14 de diciembre de 2013

Creación de un nuevo blog de cuentos

     Amigos, si es que los tiene este blog, esta bitácora tiene ya 605 entradas, lo que quiere decir que tiene casi 600 cuentos publicados desde febrero de 2011; estamos a unos dos meses escasos de cumplir tres años desde entonces y mi vida ha cambiado mucho, no he conseguido mil o dos mil seguidores para mi blog como otros más exitosos, me he quedado en 74. No es desde luego, culpa de la calidad, los cuentos que aparecen en este blog muestran su brillantez a cualquiera que se acerque a leerlos. No estamos en tiempos en que la gente se detenga a pensar y a sentir, se limita a percibir y a fingir.
     Como no quiero permanecer ligado a las sensaciones y pensamientos que han perturbado mi vida durante estos tres años, abandono este blog para comenzar uno nuevo que me procure el ambiente nuevo que necesita el cambio que deseo imprimir a mi espíritu. Los seis cuentos que cierran este blog, dedicados a mi amada y a la libertad, son un buen remate a la trayectoria de trabajo, sentimientos, frustraciones y logros que ha dejado este blog que comenzó llamándose La casa agramatical y hoy mismo deja de estar en activo. En adelante, mis cuentos se publicaran en el blog Cuentos de pensamiento y libertad. Lo podéis ver en el siguiente enlace http://cuentosdepensamientoylibertad.blogspot.com.es/

13 de diciembre de 2013

Seis microrrelatos sobre la libertad (VI)

A mi amada

     Adela era objeto de las importunaciones de Javier. Cuando ella prefería ir alguna vez con las amigas que con él o hacía cualquier otra cosa demostrando su independencia, Javier se atormentaba pensando que no era amado en la misma medida en que amaba él y le pedía explicaciones sobre aquella forma de proceder. La interrogaba siempre sobre dónde había estado y qué había hecho intentando descubrir en sus respuestas indicios de amor o desapego, ella no se dejaba dominar y esta actitud la interpretaba él como falta de afecto por parte de ella.
     Tan estrecho era el cerco que Javier impuso a Adela que esta, cansada de reproches y exigencias, en un descanso de las clases del instituto, le expresó su decisión de romper la relación aclarándole que no estaba dispuesta a renunciar a su libertad por ningún chico.
     Javier vio cómo Adela, después de decir las palabras de ruptura, se levantaba del banco y se marchaba caminando lentamente. No la detuvo, lo que había oído había tocado un resorte escondido de su corazón; la libertad, que ella decía tener como prioridad absoluta de su vida, le pareció de repente algo tan sagrado que no pudo replicar nada ni tampoco sintió la necesidad de hacerlo. De súbito veía algo tan hermoso y noble en el hecho de que Adela fuera un ser libre que su deseo más hondo en ese momento era dejar que se marchara para evitarle cualquier embarazo a su libertad.
     Hasta muy hondo en su interior, se sentía embargado por una sensación subyugante y desconocida para él, no podía explicar qué era pero no se sentía con fuerzas para escapar a ella. Estaba pensando en Adela con tanta fascinación que casi la sentía como superior a él y una corriente de respeto por ella desbordaba su interior, todo porque había dejado de sentirse dueño de aquel ser humano. Ahora también él se sentía más libre por el hecho de aceptar la libertad de Adela. Su corazón palpitaba en ese momento con la pureza de la infancia que hacía poco había dejado y se dio cuenta de que, por primera vez desde que la conociera, estaba amando a Adela.

Seis microrrelatos sobre la libertad (V)

A mi amada

     Laura tenía nueve hijos, todos de menos de dieciocho años. Como tenía miedo de que se le volvieran díscolos y no la dejaran vivir, al principio los mantenía sujetos a una disciplina férrea, a todos los trataba igual y todos tenían la obligación de hacer las mismas cosas.
     Pero a medida que pasaba el tiempo, se iban volviendo más desobedientes y el desorden en casa llegó a ser extenuante para ella. Como no era de mal carácter sino de muy buen corazón, en lugar de aumentar la dureza de los castigos, permitió a cada uno que hiciera lo que quisiera siempre que no fuera un peligroso disparate concebido desde la inexperiencia, porque se sentía impotente para seguir luchando escrupulosamente contra el caos.
     Fue entonces cuando sus nueve hijos empezaron a parecer uno solo y el orden y la armonía volvió a su casa.

Seis microrrelatos sobre la libertad (IV)

A mi amada

     -Si yo pudiera hacer las leyes, los ponía a todos en fila, como en el colegio. Así no habría pederastas como ese tío desgraciado -esto le estaba diciendo el sargento Martínez a la teniente Gómez.
     -Que no, que no, Amancio -respondió la Gómez-, no seas retrógrado, no van a pagar todos por unos pocos.
     -¿Unos pocos? -dijo Martínez-. El que no hace nada malo es por miedo a la autoridad, si conoceré yo al género humano.
     En ese momento llegó el oficial que estaba interrogando al pedófilo.
     -¿Le has sacado algo a ese bastardo? -le preguntó Martínez.
     -Al principio era reacio -respondió el oficial-, luego he dejado de amenazarlo y le he hablado más blandamente y lo ha confesado todo, me ha contado hasta cómo eran sus padres. ¡Menudo miedo les tenía el individuo!

Seis microrrelatos sobre la libertad (III)

A mi amada

     Se sentía como si deseara desesperadamente escapar de la jaula de su cráneo. Era la enésima vez que ocurría. Le habían dado un asiento en la segunda fila en la ceremonia y, en cambio, el detestable y arrogante Eduardo, que no merecía ni siquiera un puesto en la tercera, había visto el homenaje en los asientos de privilegio.
     Le negaban el reconocimiento, le negaban la dignidad, le negaban el éxito... Estaba atrapado en una sociedad de ineptos. Él merecía la primera fila, incluso el homenaje que le acababan de rendir a otro. Él merecía ser colocado en el lugar más alto y, sin embargo, le colocaban en segunda fila... Su interior se debatía violentamente como deseando salir de una prisión.
     Dio un puñetazo en la mesa de su despacho y luego un cabezazo hacia atrás contra la pared. Entonces se desprendió el cuadro de van Gogh que había encima y cayó sobre él. Era una reproducción de los Girasoles, el que llegó a ser el cuadro más caro de la historia, menospreciado en su tiempo por todo el mundo.
     Lo agarró lleno de furia y lo hizo pedazos.
     -Van Gogh no cumplía religiosamente todas las normas y preceptos como hago yo -se dijo para rebelarse contra aquel simulacro de señal divina.

Seis microrrelatos sobre la libertad (II)

A mi amada

     El rabino salió de casa de Charles con su conciencia muy tranquila, pensando que había confortado el espíritu de una persona en la extrema tribulación, la muerte de un hijo. Pero Charles solo había fingido sentirse consolado; en realidad, el rabino solo había agravado sus remordimientos. Si era Dios el que cuidaba del bien, si Yahveh era el dador de todo lo bueno que podía sucederle a un ser humano como le había dicho el rabí Moisés, entonces, sin duda, él era el responsable de la debilidad de la constitución física de su hijo y la cortedad de su vida, de sus dolores y de su aflicción, él había estropeado la labor de Dios.
     Se sintió asqueado de sí mismo y de sus semejantes. Cuando sus intereses económicos le habían impulsado a actuar con extremo cinismo, la idea de que Dios imponía el bien a los hombres por ser ajenos a él le servía para olvidarse de su conciencia pensando que el todopoderoso tendría paciencia con él pero ahora se trataba de su hijo, ahora era a su hijo a quien le había faltado su auxilio porque no había actuado como Dios deseaba por ser un mísero ser humano, una criatura tendente al mal y al pecado.
     Pero un repentino arrebato le hizo sentir la necesidad de la rebelión. ¿Por qué tenía que obrar según los mandamientos de Dios? Dios no era su semejante puesto que había de imponerle una ley ajena a su naturaleza, Dios era en realidad su carcelero, su opresor, el ser que le extorsionaba para no dejarle ser. Ansió entregarse al mal sin freno alguno, renegar de Yahveh, dedicarse a vivir con cinismo y egoísmo extremo el resto de su vida. Entonces le habló su corazón para arrastrarle hasta la compasión y la generosidad y vio que era únicamente ahí donde habitaba el bien y no en los cinco libros de una ley escrita hacía milenios. Su corazón le impulsaba al bien; era al sentir la presión de los criterios externos cuando perdía su capacidad para la empatía.
     Recordó su amor a su hijo y a su esposa, su afecto por sus vecinos y amigos, la felicidad con que recibía las buenas noticias del periódico o la alegría que sentía los días de fiesta, cuando se veía rodeado de semejantes llenos de dicha, disfrutando del placer de vivir. Supo que Dios no añadía nada al bien que habitaba en sus sentimientos, lejos de ello, esa idea le llenaba de remordimientos y le impulsaba a actuar mal en contra de sus deseos más íntimos. Hacía tiempo que la enfermedad de su hijo le había hecho alejarse de su fe pero ahora, definitivamente, la arrojó de su conciencia y descubrió que era bueno e inocente.

Seis microrrelatos sobre la libertad (I)

A mi amada

   El boticario del pueblo tenía en su mente una larga lista de cosas que no podían suceder. Entre ellas estaba combinar mal las dosis de las sustancias al elaborar los medicamentos para los enfermos pero le preocupaban muchísimos otros imposibles que, en caso de suceder, lo derrumbaban y abatían su ánimo, desde que dejara la sirvienta la palangana encima del mostrador hasta que las llaves de los armarios no estuvieran alguna vez en el cajón de su mesita de noche, desde que su mula no estuviera cepillada un domingo por la mañana hasta que los días de caza no consiguiera más de tres piezas. Cuando veía a los pillastres jugando a los naipes en la calle, sentía responsabilidad suya persuadirles de que los juegos de azar eran un feo vicio y que harían mejor yendo a la iglesia a pedir a Dios que guardara sus vidas y los hiciera hombres buenos el día de mañana; nada le hacía comprender que aquellos chicos habían oído ya su sermón tantas veces que carecía de sentido repetírselo una vez más, él volvía una y otra vez a adoctrinarles con los mismos argumentos, entregándose a la voluptuosidad de contemplarse a sí mismo en actitud edificadora.
     Su vida habría transcurrido sin variación alguna metida en su prisión para las cosas que sí eran posibles si no hubiera sido porque un día vio al gato caminando por la estantería, muy cerca del recipiente de una de las sustancias que necesitaba para el dolor de muelas del cura. El gato no podía tirar al suelo aquel frasco de cristal porque, si lo hacía, el frasco se rompería, el cura no podría aliviar su molestia, su esposa se daría cuenta de que no había tirado la mascota a la calle, el suelo se llenaría de vidrios rotos provocando su horror puesto que desde niño les tenía miedo, el chico de los recados se reiría de él al comprobar el tic nervioso que aparecía en su rostro ante la sensación de caos y la mula se quedaría sin cepillar para el día siguiente que era domingo porque tendría que ir a la ciudad a comprar otra botella de aquel producto que era tan caro, cosas todas ellas que eran imposibles.
     Pero en ese momento, entró la Guardia Civil y le preguntaron si había sido él quien había vendido a la hija del sastre el sobre que llevaban en la mano. Su corazón se puso a palpitar con vehemencia y sintió una honda angustia, si le había vendido veneno inadvertidamente a la hija del sastre, acabaría en la cárcel, quizá para el resto de su vida cuando no se le condenara a la pena de muerte y eso eran cosas que no podían pasar, él no podía ir a la cárcel y mucho menos morir, era una cosa que jamás se permitiría, hasta el último segundo de su vida negaría que se estuviera muriendo.
     El gato tiró el frasco de cristal en el forcejeo por huir de los guardiaciviles pero el boticario encontró el hecho tan natural en aquel momento de extrema desesperación que él mismo se sorprendió de los pensamientos angustiosos con que lo predecía unos minutos antes. Tan hondamente experimentó esta revelación interior que, perdiendo en ese mismo instante toda la ansiedad que le había provocado la llegada de la Guardia Civil, les dijo casi sonriendo:
     -Voy a cambiarme de ropa y ya me marcho con ustedes.
     Entonces uno de los guardias le dijo:
     -Pero si nosotros solo queremos pagarle el medicamento porque la hija del sastre es mi novia y me ha dicho que le diga que me cobre lo que le debe.
      Desde aquel día, el boticario decidió considerar posible cualquier cosa excepto el cautiverio de su alma.

