocido que está enamorada de mí...

13 de enero de 2013

El chorro de la bañera

   Ana Costas pensaba que una vida de total inactividad, un dolce far niente, era lo más agradable que podría llegar a pasarle porque estaba atada a una estresante actividad diaria y jamás descansaba, ni siquiera los fines de semana ni en periodo alguno del año. Trabajaba en una tienda de comestibles que cerraba a altas horas de la noche y abría casi al alba. De esa forma, conseguía ir ahorrando para poder un día tener una empleada que le hiciera más cómoda la vida. 

   Tan ajetreada era su vida que un día, por apresurarse más de lo debido, tuvo un esguince de tobillo y hubo de estar dos semanas en reposo. Pero este cambio repentino aunque temporal le afectó al ánimo de tan extraña manera que cayó en un estado depresivo. 

   Le acometió un abrumador aburrimiento y una agridulce melancolía le hacía caer en el llanto varias veces al día. Dejó de sentir interés por nada y de ser capaz de tolerar actividad alguna. Cuando su pie estuvo curado, no tuvo el ánimo que necesitaba para reiniciar el trabajo y el local de su negocio permaneció cerrado. Su vida diaria pasó de la pura actividad que había sido al desesperante tedio del que no podía salir porque nada de lo que llegara a hacer le producía la más mínima medida de placer.

   Lloraba a todas horas y hasta ella misma se sorprendía de que sus lagrimales fueran capaces todavía de hacer brotar aquellas lágrimas que le rodaban por la cara de la mañana a la noche cada día cuando el martirio de no saber lo que le pasaba ni cuándo dejaría por completo de pasarle se le hacía insoportable.

   De pronto un día, comenzó a sentir un extraordinario placer en escuchar, mientras se tomaba la infusión de tila que bebía al atardecer, el grifo de la bañera dejando caer sobre un barreño un débil pero sonoro chorro de agua. Gozaba imaginándose que era un torrente de un riachuelo tropical cuando bajaba de una montaña en cuya vegetación exuberante se escondían las ruinas de un templo milenario. 

   La tila, como suele suceder, no le producía efecto sedante alguno pero el escaso tiempo que tardaba en bebérsela era el lapso en el que se permitía a sí misma descansar de su tormento y la ventana que abría a un mundo sugerente y fascinador donde se evadía del hastío acostumbrado. No importaba si, inmediatamente después, acudían a su mente las horribles ideas que la torturaban a diario, el miedo a la muerte, su soledad, la posibilidad de perder todos sus recursos económicos debido a aquel trastorno del ánimo, la horrible perspectiva de la noche, en que se agravaba su pereza y le suponía un problema incluso decidirse a echarse en el lecho... Los diez escasos minutos en que, resoplando sobre el vaso de tila, se imaginaba en el interior de la selva tropical ante el pórtico de un majestuoso templo precolombino, ignorado del mundo y erigido en honor de una diosa de la belleza, esos diez minutos, que se habían convertido en algo tan real y cotidiano como su sufrimiento del resto del día, eran como el ancla que evitaba que su barco siguiera a la deriva o como la tabla para mantenerse a flote en aquel terrible naufragio de su vida.

   Poco a poco fue sumando a los diez minutos con el chorro de la bañera otras actividades que de pronto parecían estar acompañadas de placer: la media hora en la librería buscando libros sobre las culturas precolombinas o las religiones antiguas, los cinco minutos contemplando el río de la ciudad desde el puente, intentando escuchar el ruido de la corriente aunque sin conseguirlo ningún día debido a los ruidos de la calle o las dos horas de lectura diaria que había introducido como disciplina en su vida. 

   Cuando ya estaba acostumbrada a percibir infinidad de sensaciones agradables cada día, reabrió su comercio. Pero ya no quería ganar tanto que pudiera poner una empleada sino solo lo necesario para ella y para pagarse la seguridad social. No necesitaba trabajar hasta la extenuación para poder pagar a una empleada si se liberaba de la idea de que lo ideal era no trabajar nada. De modo que redujo a ocho las horas de trabajo y cerró los fines de semana y el tiempo libre del que dispuso lo empleó en hacer cosas con las que obtenía mayor placer que trabajando, incluyendo, de vez en cuando, la tila con el chorrito de la bañera porque su ánimo todavía no estaba a salvo del todo. Hasta que acabó llegando el barco que la iba a salvar definitivamente del naufragio.

   Un día frío y ventoso de otoño, con las hojas dando trabajo a los barrenderos, apareció por la puerta de su tienda un hombre atractivo y con mirada triste que le pidió unas lonchas de jamón serrano. 