10 de diciembre de 2013

El as

A mi amada

     Juan Pérez se podía decir que, desde que nació, estuvo condenado a ser un as. ¿Qué otra cosa puede incubarse en la mente de un niño cuya madre espera de él una férrea obediencia a cambio de permitirle que su conciencia esté en paz? Candela, su madre, era una persona de gran pragmatismo, apegada a la idea de utilidad e incapaz de ocupar su pensamiento con algo que no fuera accesible al tacto y visible a plena luz del día. Para ella, las cosas que de verdad importaban en la vida eran las que se podían comentar en voz alta en una reunión con extraños. Lo auténticamente imprescindible, según su forma de verlo, había de tener la consistencia de una zanahoria o de una firma sobre un papel. En sus primeros años, Juan aprendió que la desobediencia era un pecado; si algo detestaba Candela era que las cosas escaparan a su control y con su hijo no quería hacer una excepción pero poco se ocupó de que esta circunstancia no estropeara su carácter y, tras su niñez, comenzó a demostrar serios problemas para confiar en sí mismo.
     Su escepticismo acerca de su propia capacidad y del valor de lo que hacía solo era superado por su horror a la incertidumbre y su consiguiente ansia de acabar con el azar. Creía en una forma idónea de hacer las cosas y, si algo escapaba a ella, se llenaba de frustración y ansiedad y caía bajo el tormento de la culpabilidad y la vergüenza. Su mundo, al contrario que el de su madre, era el del conocimiento y el espíritu pues era un amante del arte pero, como el de ella, tenía el carácter de lo contundente y ansiaba el reconocimiento más absoluto para sus obras.
     Como era de esperar en un carácter tan acomplejado, conoció el amor muy tarde. El influjo de su amada convirtió su obra en una efervescencia de sentimientos intensos pero el dolor estaba demasiado presente en ellos. Las muestras de amor de su amada nunca le parecían suficientes, la duda le acosaba insistentemente, pensaba que solo podía despertar frialdad en una mujer porque nunca conseguiría complacerla por completo y, temeroso de perder a aquella mujer, a la que amaba más allá de lo razonable, se atormentaba sin que objetivamente hubiera motivo alguno.
     Sentía una inmensa felicidad al entregarse por primera vez en su vida a un amor pleno, sin sentirse obligado a cumplir ninguna exigencia interesada del otro, pero dentro de sí todavía albergaba una necesidad intensa de evadirse del azar, de burlar cualquier contingencia, de hacerse auténtico dueño de su amada para evitar para siempre el riesgo de perderla. A su corazón le bastaba amar pero su obcecación le pedía poseer.
     Una noche, Juan Pérez discutió con su amada porque esta encontró denigrante para ella que hubiera puesto su nombre y sus apellidos en un cuadro donde se representaba una mujer desnuda. Esta reacción la interpretó como una muestra de desapego y la achacó a su antigua sospecha de que no era merecedor de su amor. La acusó de una actitud cruel al demostrarle un amor que en realidad no sentía y, aunque sus sentimientos por ella eran tan puros y tiernos que jamás le hablaba otra cosa que palabras dulces, impulsado por un ansia acusadora, salieron de su boca palabras brutales, negación absoluta del amor.
     -¡Me has hecho creer que me querías, eres una imbécil! -le gritó.
     -No creo que tus sentimientos sean los que me has manifestado hasta ahora -dijo ella- puesto que te atreves a insultarme de esa manera.
     El escepticismo de Juan Pérez, tomando una dirección opuesta al oír aquellas palabras, le hizo responder:
     -Perdóname, Rosa, te quiero, me he salido de mis casillas porque no he comprendido por qué, si eres mi novia, no puedo poner tu nombre en el cuadro, pero entiendo que te da vergüenza.
     -Juan, mi nombre y mis apellidos no es un título adecuado para un cuadro -dijo ella-, está claro que se lo has puesto únicamente para representar tu toma de posesión sobre mí, algo que no estoy dispuesta a tolerar porque amo mi libertad y mi independencia. El hecho de que no lo comprendas y que, por añadidura, me insultes violentamente te coloca en el papel de un maltratador. No hay amor en tu corazón, solo afán de dominio. Ante esta circunstancia, no me queda más opción que marcharme.
     Juan no pudo impedir con sus palabras el abandono de Rosa y se sumió en una honda desesperación. Había culpabilidad y vergüenza en lo que sintió los días y semanas siguientes, el amor estaba escondido bajo el manto de frustración que le ocasionaba el deber no cumplido, la irrupción de lo contingente, de lo no planeado, de lo no sometido a gobierno. Pero pronto dejó estas sensaciones por el sentimiento de amor puro que había despertado su corazón al principio de la relación; comprendió lo poco que importaba que ella accediera o no a ofrecer signos formales del amor que le tenía puesto que la felicidad del amor está más allá de lo que se ve o se toca, de lo que se dice o se entiende, de lo que se hace o no se hace. Vio que ella estaba en lo cierto al hacerle aquella dura acusación de maltratador puesto que un amor que abandona el territorio de la libertad más pura y que deja de permitir al otro la autonomía de su vida solo causa sufrimiento, efecto contrario al del amor verdadero, que es luminosa felicidad, paraíso en la Tierra.
     Miró dentro de su corazón, vio que la amaba y abandonó su tristeza. La deseó libre, sin nada que la atara a él para que el afecto que los uniera fuera más verdadero y esencial. Pero sobre todo sintió su alma colmada de la belleza de ella, una belleza imposible de expresar, incomunicable, revelada exclusivamente a él. Ella era el fin, no había nada más importante para su corazón ahora, y sin el azar ella no podía existir porque la vida es azar, la vida se renueva cada día, cada árbol es distinto, cada soplo de aire es irrepetible, cada aleo de mariposa es diferente, nada es imperfecto, todo es bello, todo lo real es hermoso por el hecho de serlo. La verdadera esencia de la vida está más allá de la utilidad práctica, la esencia de la vida es la belleza que intuye el corazón.
     Juan fue a casa de Rosa y le habló con un afecto tan desinteresado y tan libre de polémica que Rosa volvió a abrirle el alma.

5 de diciembre de 2013

Seis microrrelatos sobre la sensación de vivir (VI)

A Txaro Cárdenas

   Había una cola enorme para entrar al cine. Daban la última de Stallone, Asilo de ancianos, una película de acción trepidante. Hubo una trifulca en la cola porque una persona había intentado coger una posición más avanzada de la cola indebidamente. Detrás de mí venía una chica preciosa. Compré mi entrada y me quedé mirando cómo la compraba ella. Pero la taquillera le dijo que no quedaban, la mía había sido la última. Sin pensármelo un minuto, le cedí la mía, me sonrió con sus bonitos labios y me quiso abonar el precio pero yo le dije que no tenía que pagármela. El dinero de la entrada era lo último que me quedaba en el bolsillo, no tenía tarjeta para un cajero automático, era el último día que proyectaban la película pero no me importaba, yo le regalé la entrada a aquella chica de tan simpática sonrisa. Como no tenía otra cosa que hacer, me senté a ver pasar el tiempo en un hueco de ventana del cine. Me puse a reflexionar sobre el bien, me dije que es justo lo que mejor va con nosotros. Me dije que no en vano se llama bien y que lo que causa sufrimiento y agobio jamás debería considerarse comportamiento bondadoso. También pensé en la chica, en la belleza de su rostro, y sentí tanto placer recordando su sonrisa de agradecimiento que me parecía inconcebible haber tomado una decisión mejor que la tomada. A la media hora, salieron seis o siete personas del cine, algunos comentaban lo fastidioso y estúpido de la película. No habían sentido ninguna emoción agradable, recordarían siempre con disgusto el rato que habían pasado dentro del cine. Un cuarto de hora después, salían otras cinco o seis personas, al parecer, también decepcionadas por la película de Stallone. Pero cuando supe con seguridad que la película era insufrible, no sentí satisfacción por no haberla tenido que ver sino disgusto porque la chica de la sonrisa preciosa no había salido demasiado beneficiada con mi gesto de solidaridad.

4 de diciembre de 2013

Seis microrrelatos sobre la sensación de vivir (V)

A María José Valverde

     Eliafel reencarnó siete veces antes de alcanzar la perfección. En tiempos de los asirios, formó parte de sus tropas y vivía entregado al sueño de hacer a su rey dueño de todo el orbe pero la desazón por ver llegar el día en que la paz del mundo fuera universal no lo dejaba vivir. En tiempos de los romanos, fue dueño de una villa. Cultivaba sus tierras con la ayuda de esclavos. Se dedicaba a vivir disfrutando de todos los placeres permitidos y algunos de los prohibidos pero se sentía tan necesitado de experimentar constantemente nuevas y vivas sensaciones que, sintiendo que nunca gozaba tanto como en la ocasión anterior, la desazón lo consumía y no lo dejaba vivir.
     En tiempos de la expansión islámica, fue jefe de una tropa militar musulmana. Quería que sus guerreros conquistaran más rápido y con más ardor las tierras extranjeras. Nunca se sentía satisfecho con una conquista, siempre le parecía una victoria demasiado costosa, demasiado lenta, decepcionante. La desazón de alcanzar cuanto antes la frontera de los mares consumió la mayor parte de su vida y, cuando al fin lo logró, miró hacia el horizonte opuesto con codicia y volvió a sentir profunda insatisfacción. En la Edad Media europea, fue monje cluniaciense. Se dedicaba a orar y vivir el recogimiento espiritual. Su vida era de absoluta pasividad y renuncia del mundo. Pero por dentro temía el castigo divino y tanta era su fe en los castigos del infierno y en la intransigencia de Dios que una profunda desazón le fatigaba y estropeaba toda su vida.
     En la época de la Revolución francesa fue uno de los responsables del Terror. Su obsesión era hacer rodar cabezas y más cabezas, separarlas de tantos cuerpos como fuera posible para que la revolución no se truncara. Cuando el periodo de la revolución quedó atrás, tan vacío se quedó por la disminución del ritmo de ejecuciones que la desazón le amargó el resto de sus años: realmente era un hombre que disfrutaba trabajando. En el siglo XX fue empresario, primero tuvo una tienda, luego un supermercado, luego comenzó a fabricar productos alimenticios, luego extendió por todo el país sus fábricas, consiguió convertir su empresa en una multinacional, llegó a influir en la política de las superpotencias pero, durante la crisis del 73, quebró y se quedó tan vacío por dentro que acabó sus días en un centro psiquiátrico.
     En su séptima reencarnación, fue un poeta del siglo XXII. Sus colegas le instaban a practicar la corriente literaria en boga, llamada Galaxismo, pero él no entendía una palabra de esa tendencia y no tuvo ganas de hacerlo. Era costumbre en aquella época elegir una religión de diseño confeccionada para cada grupo concreto de perfiles afines y todo el mundo tenía la suya pero él, cuando comprobó la clase de chusma que coincidía con su perfil, se volvió renegado y ateo. Los matrimonios se concertaban en concursos de carreras de sacos, pero él siempre se quedaba el último porque el premio no le gustaba nunca. Los prohombres de la política le solicitaban odas elogiando bien las venerables piedras del palacio del Congreso, bien la honrosa historia de la política nacional, bien el bello busto de algún antepasado glorioso, bien la brillante inteligencia del presidente de la nación, bien la riqueza boscosa del patrimonio nacional pero él, cuando pensaba en estos temas, se quedaba dormido y no era capaz de escribir ni el primer verso.
     A la mayoría de los humanos de aquel siglo, se les calcificaba el corazón en su afán por utilizar una especie de televisor que permitía conseguir cualquier cosa que se deseara pero que volvía el corazón como una piedra tras un contacto más prolongado de lo debido. El quería cosas, como cualquiera, pero nunca se le calcificó el corazón porque, en cuanto sentía que se le empezaba a endurecer, renunciaba a la cosa asqueado y lleno de escrúpulos.
     Cuando llegó al más allá tras esta séptima reencarnación, el alma suprema le ofreció un cuerpo sutil para reencarnar en una dimensión más espiritual ya que al fin se había comportado con coherencia con su corazón en su última vida en la Tierra pero a él no le apetecía ser un gas noble y le dijo al alma suprema que le volviera a dar un cuerpo humano porque había descubierto que la vida en la Tierra era como el paraíso.

Seis microrrelatos sobre la sensación de vivir (IV)

A mi amada

     Antonio Amargo quiso durante toda su vida gozar de una alegría sin sombras, rechazaba todo dolor, estaba plenamente de acuerdo con los psicólogos cuando recomendaban quererse en primer lugar a sí mismos y más tenuemente a las demás cosas, de hecho era lo que aseguraba hacer él, que se consideraba un hombre lleno de salud mental y plenamente feliz. Pero a los cincuenta y cinco años, se ahorcó porque estaba aburrido de la vida.
     Su hermano, Juan Amargo, vivió hasta los ochenta y cinco años. La mayor parte de su vida la pasó tristemente porque sentía que la mujer a la que amaba no le correspondía plenamente. En rigor, era un amargado, un hombre con un ánimo gris que no disfrutaba de la vida pero él no concebía mayor felicidad que la de entregarse a soñar con la posibilidad de que aquella mujer le estuviera amando realmente. Otras penas se sumaban a la del supuesto desamor como atraídas por esta y la amargura presidió sus años pero, dentro de su dolor, la fe infinita en el amor que sentía por su amada volvía su vida algo digno de vivirse.
     Tras su muerte, su amada llevó las más bellas flores a su tumba mientras vivió, realmente lo amaba más que otra cosa en el mundo pero no fue capaz de transmitirle con claridad este sentimiento.

Seis microrrelatos sobre la sensación de vivir (III)

A Eya Jlassi

     José Manuel se pasó cuatro meses de inquietud intentando que Marta saliera con él. Luego pugnó duramente porque accediera a mantener relaciones sexuales con él. Cuando al fin lo consiguió, no descansó su ánimo hasta lograr que le confesara que le amaba a él más que a ninguna otra persona del mundo. Después de casarse, sufrió mucho hasta que ella se quedó al fin embarazada porque deseaba ser padre. Tras tener su primer hijo, que era un varón, su angustia fue grande mientras no consiguió tener una niña. Les costó otros tres embarazos porque Marta tuvo otros dos varones a continuación. Cuando nació la niña, José Manuel la miró a los ojos y dijo:
     -Esta niña tiene que ser bailarina.
     Se gastó una fortuna en clases de ballet y tras veinte años de sacrificios, desgaste emocional y frustraciones, la niña debutó en el Teatro Nacional. Sus restantes hijos también fueron objeto de su desvelo, quería que sacaran sobresalientes carreras y que fueran influyentes hombres públicos.
     Cuando iba a jubilarse y al fin tenía a todos sus hijos colocados, se destapó una trama de corrupción en la que habían participado sus tres hijos varones e incluso su hija había tomado un pellizco en el botín aunque esto último se quedó en un secreto de familia. Su esposa Marta entró en una depresión y hasta se les murió el perrito por pura desatención. Sus tres hijos fueron a la cárcel y solo salieron cuando él tenía ochenta años y se había pasado quince ansiando su regreso.
     El menor de sus varones dejó embarazada a una camarera y José Manuel insistió, en medio de un afán desesperado, hasta que consiguió de su hijo que le diera sus apellidos al niño que dio a luz la mujer. Durante los últimos quince años de su vida, estuvo sufriendo porque su nieto, el único que tenía, era muy díscolo, no conseguía ninguno de sus propósitos con él, solo obedecía a su instinto, no por maldad sino porque no era capaz de entender ni compartir ninguno de los deseos de su abuelo.
     En el lecho de muerte, José Manuel mandó llamar a su nieto y le dijo:
     -Tú tienes que ser escritor y contar la historia de mi vida...
     Pero su nieto respondió:
     -No abuelo, a mí no me gusta escribir, que te la escriba mi padre...
     Ante esta postrera desobediencia de su incomprensible nieto, dio un suspiro y, lleno de desazón, dejó este mundo.
     Su nieto, que se llamaba como él, al mes siguiente, encontró una chica que le gustaba. Cuando hablaba con ella, tan feliz se sentía que no echaba de menos nada en este mundo, no pensaba en el siguiente paso que tenía que dar con ella, ni siquiera en la siguiente hora, ni en el siguiente minuto: le bastaba con mirar a sus hermosos ojos y su sonrisa de aurora para quedar completamente satisfecho. No temía lo que pudiera ocurrir en el mañana, él tenía una fe indestructible en su corazón y sabía que, pasara lo que pasara, le bastaba con mirar hacia su interior para alcanzar la felicidad.

Seis microrrelatos sobre la sensación de vivir (II)

A Susana Escarabajal

     Josefa y Carlos hacía dos años que estaban casados pero, cuando llegaban del trabajo, no sabían qué hacer. Tenían una idea de la diversión basada en los lugares comunes y habían pasado por todos ellos con tanta asiduidad que ya no les estimulaba ninguno.
     En el piso de enfrente, vivían dos ancianos, Juan y María. Ellos eran felices como dos niños, no conocían la rutina ni el aburrimiento. Sus corazones estaban henchidos de felicidad. Poco les importaba qué cosa concreta hicieran juntos, solo les importaban sus corazones y la belleza del otro.

3 de diciembre de 2013

Seis microrrelatos sobre la sensación de vivir (I)

A mi amada

     Alberto conducía su vida con el ineludible auxilio de las explicaciones. Algo que careciera de ellas debía, según su criterio, ser erradicado del comportamiento en la mayor medida posible. Sus explicaciones bebían de la filosofía materialista para mayor seguridad pues, según pensaba, estaba casi probado que todo en el universo era materia, excepto la antimateria que era lo contrario pero que pertenecía a otra dimensión que no debía preocuparle.
     A su esposa la agasajaba cuando esperaba sexo de ella o alguna otra ventaja para él, como que bajara la basura. No encontraba otra explicación al deseo de una compañera que la de que era un complemento a las limitaciones y necesidades físicas. Había personas románticas pero dudaba profundamente de su inteligencia y sentido práctico. Él no se permitía entregarse a los caprichos vanos de la fantasía, era un hombre con los pies pegados a la tierra y, si los científicos decían que las causas últimas de la realidad eran materiales, ya no había razón alguna para pensar que los sentimientos tuvieran valor alguno. "Meras reacciones químicas", pensaba, "¿para qué cultivarlos con celo si hoy los tengo y mañana se han esfumado por completo como pólvora que arde?".
     Educaba a sus hijos con lógica y sentido de la utilidad. Les disuadía de entregarse a los excesos de la imaginación, corregía cualquier creencia infantil que se les pasara por la cabeza y les llenaba sus pequeñas mentes de explicaciones sencillas y someras como iniciación a una vida de inspiración completamente racional y esclarecida. Y, para liberarse de la obligación de manifestarles afecto, les compraba todos los juguetes y enredosas futilidades que le pedían.
     Era un hombre trabajador y obediente a su jefe, cumplía a rajatabla cualquier orden o norma relacionada con su actividad. Disfrutaba de su trabajo porque todo en él era inteligible y explicable. Soñaba con un mundo bien coordinado donde todo funcionara según las reglas más racionales y la humanidad fuera como un gran organismo mecánico en el que todo estuviera sometido al dictado de la razón y la ciencia. No sabía a qué meta seductora de la tecnología llevaría este logro a los hombres pero desde luego no les faltaría satisfacción pensando que hacían justo lo que había que hacer.
     Pero Alberto contrajo una enfermedad. Su colesterol comenzó a dar índices peligrosos en los análisis pero no había manera de reducirlo. Para mayor complicación, contrajo una diabetes y problemas cardíacos. Los médicos dictaminaron que eran los síntomas de una enfermedad rara sin cura posible y mortal de necesidad. Muy afectado por este suceso, se volcó en una reflexión introspectiva, durante semanas, buscando el sentido a este nuevo e inesperado tramo del camino.
     Alberto miró al abismo del final de la vida y se preguntó con escepticismo sumo qué le importaba ya a él la materia si ya casi no era dueño de ella y qué explicación lógica podía encontrarle a la existencia ahora que la contemplaba con la perspectiva del viajero que regresa a su auténtico país.
     Vio claro que nada de lo que decía la ciencia, que tan inútil se había manifestado en su dolencia, atañía a su felicidad y que ni siquiera eran auténticas verdades. ¿Qué valen todas las explicaciones precisas y definitivas sobre lo que puebla el universo, se dijo, si el auténtico mundo en el que vivo es mi espíritu y este es capaz de hacerme vivir cualquier realidad, incluso las imposibles y absurdas? ¿Y qué valor hay en seguir normas y reglas de conducta llenas de rigor lógico si la lógica es de todos pero nadie más que yo morirá cuando esta enfermedad me consuma? ¿Qué vida he vivido, en qué mundo he habitado si apenas he sentido otra cosa que las generalidades que todos sienten? La materia real y concreta es una cosa diferente a la suma de abstracciones que la caracterizan en el discurso de la descarnada razón. Percibimos las diferencias pero no las cosas en sí. ¿Qué soy yo? Un hombre porque no soy un perro pero más allá de todo lo que no soy, hay algo que soy y eso es invisible y escapa a toda descripción, solo es accesible para el instinto de la vida.
     Supo, tras estas revelaciones, que había desaprovechado su tiempo, que la verdadera sabiduría para la existencia está en el corazón, que la verdadera felicidad nos sorprende en lo más ignoto de las intuiciones del instinto, no importa que no le encontremos una explicación, una causa o utilidad. Había vivido como hombre pero había olvidado vivir como él mismo, un camino absolutamente distinto, insólito y vedado a la razón.
     Pasó sus últimos meses de vida escribiendo poemas de muy mala calidad pero que, para él, estaban llenos de sentido porque en ellos se vivía él, en toda su intensidad, cerrando sus oídos al clamor unánime de la multitud.