   -Y quítele la grasa, por favor, aunque me la cobre -dijo el hombre-. Son para mi padre al que le gusta mucho el tocino y el médico se lo tiene prohibido.

   -¿Se la pongo aparte para usted? -preguntó Ana Costas.

   -No. A mi no me gusta el tocino. Por no gustarme, no me gusta ni el jamón -respondió el hombre atractivo.

   Ana Costas se llevó la mano al pecho:

   -¡Que no le gusta el jamón! -exclamó-. ¡Lo mismo que me pasa a mí! Toda mi vida pensando que era una extraña porque no me gustaba el jamón y justo ahora me lo encuentro a usted, la primera persona a la que me entero que le ocurre lo mismo que a mí...

   -¿Está usted casada? -preguntó el hombre atractivo.

   -No, soltera -respondió Ana Costas y añadió dejando escapar una risita:- Aún no he encontrado a mi alma gemela, la estoy esperando.

   -Pero si es usted guapísima -dijo el hombre atractivo.

   -Muchas gracias, es usted muy galante -dijo Ana Costas ruborizándose.

   -¿Me permite invitarla esta noche a cenar? -dijo el hombre.

   -Encantada -respondió Ana Costas.

   Ese mismo día de otoño pero un año después, el hombre atractivo estaba al otro lado del mostrador, con un delantal y un gorro blancos atendiendo a la clientela de la tienda y Ana Costas estaba dejando caer un chorrito del grifo de la bañera sobre un barreño... para bañar a su bebé.

Diez microrrelatos sobre la vida (III)

A Susana Escarabajal Magaña

   El profesor Krans miró por el microscopio y vio algo frágil y asqueroso que se movía. No tenía nada en común con él, pensó. Él era la cumbre de la evolución natural, estaba a punto de ganar el premio Nobel, medía un metro noventa y cinco y podía aplastar aquello con el más ligero de los roces. 

   Sin embargo, aunque era un hombre felizmente casado y con hijos en la Universidad, se sentía casi enamorado de aquello. Incluso a una bacteria se puede amar cuando se comprende que la vida no se aísla sino que, en esencia, es un impacto continuo en todo lo que la rodea y que su auténtica plenitud está en abrirse paso fuera de sí y producir algo nuevo en su entorno. La vida, es a veces destructiva pero es también capaz de transformar y crear y la creación es un acto de amor. El odio no es capaz de crear nada, tampoco un corazón ciego y paralizado.

   Era una bacteria del género bacillus. Una vez más, estaba comprobando que esta bacteria podía destruir los microorganismos que producían una enfermedad considerada hasta entonces incurable. Atacaba a los bebés, que morían en cuestión de días. Nadie, hasta que él lo descubrió, sabía que era un proceso infeccioso y no una enfermedad genética.

   El profesor, sonreía cuando apartó su ojo del microscopio. Fue hasta su mesa de trabajo y abrió el buzón de su correo electrónico. Vio que había un correo de una importante internacional farmacéutica. Esto era lo que le decía:

   Estimado Pr. Krans:

   Creemos que su labor en beneficio de la Humanidad merece una recompensa justa. Por ello, nuestros laboratorios le ofrecen la suma de 500.000 dólares americanos a cambio de los derechos sobre el nuevo medicamento. Nos parece que la cantidad es justa pero, si le pareciera escasa, estaríamos de acuerdo en discutirla y, en último extremo, aumentarla para contentar sus expectativas. 
   Firmado: Robert Smith, Presidente de Laboratorios...
   El profesor sonrió una vez más, esta vez con una mueca sardónica donde se podía advertir un halo de triunfalismo. Al instante, redactó esta respuesta y se la envió a Robert Smith:

   Señor Robert Smith:

   Descuide, la suma que me ofrece no me parece insuficiente pero tampoco suficiente. Hace años frustró mi deseo de investigar una enfermedad propia de países en vías de desarrollo. Me negó un contrato pese a mi alta cualificación. Debió parecerle poco rentable lo que les propuse, investigar un medicamento para personas sin dinero. Entiendo perfectamente la postura que entonces adoptó. Pero en la vida me impulsa el amor al Bien y esta vez soy yo el que voy a frustrarle a usted sus deseos. Crearé una firma farmacéutica para comercializar mi medicamento y, con el dinero obtenido y las donaciones de la buena gente del mundo, que son la mayoría de la humanidad, me dedicaré a investigar las enfermedades contra las que la gente como usted no considera apropiado invertir pero que matan y destruyen muchas vidas no solo de los enfermos sino también de quienes conviven con ellos. Me temo que esta decisión mía va a poner en la bancarrota a su empresa, que ha invertido hace un año una suma desorbitada para un tratamiento paliativo para la enfermedad que mi medicamento cura por completo. Guárdese para usted sus 500.000 dólares, le vendrán bien como paracaídas de lujo en sus ya avanzados años.
   Firmado: Pr. Hans Krans.