29 de noviembre de 2013

Seis microrrelatos para aliviar una ausencia (VI)

A mi amada

     Gonzalo discutió con su amiga más querida porque ansiaba llegar a algo más serio y, a consecuencia de ello, su amiga desapareció. Tanto lo sintió Gonzalo que enfermó de una depresión. Su psiquiatra le recomendó unas vacaciones en la costa. Eligió un lugar a doscientos kilómetros de su casa y alquiló una casa por quince días.
     Él no era capaz de pensar en el esparcimiento, solo en ella, por eso, en lugar de ir a la playa a bañarse, se paseaba por caminos solitarios tierra adentro. Un día, caminando por una carretera bordeada de eriales abandonados, le abordó un conductor de automóvil para que le explicara cómo se iba a cierta dirección. Le entregó un papel donde se veía un croquis del lugar, que el conductor, pese a llevarlo consigo, no había conseguido descifrar completamente.
     Gonzalo le ayudó a interpretar aquel plano y el conductor se marchó pero gracias a aquel mapa casero, supo que, en el pueblo más cercano, había una fuente con un león. Eso le hizo pensar en ella porque se acordó de cuando fueron juntos al circo y ella, viendo al domador y sus leones, se sintió tan mal que tuvieron que abandonar la carpa. Decidió, envuelto en aquellos recuerdos, visitar la fuente. Pero tanto se entretuvo mirando las cosas del pueblo que llegó el anochecer y como ya no era prudente regresar caminando, contrató un taxi.
     El taxista le habló de sus hijos y de las notas excelentes que conseguían en el colegio y, a propósito de eso, le dijo que el menor tenía una señorita muy atractiva y, como suele suceder cuando un hombre habla a otro de una mujer guapa, ponderó lo sexualmente incitante de su belleza. Le dijo cómo se llamaba, no tenía ninguna relación con el nombre de ella pero se lo recordó porque una de las sílabas era idéntica. Tan arrobado se quedó por el recuerdo de su nombre que, sin darse cuenta, lo pronunció completo en voz alta. El taxista, al oírlo dijo sorprendido:
     -¿Conoce usted a mi prima?
     -¿A qué se refiere? -dijo Gonzalo.
     -Acaba de decir el nombre y los apellidos de mi prima que ahora vive en Toulouse -respondió el taxista.
     -¿Tiene los ojos de miel y el cabello castaño? -dijo Gonzalo con excitación.
     -Sí -respondió el taxista-. Y es delineante.
     -¿Me puede dar la dirección? -dijo Gonzalo lleno de inquietud y esperanza pues había llegado a la conclusión de que la prima del taxista era verdaderamente ella. El taxista se la dio cuando Gonzalo le explicó que era un viejo amigo.
     Gonzalo abandonó el pueblo en el que pasaba sus vacaciones y marchó esa misma noche en dirección a Toulouse. Al llegar al domicilio que le indicó el taxista, le abrió una mujer anciana. Gonzalo dijo el nombre de ella y la anciana le aseguró que era ella misma.
     -No puede ser, es delineante... -dijo Gonzalo desesperado.
     -Yo soy delineante -dijo la anciana.
     Gonzalo la miró entonces detenidamente y vio que tenía el cabello castaño y los ojos de miel y se derrumbó, las lágrimas cayeron inevitablemente sobre su rostro y se llevó las manos a la cara.
     -Pobre hombre... pase adentro, le voy a preparar un té... -dijo la anciana-. Y usted me cuenta su historia que eso le ayudará a calmarse.
     Gonzalo se limpió las lágrimas y denegó la invitación pidiendo disculpas. Caminó sin rumbo por las calles de la ciudad. Cuando pasaba junto a la fuente de la diosa Diana, vio a un hombre registrando una bolsa de viaje que, tras vaciar todo el contenido de la misma, la tiró en medio de la calzada y se lanzó a correr. Gonzalo recogió las prendas desperdigadas y las inspeccionó, convencido de que la bolsa era un objeto robado por aquel individuo que acababa de desaparecer corriendo. Entre lo que encontró, había un monedero y, al abrirlo, encontró algo que lo dejó estupefacto al tiempo que una ola de jubilosa esperanza inundaba su alma, el documento de identidad de ella.
     Hacía seis meses que no contemplaba con sus ojos aquellos bellos rasgos que mostraba la foto de su tarjeta, aun estaba absorto en su contemplación cuando apareció ella, tan sorprendida por el encuentro como febril él.
     -¿Por qué me abandonaste, Alicia? -dijo él-. Eres mi mejor amiga, lo más valioso que tengo, has destrozado mi corazón. ¡Cuánto horror he sentido al pensar que no iba a volver a verte!
     -Sentí miedo de ti, llegaste a gritarme -dijo Alicia-. El día anterior recibí una oferta de trabajo en este país y me vine sin decirte nada, creí que ya no te interesaba por la manera como me trataste.
     -Pensé que me mostrabas desapego y me impacienté pero he sentido el dolor del arrepentimiento cada minuto de tu ausencia -dijo Gonzalo.
     Alicia acarició su brazo y le dijo:
     -Vamos a un café y seguimos hablando, ese caco me ha puesto al borde de un ataque de nervios.
     Gonzalo ayudó a Alicia a meter las prendas en su bolsa y se encaminaron los dos hacia el café más próximo. Mientras caminaban dijo Alicia:
     -¿Cómo me has encontrado? ¿Me has estado siguiendo acaso?
     Gonzalo respondió:
     -Has sido tú la que ha venido hasta mí. El vacío tan grande que has dejado en mi interior te ha vuelto a sorber como hacen las ventosas.

28 de noviembre de 2013

Seis microrrelatos para aliviar una ausencia (V)

A Lluvia Rojo

     El abrazo de despedida frente al umbral de casa destrozó el corazón de Eduardo, salió al rellano de la escalera y comenzó a bajar los escalones a paso rápido.
     -¿A dónde vas, Eduardo? ¿No cierras la puerta de tu casa? -dijo ella.
     -Sí, la cierro, se me había olvidado, pero acabo de decidir que me voy contigo a Alemania -dijo él con voz clara y decidida-. No puedo vivir sin ti...

Seis microrrelatos para aliviar una ausencia (IV)

A Eya Jlassi

     La tormenta ensombrecía su ánimo. La lluvia le parecía un bombardeo de lágrimas de dolor y los rayos que restallaban en lo alto, cañonazos de odio contra su corazón solitario. El frío que se colaba por debajo de la puerta se le metía en el alma y la llenaba de desesperación. Pero, de pronto, el timbre de la puerta sonó. ¡Era Laura! La besó tiernamente. ¡Cuánto la había añorado! Seguía lloviendo. Las gotas eran para él ahora perlas que regalaba el cielo, que celebraba la belleza del mundo, los rayos, fuego de artificio, estrépito, dulce jolgorio que acompañaba el regocijo de su corazón. El frío seguía colándose por las puertas y ventanas pero eso le hacía feliz porque le permitía estarse muy pegado a Laura, al calor de la estufa, besándola, acariciándola y diciéndole encendidas palabras de amor.

Seis microrrelatos para aliviar una ausencia (III)

A Txaro Cárdenas

     Clara y Francisco tenían siete años, aunque aparentaban algunos meses menos porque el amor los rejuvenecía. Un día discutieron porque ella quería jugar a una cosa y él a otra y tan lejos llegó la discusión que él acabó diciéndole a ella:
     -¡Ya no soy tu novio! ¡No quiero verte ni en cien años! -y tras levantarse de donde estaba sentado con ella, se marchó a otro lugar del patio del colegio, muy lejos de allí.
     Pasó diez minutos observando a todas las niñas y comprobó que, para su gusto, eran mucho menos guapas que Clara; quiso resistirse y hacerse fuerte, le quedaban todavía cien años menos diez minutos que aguantar, cuando uno da su palabra, ha de mantenerla... De pronto, se imaginó toda su vida buscando niñas tan guapas como Clara sin encontrarlas, se vio soltero para siempre, apegado al recuerdo de su ex novia, sintiéndose rodeado de mujeres feas que querrían jugar a lo que quería él pero que no tendrían los ojos verdes como Clara, ni las pestañas largas y negras, ni los labios combados como los pétalos de una rosa. Cuando se vio tan atormentado por todos estos pensamientos que casi le faltaba la respiración, corrió al lugar donde había dejado a Clara, le dio un beso en la mejilla y comenzaron a jugar a lo que ella quería.
   

Seis microrrelatos para aliviar una ausencia (II)

A Susana Escarabajal Magaña

     Máximo vio a Helena en la estación, esperando para tomar un tren; se levantó aceleradamente de su asiento, corrió hacia ella y le tocó en el hombro. Ella se volvió.
     -Hace más de diez años que no nos vemos -dijo entonces Máximo emocionado.
     -Sí, hace diez años y cuatro meses de nuestro divorcio -dijo ella sonriéndole y con un brillo de ternura en los ojos.
     -¿Sabes que no he dejado de quererte? No me he vuelto a casar por eso -dijo él.
     -No me digas. Yo tampoco me he casado, te he querido demasiado como para que el divorcio no me haya traumatizado de por vida -dijo ella.
     -¿Por qué lo hicimos, Helena? -dijo él.
     -Porque así lo quisiste -dijo ella.
     -Fuiste tú quien lo quiso -dijo él con rabia contenida pero, de pronto, una intensa emoción le impidió seguir hablando y, movido por un ímpetu irrefrenable, la abrazó y besó enérgicamente-. Vamos a casa, Helena, tengo mucho que contarte, ha pasado mucho tiempo -suplicó Máximo mientras la tenía abrazada lleno de amor.
     -Sí, Máximo, vamos... Parece que fue ayer mismo cuando te vi por última vez -dijo Helena muy enternecida-. Llevabas la corbata hecha un horror.
     -El tiempo ha pasado volando -dijo él cogiéndole a ella las manos y mirándola de arriba a abajo-. Me siento como si hubiera pasado solo una hora divorciado de ti.
     Helena frunció el ceño y, poniendo tono de madre enfadada, le dijo:
     -¿Qué te he dicho de los besos cuando estoy maquillada? Nunca vas a aprender, Máximo, ahora tendré que limpiarme y retocarme, de verdad que me pones de los nervios.

Seis microrrelatos para aliviar una ausencia (I)

A mi amada

     Sin ella, su vida era un camino sórdido y frío, sin alicientes, vacío y solitario. La aguardaba desde hacía meses, lleno de aflicción por la añoranza de su presencia pero también convencido de que volvería. No se duda de la posibilidad de lo que nos es esencial para existir y ella era esencial para él.
     Muchas noches la amargura lo vencía y sentía que su vida se había acabado, que ella jamás regresaría como sugería tan larga ausencia pero al otro día miraba sus fotos, contemplaba su rostro sereno y bondadoso y conseguía recuperar la esperanza porque no era posible que un alma tan inocente cumpliera las amenazas con que se despidió de él, no era posible que lo abandonara para siempre porque sabía hasta qué punto era amada por él.
     La Nochebuena de aquel año fue muy fría pero él no encendió la chimenea, pensaba en el calor que le faltaba a su corazón y no quiso hacer nada por el que le faltaba a su cuerpo, mucho menos importante. Tras una cena que no se salía de lo más habitual e incluso fue más gris que de costumbre, cogió un bolígrafo y un cuaderno y comenzó a escribir una larga carta dirigiéndose a ella. Era su forma de superar la soledad, era el tercer cuaderno que utilizaba para ese fin y ya estaba prácticamente completo; en aquellas fechas, se sentía especialmente necesitado de ella y había rellenado casi todo el cuaderno en unos pocos días. Le preocupaba quedarse sin papel en el que escribir al día siguiente porque no tendría la oportunidad de comprar una libreta nueva por ser día festivo pero había decidido que, de ocurrir algo así, arrancaría de los libros que tenía las últimas páginas en caso de que, como suele suceder, estuvieran en blanco y escribiría en ellas mientras volvía la oportunidad de comprar su nueva libreta.
     Eran las diez de la noche pasadas y, como se temía, su verborrea le estaba llevando a acabar con las pocas páginas en blanco que le quedaban a su cuaderno, se le caían las lágrimas, le estaba escribiendo lo mucho que lamentaba su mal comportamiento, el amor que sentía por ella, el dolor inmenso que sentía por su marcha y el horrible presentimiento del que era presa en esos momentos, que le hacía temer que ya nunca más volvería. La libreta se acabó y fue a arrancar las páginas en blanco de todos los libros que pudo. Volvió a la mesa de su cocina, se sentó con el paquetito de papeles, se inclinó sobre ellos con su bolígrafo en la mano y, al pasar la punta del bolígrafo por la primera hoja, comprobó con desesperación que se le había acabado la tinta. No había otro bolígrafo en casa, ya no podía hablar con su esposa, decirle lo bonita que era, hablarle de amor aquella noche tan gélida...
     En ese mismo instante, oyó ruido frente a la puerta de casa y, antes de escuchar el sonido inconfundible de la cerradura abriéndose, sin saber por qué, supo que era ella...

23 de noviembre de 2013

Las dos opciones

A mi amada

     Carmelo Ruiz tenía una novia por la que no acababa de sentir un gran amor, su corazón aspiraba a más, esa era la extraña verdad pero, cuando su padre, encantado con la idea de convertir en su nuera a aquella chica tan desenvuelta y habladora, le animó a una unión pronta y le prometió dieciocho mil euros para comenzar la vida en pareja si se casaba antes de fin de año, Carmelo fue a pedir consejo a su amigo más íntimo, Ricardo Trevélez.
     Cuando Ricardo escuchó el planteamiento de la disyuntiva de Carmelo, fue a la estantería de su biblioteca, sacó un libro, sopló para quitarle el polvo de la parte de arriba y dijo mientras lo ojeaba:
     -Este libro de psicología describe a la persona perfecta y equilibrada empleando argumentos de una lógica aplastante. Dice que debemos discutir nuestras creencias irracionales. Tú crees que Patricia es imperfecta pero no sabes decir por qué. ¿Qué es eso sino una creencia irracional? ¿Dónde está el defecto, Carmelo? Repasa en tu mente cada una de las partes de Patricia y dime dónde falla y, si encuentras algo, te diré que no te cases antes de fin de año y que renuncies a los dieciocho mil euros... -al cabo de un rato de silencio en el que Carmelo no se decidió a responder, prosiguió Ricardo:- a mí me encanta Patricia, es fascinante, me acostaría con ella sin pensármelo dos veces.
     Carmelo levantó su cabeza para salir del ensimismamiento reflexivo en que se encontraba, suspiró y dijo:
     -Me caso, Ricardo...
     -¡Enhorabuena, Carmelito! -exclamó con alegría Ricardo dándole fuertes palmadas en el hombro- ¡Ya tienes padrino, majete!
     Cuando se casó, su padre le recomendó que dejara su trabajo y trabajara para él. Aunque el trabajo que le proponía su padre no era su vocación de toda la vida, consideró la gran mejora económica que el cambio le traería y se vio ante un dilema que no acertaba a resolver. Su corazón le pedía continuar con su trabajo porque era lo que le gustaba hacer pero no se decidía a olvidarse de la tentación con que le sedujo su padre. Como había leído el libro de psicología de su amigo, comenzó a discutir racionalmente sus dudas. Buscó la razón última por la que le gustara tanto hacer su trabajo de siempre y no encontró explicación alguna, por lo que consideró que su amor por él era una creencia irracional. Cuando lo advirtió, se sintió muy triste pero no quería cometer errores en su vida y aceptó el trabajo de su padre.
     Su vida, en adelante, fue perfecta, tenía una mujer sin defecto alguno aparente, un trabajo que llenaba de dinero sus arcas y que ejercía por serle indiferente la actividad a la que dedicara su vida pero no era feliz y el hecho de que no supiera por qué no mejoraba su estado de ánimo.
     Un día llamó a la puerta de su casa un fiel de los testigos de Jehová. Le habló de un dios que le conduciría a un paraíso a cambio de fidelidad y obediencia. Pensó que su vida era tan triste por no haber confiado nunca en su corazón, todo lo que tenía para dirigir su voluntad era la lógica y los consejos de los demás, sentía un enorme vacío en el lugar donde debería estar el sentido de las cosas, se dijo que iba a hacer caso esta vez a sus deseos aunque no tuvieran explicación, su deseo en aquel momento era obedecer, someterse a un poder superior al que rendir su sumisión, creía que ese era el verdadero impulso de su corazón, lo que le haría feliz por fin después de una serie de decisiones en las que no había tenido en cuenta sus anhelos. De modo que se convirtió a aquella religión. Su esposa no le discutió la decisión, lejos de eso, también se convirtió, no tenía opinión propia para casi nada.
     Creyó firmemente que su felicidad descansaba sobre cosas como que Jesús fuera el arcángel Miguel o que las transfusiones de sangre fueran odiosas a Dios. Ya no necesitaba una mujer de la que estuviera absolutamente enamorado, mucho más importante que cualquier sentimiento por otro ser humano era que ciento cuarenta y cuatro mil fieles irían al cielo a gobernar con Cristo, que Jesús no había muerto en una cruz sino en un poste o que debía evitarse cualquier forma de contacto con los espíritus.
     El día de su bautismo, sentía su fe en Jehová como una pérdida de responsabilidad, se había liberado como de un peso sobre su ánimo, él ya no importaba, importaba Dios, ese extraño ser que había creado la Biblia con todos sus capítulos y versos, comas y puntos, letras y números, de una vez para siempre, como el cuerpo del hombre o los árboles o el brillo de las estrellas pero usando tinta en lugar de realidad, esa misma tinta con que escribían los redactores del Hola o el Marca. Confundido entre la multitud de los fieles, sintió de pronto, debajo de la punta de su pie, el pie de otra persona, iba a apartarlo, llevado por un impulso de su corazón pero hizo una discusión racional de ese impulso; no había razón alguna para apartar el pie, iba a bautizarse enseguida, perdería todos sus pecados por arte de magia; cuando comprendió esto, dejó permanecer su pie en el lugar en el que estaba e incluso hizo una leve presión, lleno de fervor religioso.

18 de noviembre de 2013

El primer número

A Lluvia Rojo

     Un hombre que caminaba como un autómata se subió al escenario y se sentó en una de las sillas. El público calló expectante mientras el hombre miraba como pasmado hacia el patio de butacas. Comenzaban a oírse risas, el cómico parecía realmente bueno. Al cabo de un rato, al hombre se le abrió la boca y toda la sala estalló en carcajadas. El hombre puso entonces una expresión en su semblante de perplejidad aún mayor lo que aumentó la hilaridad de la gente. Fue entonces cuando el hombre pareció haber encontrado una explicación a las risas y rió a su vez, con una risa tan estúpida que los espectadores volvieron a reír con ímpetu redoblado. Una anciana muy estrafalaria subió entonces al escenario, cogió al hombre de la mano y bajó con él al patio de butacas y, tras avanzar por el pasillo, abandonaron ambos el recinto mientras el público los ovacionaba enfervorecidamente.
     Una vez fuera, la anciana le dijo al hombre:
     -¿Quién te crees que eres? ¿Un artista? ¡Tú no tienes cabeza para ser artista, botarate! ¿Es que pueden ser artistas los niños estúpidos? Eres como fue tu padre, un haragán presumido; pero él al menos no se subía a los escenarios para llamar la atención y avergonzarme.

3 de noviembre de 2013

El amigo ausente

A Lluvia Rojo

     Dos amigos habían asistido con sus esposas a la ópera y, en el entreacto, conversando de muchas cosas, uno de ellos, llamado Ricardo, dijo de pronto:
     -¿Sabes a quién me encantaría ver ahora? A Roberto. No tengo ni idea de dónde se ha metido últimamente. Sobre todo echo de menos su erudición. ¡Cuánto sabe de óperas!
     -Pues yo no comparto tu sentimiento-dijo el otro amigo-. Disfruto más de la vida desde que he perdido de vista a Roberto.
     -¿Y eso? -dijo Ricardo-. Roberto es una buena persona, excelente médico, hombre de una cultura vastísima y de una sensibilidad exquisita, filántropo donde los haya y está dotado de una inteligencia portentosa.
     -Precisamente porque todo eso es justo lo que no para de asegurarle a todo aquel que le presta oídos -respondió el otro.

27 de octubre de 2013

Seis microrrelatos sobre el miedo a la libertad (VI)

A Luis Martínez Trasviña

     Un maestro estaba tomando un café con un compañero en el descanso de las clases y se lamentaba así:
     -Yo me empeño en enseñar a mis alumnos a ser seres humanos pero es imposible: al final solo son lo que a cada cual le da la gana ser.

Seis microrrelatos sobre el miedo a la libertad (V)

A Susana Escarabajal Magaña

     Eva se preocupó de indicar de modo bien preciso las características de personalidad que requería en su pareja al rellenar su formulario para la agencia matrimonial. Había de ser un hombre con todo su pelo, con modales urbanos, responsable, serio, voluntarioso, sacrificado y que hubiera leído Guerra Y Paz.
     Se encontró dos semanas después una persona que se ajustaba a ese perfil y se concertó la cita. Eva, nada más verlo, por la manera de hablar y moverse, por su sonrisa, por su forma de vestir, por la forma en que la miraba, se quedó fascinada con aquel hombre y pasó una tarde y una noche inolvidable para ella. Solo a la hora de separarse, después de darse un romántico beso, ella le dijo a él, con mucho cariño:
     -Enrique, ni siquiera hemos hablado de Guerra Y Paz. ¿Lo habrás leído no?
     -Pues no -dijo él-, puse que era mi libro favorito en el perfil porque es muy aparente leer un libro tan largo.
     -Y modales urbanos tampoco tienes, coges los cubiertos como un campesino -dijo Eva con condescendencia.
     -Es que fui agricultor más de veinte años -dijo Enrique-. Y no suelo comer acompañado.
     -¿Eres responsable, serio, te sacrificas por los demás? -preguntó ella.
     -Chica, no sé lo que te diga... Sí y no. Según me vaya ese día -respondió él.
     Entonces, Eva, muy sorprendida y divertida por lo que pudo advertir de repente, exclamó:
     -¡Anda, pero si eres calvo, Enrique!
     -Sí, pero el mal no ha traspasado el cráneo -dijo él.
     -¿Y por qué me gustas tanto si no cumples ningún requisito de los que indiqué en esa agencia tan boba? -dijo Eva con coquetería.
     Enrique permaneció unos segundos callado y luego respondió:
     -Amar es perdonarlo todo.

Seis microrrelatos sobre el miedo a la libertad (IV)

A Aura

     Aura llegó a casa con cinco libros de autoayuda: Aprendiendo a ser feliz, Tu libro amigo, Un cursillo para vivir, Cien lecciones sobre la vida y Las cuarenta cosas que no puedes olvidar nunca.
     Leyó los cinco en dos semanas y, a la tercera, volvió a sentirse horriblemente pequeña, insignificante y sucia porque no conseguía acordarse puntualmente de cada una de las cosas que había aprendido en todos aquellos manuales. No creía que pudiera luchar contra su falta de autoaceptación sin una buena dosis de concentración, memoria y reflexión y acopiando toda una larga lista de motivos lógicos para considerarse valiosa.
     Su desconsuelo y desilusión fue tal que huyó de la asfixiante atmósfera de su hogar en un momento de mucha angustia y, tras sentarse en un banco de un parque, tapándose la cara con las dos manos, lloró ruidosamente.
     Pero una niña muy pequeña que estaba deslizándose una y otra vez por el tobogán, al escuchar a Aura, se acercó a ella y le dijo:
     -¿Es que no te dejan jugar?
     Aura se destapó la cara y respondió:
     -Las personas mayores no jugamos.
     -Por eso estás llorando -dijo la niña-. Lo que no es un juego es una cosa triste.
     Aura se sorprendió ante aquella sentencia, parecía sacada de un libro de autoayuda y no del cerebrito de una niña de cinco años. Cuando estuvo en casa, la aplicó a su vida y se sintió mejor. A todo lo que hacía le daba la apariencia de un juego. Pero a la media hora, la fórmula le falló, porque hizo como que jugaba a echar la sal a la comida, se le fue la mano y echó a perder el guisado.
     Quiso saber qué se hacía cuando se jugaba y, a pesar de ello, se sentía uno triste y fue al mismo parque al día siguiente con la esperanza de ver a aquella maravillosa niña y consultarla como un oráculo milagroso. Pero no apareció ese día ni al segundo. Al tercero, sin embargo, la vio jugando en el tobogán otra vez y, tras acercarse a su madre y pedirle permiso para darle un beso, la cogió de la mano, la acercó a su banco y le dijo:
     -Niña, el día que hablé contigo me obligué a jugar mucho rato pero, al final, a pesar de ello, me puse triste otra vez, ¿qué crees que tengo que hacer para ser feliz cuando jugar no es suficiente?
     -Lo que hiciste no fue jugar -respondió la niña-. Si te obligas a hacer una cosa, no estás jugando, solo juegas cuando haces lo que más te gusta. Yo siempre estoy jugando porque siempre hago lo que quiero aunque esté en el colegio. Si yo te digo a lo que juego en casa, a lo mejor no vas a divertirte porque cada niño juega a su juego.
     Aura, pese a ella, no tuvo dificultad alguna en memorizar esta regla. Había de hacer lo que quería, así de sencillo. Esa era la ley de la felicidad que le transmitía un ser que acababa de estrenar la vida y al que aún no había corrompido la civilización. Tardó unos pocos años más en comprender del todo el alcance de esta revelación pero jamás la olvidó.