12 de enero de 2013

Diez microrrelatos sobre la vida (II)

A Bea Magaña

  Pedro Mora siempre fue un hombre con una salud de hierro y se envanecía de ello. Nunca padeció enfermedad grave alguna, nunca cogió siquiera una mala caries, nunca estuvo en la cama por una gripe porque las pasaba andando andando. Por eso, nunca se acordaba de que tenía la obligación de morirse.

   Su prioridad en la vida fue siempre su trabajo de relojero. Valoraba más la rueda dentada de un engranaje que la belleza de los ojos de una mujer. Toda su vida permaneció sentimentalmente solo. Después de la adolescencia, no volvió a enamorarse nunca. Lo encontraba enfermizo, dañino para la salud. Cuando murieron sus padres, siguió viviendo solo pero consideraba que eso era bueno para su organismo porque no se contagiaba de los gérmenes patógenos de las otras personas.

   Para él, lo fundamental eran su relojería y él mismo. El resto del mundo cambiaba y era perecedero pero él y su relojería pertenecían a la eternidad.

   A pesar de ello, un día, en el mecanismo de su cuerpo, falló una pieza; durante dieciocho minutos estuvo atrasándose y finalmente se paró en las 10 y veinte de un 12 de diciembre. No tengo la omnisciencia de un dios pero sé que este hombre tan sano se dio cuenta justo antes de morir de que su vida había sido un error porque quienes le encontraron muerto vieron que junto a él había un cuaderno donde acababa de escribir:

No contaba con los japoneses...

11 de enero de 2013

Diez microrrelatos sobre la vida (I)

A Isabela Dávila

   El gordo soberano devoraba un anca de cordero con delectación infantil. Al oír el hilillo de voz del lacayo que le anunciaba la llegada de un alquimista puso su mirada arrogante sobre el hombre que le hablaba y le dijo:

   -¡Imbécil! ¡Hablas como las mujeres! Pues dile que entre si es bueno, por todos los cuernos del diablo... ¿voy a ordenarte ahorcar por eso?

   El lacayo exhibió una sonrisa de agradecimiento por el tono inusualmente indulgente del rey y, tras hacer una zalema, volvió a salir.

   Al instante, entró un hombre vestido con un hábito, las manos juntas y los párpados y los contornos de los ojos cubiertos de un afeite negro que le daba un aspecto siniestro. Se presentó ante la mesa del rey y dijo: 

   -Poderoso rey, he venido a traeros el más embriagador de los poderes, el don más halagador de cuantos puede desear la ambición de un señor de hombres. He recorrido los lugares más lejanos del Mundo, he bajado a las entrañas de la Tierra donde habita el fuego eterno, he preguntado a los más sabios de entre los vivos y a los más poderosos de entre los muertos, no he dejado de buscar la sabiduría de los elementales ni de desentrañar el significado de los cifrados libros de Hermes Toth ni de buscar en el sentido doblado de las palabras de Dios. Ha sido un largo recorrido no solo mío sino de todos los sacrificados hombres de ciencia que me han precedido. Todo para que ahora podáis disfrutar del poder que os voy a ofrecer.

   El monarca sonrió con los ojos chispeantes y dijo con ilusión de niño:

   -¿Qué?

   -Voy a daros poder sobre las vidas de vuestros súbditos -dijo el alquimista-. Sus destinos serán lo que vos decidáis, seréis capaz de concederles sus más altos deseos o de provocarles la enfermedad y la muerte, seréis adorado por ellos y sus preces no se dirigirán ya a lo alto sino a vuestro palacio donde habitaréis en medio de placeres nunca imaginados en la Tierra pues será aquí donde agasajaréis a vuestros favoritos con la desmedida felicidad que vuestro don os permitirá hacer brotar para ellos y para vos mismo.

   -¿Qué tengo que hacer? -dijo el rey.

   -Solo quiero para mí el permiso para castigar con mis poderes y causar sufrimiento a quien vos consideréis incómodo para vuestro armonioso reinado, a cambio os daré poder sobre la vida y os haré inmortal...

   El rey levantó los ojos al cielo y rió emocionado, lleno de felicidad ante la perspectiva de tan radical liberación como la que el alquimista le proponía.

   -Te concedo lo que me pides, alquimista -dijo el rey-. ¡Cuánto me das a cambio de tan poco! ¡Que alegría!