Seis microrrelatos sobre el miedo a la libertad (III)

A Naika M. Santos

     Dos espíritus que vagaban por las esferas más oscuras del mundo de la Muerte tropezaron provocándose la violenta agitación de sus alientos por el impacto del choque.
     -¡Qué coincidencia! -dijo uno de los hálitos- Siendo tan grande la región de la Muerte y hemos tropezado. ¿Cómo has llegado hasta este lugar tan sombrío?
     -Soy un alma sin valor, manchada por la culpa, por eso, jamás he conseguido que me amaran de verdad -respondió el otro.
     -¡Qué cosa más rara! -dijo el hálito primero-. Para amar no hacen falta razones, ser humano es amar, ¿cómo es que se deja de amar a alguien porque cargue con una culpa o no valga nada? ¿Y de qué es culpable un hombre si se le considera en su ser esencial o qué ha de valer una persona si es un fin en sí misma?
     -Pues no lo sé -respondió el otro hálito-. ¿Supones que he vivido toda mi vida atormentándome sin necesidad?
     -Sí, a no ser que seas un cocodrilo o un avestruz, que no han de amar en vida -dijo el primer espíritu.
     -¡Pues me voy a la Luz! ¡Qué felicidad! -dijo el otro aliento colmado de una repentina alegría-. Por cierto, ¿y tú qué haces aquí? Este es un lugar muy oscuro y, sin embargo, me has iluminado.
     -Soy el hombre de la limpieza. Estoy limpiando esta zona, que se ensucia mucho -respondió el hálito primero.

Seis microrrelatos sobre el miedo a la libertad (II)

A Ángeles Lines Sánchez Gandarillas

     Un representante de las fuerzas del orden público estuvo un cuarto de hora haciendo guardia frente a un edificio de una calle de Madrid porque una víctima de maltrato doméstico iba a ir a su casa a recoger sus pertenencias y se temía que su violenta pareja apareciera de un momento a otro. El policía lucía su uniforme y su tipo caminando muy erguido de un lado a otro de la puerta de entrada al bloque. Las mujeres jóvenes que pasaban por allí le sonreían coquetamente y él respondía con otra sonrisa y sacando más el culo.
     Una vecina del bloque, que volvía de comprar la barra del pan, se quedó deslumbrada con el oficial y quiso cruzar unas palabras con él sobre el tiempo y lo bien que iba el Real Madrid y, a la hora de la merienda, hablando con una amiga del piso de al lado, le dijo:
     -Esta mañana, he visto un policía... ¡Hija mía, qué hermosura! No es que fuera guapo, ni tampoco recio, ni alto...
     -¿Entonces qué es lo que te ha gustado tanto de él? -preguntó la vecina.
     -¡Ay, hija! -respondió la otra en una nube de fascinación-. No sé... La porra, quizá.

Seis microrrelatos sobre el miedo a la libertad (I)

A I.D.

     Arthur Krammer añoraba un éxito rutilante de público y vivía amargado porque sus películas no eran celebradas con la suficiente contundencia. Las cifras de taquilla no eran nunca sobresalientes, la crítica no hablaba de él y no le habían dado premio alguno en ningún festival.
     Hablando con su amigo, el pianista de Jazz, Alfred Brawn, se lamentaba un día:
     -No soy buen cineasta, Fred, he de rendirme a la evidencia. Mis filmes no son aplaudidos por nadie.
     -Sí eres buen cineasta, Arthur -le respondió Alfred-. A tu papá le gustan tus películas.

24 de octubre de 2013

Galeras

     -¡Remad, remad...! -gritaba en las galeras un oficial del navío-. ¡Remad, remad, haraganes, o yo os haré ver cuál es vuestro deber...!
     Los esclavos que remaban estaban encadenados a los bancos y unos a otros con poderosas cadenas.
     -Cristo Redentor hará justicia en el final de los tiempos -seguía diciendo el oficial- y aquellos de vosotros que reméis más modosamente entraréis en la Gloria Celestial pero los que hagan que el barco vaya lento... ¡Ay de esos! La gehenna los atormentará eternamente... ¡Remad, remad, bellacos, que Dios da calma absoluta a los vientos para saber cuál de vosotros merece el paraíso...!
     Uno de los esclavos, al oír aquello, le preguntó a su compañero de remo:
     -¿Qué es el paraíso?
     -Una tierra donde la vida es placentera y no te falta nada de lo que deseas -respondió el otro.
     -¿Y dónde está ese lugar extraño? -preguntó el esclavo.
     -Pues no en este mundo. Si eres obediente al Rey y a la Santa Madre Iglesia y si vives en paz con tus vecinos y sacrificas tu vida por ellos, lo disfrutarás cuando mueras.
     -No creo ni una palabra -dijo entonces el esclavo- porque, cuando yo estaba en mi patria y era un hombre libre, vivía placenteramente y no deseaba más que lo que tenía puesto que toda mi felicidad la hallaba en la libertad de la que gozaba y en hacer tan solo lo que mi noble deseo me aconsejaba y te aseguro que allí mi cuerpo y mi corazón estaban vivos, al contrario que ahora, que no tiene la muerte que llevarme para sentirme ya sepultado y fuera de este mundo.

18 de octubre de 2013

Seis microrrelatos sobre lo castrante de la razón (VI)

A Beatriz Troitiño

     El compositor estaba rodeado de admiradores que le felicitaban efusivamente y manifestaban, incluso con lágrimas y abrazos o besos, la emoción que habían sentido al escuchar la pieza que acababa de estrenarse.
     Cuando el gentío ya había disminuido y se había calmado el estrépito alrededor del músico, el crítico de arte de un prestigioso diario se aproximó a él y le dijo dándole la mano:
     -Le felicito por su éxito de público pero comprenderá que tengo que hacerle una mala crítica: esta obra no es lógica...

Seis microrrelatos sobre lo castrante de la razón (V)

A Isabel Bertrán

     Julio fue, de recién casado, a una expo de instrumentos de pesca y llevó a su esposa todo el día de estand en estand porque le interesaba mucho ese deporte. Pero su esposa, además de que tuvo que aguantar un horrible dolor de pies, se aburrió tanto que es imposible de ponderar.
     Cuando llegaron al hotel, Julio le dijo a su mujer:
     -Estela, ¿qué es lo mejor que has visto en mí, vida mía?
     Y ella, llena de mal humor, le respondió:
     -Que eres un animal racional y caminas erguido...

Seis microrrelatos sobre lo castrante de la razón (IV)

A Conchi Barba González

     Alicia estaba preparándose para donar un riñón para salvar la vida a su hija. Un enfermero que estaba ocupado con ella le decía:
     -Es curioso lo que llegan a hacer algunos seres humanos; ofrecer parte de la vida propia a otra persona no es el modo más lógico de lucha por la supervivencia.
     -Yo daría la vida entera por mi hija, no solo una parte, si hiciera falta -respondió Alicia-. La quiero tanto como a mí misma.
     -Claro -dijo el enfermero-, es muy comprensible; el amor, en la química cerebral, tiene una compensación muy potente. No haría usted lo mismo si tuviera que actuar por altruismo.

Seis microrrelatos sobre lo castrante de la razón (III)

A Sarai Zurita

     El verdugo esperaba pacientemente a que el reo se despidiera de su esposa.
     -Amor mío, nos veremos en las estrellas -decía el reo-. ¡Te amo! ¡Te amo! Tengo miedo. Bésame. Será nuestro último beso. Nos separaremos para siempre. Ya no tendremos otro instante para gozar de nuestro amor. Esto es el final, el final de nuestro sueño de ternura...
     Entonces su esposa dijo:
     -Caray, lo que estás diciendo me recuerda mucho a una película y no consigo acordarme del nombre, ¿seré tonta?

Seis microrrelatos sobre lo castrante de la razón (II)

A Titiritalba De Alba

     Un anciano que estaba tomando el sol en un parque le dijo a alguien que se había sentado en su mismo banco:
     -A mi edad, lo que más ilusión hace son los nietos. Yo quiero muchísimo a los míos, los adoro, les tengo auténtica pasión.
     El vecino de banco preguntó entonces:
     -¿Y cuántos tiene?
     El anciano pareció alegrarse con la pregunta y dijo rápidamente:
     -Ah, pues son... -pero, cuando iba a decir el número, su rostro cobró los rasgos de preocupación de quien se entrega a una profunda y delicada meditación y comenzó a mover sus dedos un largo espacio como contando una cantidad inmensa y a murmurar sus cálculos en voz muy baja. Al final dijo:- treinta y cinco.

17 de octubre de 2013

Seis microrrelatos sobre lo castrante de la razón (I)

A Naika M. Santos

     Pedro se había enamorado perdidamente de una chica del instituto. La amaba tanto que no sabía por dónde empezar cuando hacía recuento de todas sus bellezas, que no hallaba en ningún otro ser del mundo. Para ponderar ante un amigo lo hermosa que era, Pedro le dijo:
     -Cuando la veo, es como si viera el cielo.
     Pero el amigo replicó:
     -¿El cielo católico o el protestante?

16 de octubre de 2013

Acabar con el hielo

A I.D.

     Las doce empresas más poderosas de Rusia se reunieron después de la comida de un domingo para decidir cómo se repartían el monto económico de la ayuda al gobierno para que acabara con el hielo del Círculo Polar Ártico. Doce presidentes de boyantes empresas, embutidos en trajes de impecable elegancia, regoldaban todavía reencontrándose con el sabor del vodka y de las tartas y dulces del postre alrededor de una mesa cuadrada, en uno de cuyos vértices intentaba acomodarse el que había llegado el último sin conseguirlo a su pleno gusto pues no podía poner el codo en la mesa para apoyar la cabeza en su mano y dormitar un poco.
     El dueño del mayor holding del estado, haciéndose dueño de la presidencia de aquella reunión, comenzó a hablar de esta manera:
     -Estimados amigos, Rusia tiene un futuro de ensueño. Nuestros más lejanos antepasados, llegados de Escandinavia, fundadores de este honorable estado, no habrían sido capaces de imaginar el sendero de gloria que inicia ahora el grandioso y hermoso país que ellos crearon y que nos llevará a sus ciudadanos a alcanzar el dominio absoluto del planeta con el que podremos... -el orador se detuvo vacilante. Su discurso era improvisado y nunca se había parado a pensar en qué hacía uno con el dominio absoluto de un planeta. Pero, al fin, encontró una salida y dijo:- con el que podremos dominar absolutamente el mundo.
     Todos aplaudieron mientras el orador sonreía halagado.
     -Pero para que esto sea posible, hemos de hacernos dueños del petroleo del Ártico y, para hacernos dueños del petroleo del Ártico, tenemos que descongelarlo.
     Entre los reunidos, todos pusieron caras de estar de acuerdo y de considerar razonable el propósito que acababa de ser expresado, excepto Gavriil Chernienko, el, hasta entonces, glacial ordenanza que suministraba los botellines de agua mineral, que, al oír que el polo norte iba a ser descongelado, llevado por un pánico irreprimible, absorbido por el terror, perdió el control de sus manos y dejó caer al suelo la bandeja con las botellas, objetos que, haciendo percusión unos y otros estallando en pedazos, provocaron un estruendo que desplazó totalmente hacia el ordenanza la perspicaz atención de los doce.
     Inmediatamente, salió con cierta precipitación uno de los presidentes mientras Gavriil recogía los vidrios en la bandeja. Al instante entró un soldado y, sujetando al ordenanza del brazo, le gritó:
     -¡Olvídese de los vidrios, estúpido!
     Gavriil Chernienko, obedeció sumiso. La puerta de la sala se cerró tras ellos dos y, al instante, todos pudieron escuchar, satisfechos, el grito desgarrado y los sollozos de súplica del ordenanza, seguidos de una seca detonación tras la que volvió el silencio más opaco.
     -Amigos míos, vuelva el calor, vuelva el calor a vuestros ánimos -dijo el orador que había tomado la palabra desde el principio-. Este inocente hombre ha muerto por Rusia, Rusia le debe su futuro, ofrendémosle un aplauso emocionado. ¡Bravo por este ordenanza valeroso!
     Todos los reunidos corearon el bravo y aplaudieron enfervorizados durante un minuto. Luego volvieron a tomar posturas y expresiones relajadas.
     El que había llegado el último, que apenas podía combatir el sueño, se vio de pronto incomodado por una duda que poco a poco lo hizo despejarse y, al no poder, de ninguna manera, resolverla él mismo, hubo de tomar la palabra. Y, dirigiéndose al orador, dijo con tono de perplejidad:
     -Querido amigo, hay muchísimo hielo en el polo, miles de kilómetros cuadrados. ¿Cómo vamos a hacer que se derrita? Y si lo derretimos, ¿qué haremos cuando vuelva el invierno y vuelva a formarse el hielo? Será el cuento de nunca acabar. Lo mejor es sacar el petroleo sin quitar el hielo. El hielo ha estado siempre ahí y siempre estará. El mundo es así, no lo podemos cambiar nosotros.
     -De ninguna manera, el mundo está dando cambios prometedores -dijo el orador-. El clima cada vez es más benigno. Gran parte del hielo está descongelándose por sí mismo, sin que hayamos tenido que intervenir nosotros. Solo tenemos que dar un empujoncito para que el hielo se derrita del todo. Amigo mío, ¿alguien quiere el hielo? Todos odiamos el frío, somos humanos, deseamos el calor, el buen clima, tenemos sangre caliente, ¿a quién le hace falta todo ese hielo?
     El que había llegado el último, sin embargo, empalideció y, como acometido por un repentino terror, comenzó a decir, con la voz oscurecida:
     -Yo estuve en Siberia. El frío no me gusta pero su poder es inmenso. El frío te cambia, te llega al alma, no se queda en la piel. Avanza hasta los huesos y hasta la mente, te hace sentirte fuera de ti, quizá sigues sintiéndote tan vulnerable como siempre pero el miedo a sucumbir por el frío da a tu espíritu la contextura del reptil. Acabas buscándolo, amándolo, crees que el frío es tu verdadero amigo, la compañía que de verdad te conviene. El frío esconde un abismo, en el frío, se puede perder todo, el alma, la vida. El frío te llama, el frío te seduce con el poder de un demonio tentador, o el de una sirena que te atrae con su belleza y acaba con tu vida en el fondo de las aguas. No hay fuerza que acabe con el frío, una y otra vez regresa, destruyendo la vida, durmiéndola, haciendo que se convierta en un recuerdo vago, que ya no es capaz de iluminar nuestro corazón. No creo que venzamos jamás al frío. Es posible que desaparezca del polo pero su estela quedará para siempre en las entrañas de los hombres.
     Cuando estas palabras terminaron de pronunciarse, se hizo el silencio. De pronto, alguien dijo:
     -Es curioso que el agua sea la única sustancia que en estado sólido ocupa más espacio...
     -Bueno eso tiene una explicación muy sencilla... -dijo otro de los asistentes y se apresuró a exponer sus conocimientos en la materia.
     -Me has recordado la historia que me contó mi padre de cuando estuvo en la montaña -dijo otro dirigiéndose al que había llegado rezagado-. Le amputaron cuatro dedos. Dijo que vio al Yeti.
     Todos los asistentes, acometidos de un súbito deseo de entregarse a la cháchara distendida, convirtieron de pronto la reunión en un desordenado conjunto de voces simultáneas. Pero el que había llegado el último, con una profunda gravedad en el semblante, se levantó de la mesa y, cabizbajo, se dirigió a la salida y se marchó sin que los otros, entregados a las bromas, las risas y las habladurías, se preocuparan en absoluto por él.

11 de octubre de 2013

El jarrón de las tres rosas

A Carmen Bravo

     Había sido propiedad de la abuela de mi esposa. Al poco de casarnos, lo trajo a casa y comenzó mi martirio. No era más que un jarrón con tres rosas a medio abrir grabadas en su contorno pero, aunque no acertara a descubrir qué motivo ni qué parte de él me causaba aquella sensación, una vaga inquietud comenzó a despertarme su presencia en casa desde el primer momento en que mis ojos lo contemplaron. Se lo expliqué a mi mujer y ella, poco dada a tolerar mi tendencia a dejarme abatir por preocupaciones inútiles y sufrimientos innecesarios, quiso liberarme de mi agobio intentando persuadirme de que lo absurdo o irreal de la causa de un temor lo convertía en un sentimiento sin valor alguno y, además, dañino porque impedía disfrutar de la vida si, objetivamente considerada, carecía de cualquier otra dificultad o motivo de disgusto como era mi caso.
     Pero horror tan inexplicable no me fue posible tampoco gobernarlo con los argumentos de la razón y aquella pieza de fino cristal, invadiendo cada vez más mi interior, me producía un pavor cada vez mayor. Dejé de tener valor para mirarlo cuando pasaba a su lado pero este acto de cobardía hacía que mi temor se volviera todavía más envolvente pues ahora mi imagen interior del objeto había sustituido casi al objeto mismo y parecía cobrar independencia. Así, sin distinguir con claridad si era una fantasía o una observación real, llegué a sospechar que, en el dibujo de las rosas, se camuflaba el rostro de un demonio. No quise comprobarlo, sentía que mi horror, si se confirmaba que mis delirantes pensamientos respondían a la realidad, sería demasiado insoportable.
     No quería que se perdieran las fronteras entre el adentro y el afuera, era esencial para mí que cuanto temía siguiera en los dominios de lo improbable porque las sensaciones de que estaba siendo presa mi espíritu eran demasiado horribles y, si el mundo se contaminaba de ellas, perdería la única vía de escape que me quedaba.
     Continuando la fabricación de mis delirios, llegué a creer que las tres rosas del jarrón eran una satánica alusión a los tres pecados capitales, el mundo, el demonio y la carne, y que el objeto había sido concebido para recoger la sangre de una virgen en alguna misa negra. No había fundamento real alguno para estas sospechas pero ¿cómo liberarse de una creencia, llegada de lo más hondo, que nos posee si no tenemos la prueba absoluta de que no es real?
     La fantasía se extendió a la abuela de mi esposa y pensé que ella debía ser consciente de la utilidad de aquel vaso ceremonial cuando lo adquirió y sospeché vínculos con el satanismo en parte de la familia. La angustia más insoportable me perturbó en la cima de mi demencia cuando, en mi pensamiento, se infiltró la probabilidad de que mi esposa fuera objetivo de las intenciones perversas de esos familiares. Ella no era una virgen a la que asesinar en una misa negra, obviamente había dejado de serlo, pero yo hacía el razonamiento de que los acólitos del diablo desean la destrucción de la felicidad y ejercer el mal en sus manifestaciones más deplorables. Acabábamos de casarnos, éramos en teoría dos seres dichosos e inocentes que amaban la vida y poseían almas bondadosas y luminosas. Sin duda un acólito del demonio desearía destruir de alguna manera todo eso.
     Cuando llegaba la noche, la inquietud me impedía el descanso, dormía muy poco, lo que aumentaba la cantidad e intensidad de mis fantasías en mi fatigada mente. En el trabajo, sentía la desesperación de no saber a ciencia cierta en qué estado se encontraba mi mujer y muchísimas veces la llamaba por teléfono, lo que provocaba su perplejidad y consternación. Ella no sabía lo que ocurría en mi interior, era inútil que lo supiera, no podría ayudarme, ella era inconsciente de lo que ocultaba su familia y jamás reconocería realidad en esas elucubraciones y, si no fuera así, si ella fuera conocedora de tan perversos secretos y llegaba a revelármelo, el mundo real perdería su inocencia, todas las aterradoras imágenes que poblaban mi espíritu pasarían a la realidad y quedaría atrapado en un sombrío infierno para siempre.
     Toda esta agonía habría continuado indefinidamente, quizá incluso hasta cambiar mi carácter o volverme loco, de no ser porque provocó un desenlace inesperado la noticia de mi esposa de que iba a quedarse unos días en casa de su madre para cuidarla pues acababan de operarla de la rótula.
     Aterrorizado por esta nueva, me abracé a ella y con tono desesperado y suplicante le dije:
     -¡Carmen, no vayas! No sé por qué motivo lo siento así pero me parece que tu familia quiere hacerte mal.
     -¿Te lo ha dicho alguien o es otro peligro imaginario como el del jarrón? -dijo ella con gravedad.
     Yo la solté y comencé a caminar de un lado a otro de la habitación agitadamente. De pronto, paré y, mirándola a la cara, le dije con la fragilidad y aflicción de un niño pequeño:
     -Es el jarrón otra vez, Carmen. No he podido desprenderme de mi inquietud. No quiero que sea verdad lo que pienso pero no puedo dejar de pensarlo.
     -¿Qué piensas? -me preguntó ella entonces.
     Yo abatí la mirada y dije:
     -Prefiero no decírtelo.
     Ella dio un bufido de irritación y salió de la habitación aceleradamente. Al instante volvió con el jarrón en las manos y me lo puso delante del rostro.
     -¡Míralo! -me gritó-. Es un jarrón como cualquier otro. Mi abuela lo compró cuando tuvo a mi madre, junto con la vajilla y las cortinas. Es un jarrón precioso. ¡Agárralo! ¡Tócalo!
     Le obedecí y, por primera vez desde hacia muchos días, lo observé directamente. El espanto me dominaba como jamás lo había hecho desde que llegó la pieza a casa. Lo tenía entre las manos pero me parecía tan imposible que eso estuviera sucediendo como sujetar sin quemarme un hierro incandescente. Y, de pronto, sucedió algo inesperado. Vino a mi memoria aquel lejano día de mi niñez totalmente olvidado, tan olvidado que, en un principio, pensé que era otra de mis fantasías.
     Mi abuela estaba enferma y mi madre se dedicaba a rezar y a poner velas a las figuras religiosas que había en casa para procurar su curación de un modo sobrenatural. Yo estaba llegando a la pubertad y sentía ya cierta aversión hacia los comportamientos que denotaran infantilismo. Lo que vino a mi memoria fue cuando mi madre me puso en la mano un jarrón con tres rosas a medio abrir y me dijo blandamente, como si me invitara a jugar:
     -Hijo, ve y pon estas flores ante la imagen del corazón de Jesús, que a ti, como eres pequeño, te va a hacer más caso.
     Con el jarrón de mi esposa en las manos, en medio del infinito horror que me provocaban las tres rosas de su relieve, recordé el sentimiento profundo de humillación con que me fui aproximando a la figurilla de Cristo y también de miedo a ser castigado por Dios por no sentirme como mi madre me sugería que me sintiera: como un niño pequeño que quiere que la divinidad le conceda un capricho sin importancia para lo que le lleva unas flores con toda la inocencia del niño al que todos protegen.
     El terror de sujetar entre mis manos la pieza de cristal que me obsesionaba se mezcló al que sentía a medida que me iba acercando a la figurilla de escayola, en el lejano recuerdo, y alcanzó tal paroxismo que envueltos mis sentidos en la ansiedad dejé por un instante de ser consciente de mi entorno y al mismo tiempo que recordaba cómo las dos velas del corazón de Jesús se apagaron de súbito cuando yo deposité el jarroncito con las tres rosas, sin duda por una corriente de aire que no advertí, dejé escapar de mis manos el jarrón y, cuando en el suelo estalló en cientos de pedazos con un estruendo que estremeció hasta lo más hondo de mi alma, sentí que mi obsesiva preocupación se había esfumado, como una aparición en la noche sorprendida por la luz del alba.