   -En fin, Majestad -dijo el alquimista ensombreciendo sus rasgos-, lo cierto es que hay otro requisito esencial...

   -¡Di! -dijo el rey sonriente y con el espíritu predispuesto a una generosidad desconocida en él.

   -Pues simplemente, para crear lazos de dependencia irrompibles en las conciencias de vuestros súbditos y para que vos podáis alcanzar la inmortalidad tendréis que ser torturado, crucificado y muerto por ellos y descenderéis a los infiernos y, al tercer día, yo os sacaré de allí...

10 de enero de 2013

A la luz de la luna

   Sebastián se paraba muchas veces a pensar mirando a la luna en el portal de su casa mientras su madre preparaba la cena. Las duras faenas del campo tenían su compensación en esos momentos de reflexión  y descanso nocturnos, presididos por el astro de los soñadores. Por muy frío que fuera el día, si no llovía o hacía un viento enfurecido, él se sentaba en el portal de su casa, que lindaba con parcelas de cultivo, y se complacía en entregarse a reflexiones sobre lo divino y lo humano. 

   Un día, se dijo: "¡Pero qué bonitas son las mujeres! ¡Qué agradable sería conocer a una de esas chicas tan hermosas y ser para ella alguien especial! ¿Dónde estarán las chicas más hermosas del mundo? El otro día, vi en la tele una mujer muy guapa y era suiza. Seguro que es en Suiza donde las mujeres son más guapas."

   Al día siguiente fue a hacerse un pasaporte para viajar a Suiza. Una vez en Suiza, paseó el primer día por las calles de Berna y vio muchas mujeres. Cuando se tropezó con la primera chica que le pareció de verdad bonita, como iba en dirección contraria a él, cambió de rumbo y comenzó a seguir sus pasos. Vio que entraba en un café y se sentaba en una mesa y él, con completa tranquilidad, se sentó a su lado y comenzó a mirarla de hito en hito.

   Ella dijo algo en un idioma que no conocía y entonces él respondió:

   -No te entiendo, mujer bonita, y es una pena porque quisiera decirte lo preciosa que me pareces.

   Ella entendió estas palabras porque hablaba español y dijo:

   -No entiendo por qué quieres decirme que soy preciosa. No nos conocemos de nada.

   Sebastián dijo:

   -De la misma forma que, cuando me golpeo trabajando en el campo, me sale un grito de dolor, cuando he visto tus ojos y tus labios y tu figura graciosa, de dentro me salía decirte a ti lo que me hiere tu hermosura por si estás acostumbrada a que te pase esto con la gente y tienes algún remedio.

   -Eres muy galante, español. ¿Cómo te llamas? -dijo ella.

   -Yo me llamo Sebastián y tú te debes llamar Belén o Anabel o Isabel porque las mujeres tan guapas como tú suelen levar un "bel" en su nombre.

   -No, me llamo Ingrid.

   -Ingrid, quiero que seamos novios porque, eres tan bonita que, si ahora me despido de ti para siempre, me ahogará la pena.

   -No tenemos que ser novios para seguir viéndonos -dijo Ingrid-. Podemos ser amigos.

   Sebastián buscó un empleo y, cada vez que salía del trabajo, iba a casa de Ingrid a contemplarla y a decirle que la amaba. Ella le ponía un café o algún licor y disfrutaba oyéndole enfatizar su belleza con las más peregrinas metáforas.

   -Ingrid, cuando las espigas maduran y el sol las seca -le dijo una vez-, si las presionamos y frotamos con las dos manos, los granos se separan de su cáscara. Hay belleza en la espiga pero solo nos sirve el grano. Tú, en cambio, también eres bella pero mi corazón te necesita entera, no quiero solo tus granos sino también la cáscara, también el largo y hueco tallo, también los pelos de la espiga...

   Ingrid acabó enamorándose de Sebastián y se casaron. Ambos viajaron al pueblo de origen de Sebastián para que Ingrid conociera a sus padres durante las vacaciones y, una de las noches, sentados ambos en el portal de casa mientras la madre de Sebastián preparaba la cena, contemplaban la luna mientras hablaban.

   -Ingrid, las labores del campo son sencillas -decía Sebastián- y también conseguir tu amor ha sido sencillo. La vida no es difícil, lo difícil es conseguir más de lo que necesitamos.

   -Me has conquistado muy sencillo, Sebastián, te doy la razón. No has tenido que hacer más que alcanzar la luna.

   Sebastián calló durante medio minuto y dijo luego: 

   -Bueno, hablando honestamente, lo sencillo de verdad habría sido casarme con la Eufrasia.