10 de octubre de 2013

Mueble

     A Juan, le trataron en casa con la displicencia con que se trata a un mueble que a veces es cómodo y a veces estorba. En el colegio, fue muy estudioso; quería ser el primero de la clase porque de un mueble se espera que cumpla a la perfección las funciones para las que se ha construido. En el instituto y la universidad rindió menos porque cada vez estaba más agobiado por su sensación de insignificancia y su mente se perdió por los sombríos senderos de la depresión y el aislamiento. Al final, sus padres tuvieron el lógico castigo a su falta de respeto y se encontraron con que no iban a poder desembarazarse de su mueble sino que, totalmente inútil, lo tendrían que conservar en casa pero, como sus costumbres eran tranquilas y solitarias, lo reciclaron para que les sirviera de ayuda en el trabajo y de compañía para la vejez. 
     Juan sufrió mucho con esta circunstancia. Su incapacidad para independizarse de sus padres la interpretaba como algo denigrante y su complejo de mueble llegó a su cima más angustiosa. Su mente se desestabilizaba constantemente proyectando en sus recuerdos y en su vida corriente su sensación de ser alguien insignificante y nulo para los demás. Bajo la dudosa luz de este prejuicio, comenzó a reconstruir la imagen de su vida y la forma de enfrentarse al mundo. Sus amigos ya no habían sido otra cosa en su fantasía acomplejada que malvados bromistas con superiores dotes intelectuales que habían disfrutado riéndose de su bajo nivel mental. Y, en cuanto a los más íntimos, había dejado de frecuentar su trato porque sentía que su presencia les resultaba incómoda: un mueble tiene la virtud de estorbar cuando entra en una casa ajena. Rehuía cuanto podía el trato con la gente porque no se sentía con fuerzas para aparentar el empaque y la solidez de hombre maduro que los extraños esperaban de alguien de su edad; quería conservar al menos la dignidad de mueble y no travestirse en ser humano cada vez que hablara con un desconocido sin que eso cambiara nada su auténtico valor.
     Pero Juan no se había resignado en ningún momento. Sus más profundos impulsos estaban enfocados a salir de su condición de ser ínfimo y, con la voluntad férrea del más obstinado de los hombres, seguía sin derrumbarse anímicamente, soñando con que algún día sería un genio de las letras por mucho que en aquel momento no viera claro la forma de conseguirlo. 
     Los hombres huyen de lo que les apena con tanto afán que pueden cruzar la frontera de la desgracia opuesta. Juan trabajó tanto sus textos que despertó la admiración de aquellas personas escogidas que alcanzaron a leerle y sin muchas dificultades, consiguió publicar su primer libro. Con el tiempo, fue cobrando fama y se comenzó a preocupar porque esta era inferior a la de otros escritores de su misma edad y estilo. Sus textos se vistieron entonces con los rasgos de lo sublime y conmovedor y algunos ya lo consideraban el mejor de su generación. Pero había muchas voces todavía tibias en la valoración de su obra, cabía la posibilidad de que dos o tres escritores fueran de calidad pareja a la suya. Esta circunstancia le atormentaba hondamente cuando llegó Sara.
     Con Sara descubrió por primera vez en su vida que no era un mueble, que no había de esforzarse en ser otra cosa para que lo aceptaran. La amó tanto que pareció que al fin conocía la felicidad en la Tierra. Pero siguió atormentándole el dolor de no ser el número uno indiscutible, el espíritu cuyo influjo dominara su tiempo. Montañas de frustración le atosigaban porque había lectores que preferían a otros escritores en lugar de a él. Sentía que, si no conseguía que todos le admiraran y veneraran, seguiría siendo el mueble de casa. Debía llegar a lo más alto, a donde nadie había llegado, ni siquiera Shakespeare, ni siquiera Homero, o sus padres le volverían a regañar con frialdad por mancharse la ropa o ver más televisión de la cuenta.
     Pero, cuando Sara fue consciente de esta desazón, le dijo:
     -Eres muy bueno pero yo prefiero a Fernández. Él no escribe para ser el mejor sino para expresar lo que tiene dentro. Tus obras son perfectas pero les falta vitalidad, estás demasiado pendiente de cumplir las expectativas de todos y te olvidas de las tuyas. Él se conforma con llegar al corazón de algunas almas especiales que se parezcan a él, es todo lo que tiene que hacer un escritor para cumplir su cometido. Tú, en cambio, te alejas de ti mismo cuando escribes para acercarte a todos pero, cuando lo haces, no hay nadie del que no te alejes también.
     Juan se puso pálido al oír estas palabras. Pensaba algo así como que Sara iba a salir ahora con el otro autor o que lo iba a abandonar porque había dejado de ser un mueble útil para ella.
     -Soy un fracasado, ahora lo veo... -dijo entonces con el rostro abatido.
     -¿Ves? -dijo Sara-. Eso es un sentimiento real. Escribe sobre eso. Es tu sentimiento. Lo harás mejor que escribiendo sobre la peste en la Edad Media. Quizá tengas menos admiradores pero dejarás de preocuparte por ello porque estarás seguro de que lo que estás haciendo es lo mejor, lo mejor para tu dignidad de escritor.
     Juan vio la luz en ese momento y supo qué le restaba por hacer para dejar de sentirse un mueble.

2 de octubre de 2013

La enciclopedia Bombazo

A Gabriele Nuzzarello

     Raúl era el segundo de tres hermanos. Sus padres eran dueños de una ferretería. Estaba acostumbrado a oírles hablar de albaranes, beneficios, gastos, tornillos, picaportes, clavos, dolores de espalda, fatiga, trabajo, interés, habilidad, astucia... pero nunca se decían te quiero, nunca se besaban, ni se acariciaban, ni se sonreían el uno al otro a no ser que uno de ellos hubiera contado en voz bien alta algo que tuviera verdadera gracia. La ternura no era un huésped habitual de casa; solo cuando la familia iba de visita a otro lugar, manifestaba delante de los extraños, con toda clase de gestos vehementes, lo unida que estaba aunque era una manifestación contenida, que no permitía explosión alguna de alegría.
     Todos los domingos sin excepción, iban a misa los cinco. Raúl asistía a la celebración encogido de temor, persuadido por su adusto padre de que en ese lugar había que comportarse con total corrección o, de lo contrario, molestaría a los mayores, que tenían razones muy serias para estar allí. Pero era la tarde del sábado cuando peor lo pasaba aquel niño. El sábado por la mañana era, para él, su gran momento de disfrute. Permanecía en casa y jugaba toda la mañana pero, cuando el sol pasaba del mediodía y comenzaba a declinar, su ánimo le hacía pensar en la llegada del domingo,  en la asistencia a la misa, en las visitas a los parientes, en esa ropa limpia tan incómoda que tenía que vestir y esas interminables horas perdidas en las salas de estar de sus tíos, afectando formalidad y seriedad para no llamar la atención. Entonces, la más honda depresión caía sobre su corazón y cuando el sol se ponía aquel día, parecía que llegara también a su fin toda la felicidad que le había reservado la vida.
     Raúl era amante de los libros, el conocimiento era su mayor sueño, se derretía de placer cuando aprendía algo nuevo y excitante en una página de un manual. Y un día, cuando acompañado de su madre entró en una librería, envuelto su ánimo en la ebriedad al contemplar tantos libros juntos, concibió un deseo que no se atrevió a formularlo en aquel momento porque su estricta madre era muy reacia a concederle caprichos sin sentido que supusieran un gasto superfluo y excesivo. Pero, por la noche, en la cama, en medio de la oscuridad, su espíritu se abrió a aquella veleidad seductora con la intensidad que tiene un impulso muchas horas refrenado que, de pronto, deja de estarlo.
     Ahora veía realizable su deseo, solo tenía que insistir un poco. Si se la pedía a su madre, seguro que se la compraba: una enciclopedia en veinte tomos, con todo lo que quisiera saber en orden alfabético, que había visto anunciada en el periódico.
     Al día siguiente, era domingo. Y después de la misa, le contó entre pucheros a su padre lo que quería, intentando averiguar de él si su madre, que era la que tomaba las grandes decisiones en casa, estaría de acuerdo en concedérselo. Su padre se burló de sus pucheros y de su deseo.
     -¿Para qué tantos libros? Luego los dejarás tirados y no los usarás -le dijo.
     -No, papá, me los leeré enteros y, cada vez que se me olviden, los leeré otra vez -dijo Raúl.
     -Díselo a la mamá -dijo su padre-. Lo que ella diga, haremos.
     Su madre estaba haciendo la comida en la cocina. Raúl llegó con cierto temor, con la cabeza gacha, afectando mucha pena por la molestia que iba a causarle.
     -¿Vas a decirme algo, Raúl? -dijo ella.
     -Es que quiero comprarme una cosa -dijo Raúl.
     -¿Qué cosa? Venga, habla, no me tengas esperando tanto -dijo la madre.
     -La enciclopedia Bombazo en veinte volúmenes -dijo Raúl con mirada y tono suplicantes.
     -Pero Raúl... ¿No es duro que este hijo mío no sepa el valor del dinero? -respondió acremente la madre-. ¿Qué te he dicho tantas veces? ¿No nos matamos tu padre y yo a trabajar todo el día para que estéis bien vestidos y comáis todo lo que tengáis gana? ¿Para qué quieres esa porquería?
     -No es una porquería, mamá -gemía Raúl-. Es para estudiar mejor y aprenderme mejor las cosas del colegio.
     En realidad, era una excusa, no le hacía falta para estudiar ni para ninguna otra cosa, simplemente era un capricho infundado; le gustaba saber y tener libros, eso era todo, pero no había ninguna utilidad detrás de su deseo, estaba desarmado ante los argumentos de su madre y tuvo que recurrir a aquella mentira.
     -Siendo así -dijo su madre-, se te comprará pero ya no me pidas nada hasta los Reyes del año que viene, ni juguetes, ni libros ni nada y, cuando estemos en casa de los tíos, no vuelvas nunca a darme prisas para que nos vayamos. ¿Lo vas a hacer así?
     Raúl sonrió y asintió alegre. De un brinco, se lanzó al cuarto de estar y de dos más al pasillo y, en una carrera, se plantó en su habitación e iba a dar un salto de triunfo cuando vio allí a su hermano mayor, que le dijo al instante, mirándole con expresión agria:
     -La enciclopedia Bombazo es para los dos...
     Una negra nube de inquietud se cernió sobre su corazón, entonces.
     -No, la mamá me la va a comprar a mí -protestó.
     -Pero el papá dice que es para los dos -dijo su hermano con gravedad-. ¿O es que una cosa tan cara va a ser solo para ti?
     Raúl agachó la cabeza y dijo triste y seriamente:
     -Pues que te la compren a ti, yo ya no la quiero.

24 de septiembre de 2013

El maletín

     El abogado y el fiscal se habían acercado a la mesa del juez a hablar en privado y el público estaba alborotado. Hubo incluso un altercado porque un hombre, hablando y gesticulando con su vecino de la derecha abofeteó sin proponérselo al vecino de la izquierda, que se había inclinado para hablar con el hombre del asiento de delante.
     -Perdone -dijo entonces el que dio en bofetón al otro-, si le hubiera visto no le habría dado.
     -¡Y que me lo voy a creer...! -gritó hoscamente el abofeteado-. Tú eres un sinvergüenza y un caradura, como el acusado, porque seguro que eres familia de él, que eso se lleva en la sangre...
     -Oiga, ¿y qué gano yo atizándole a usted? Ni que fuera usted una pelota -dijo el abofeteador.
     -Gana chulería y fastidiar a la gente honrada... que a eso se dedican los que no tienen educación.
     -Tranquilícese y no ofenda usted, que yo soy director de banco y tengo toda la educación que hay que tener y, además, no soy familia del acusado...
     El juez golpeó compulsivamente la mesa con su mazo mientras clamaba agriamente pidiendo silencio y respeto al tribunal.
     El acusado estaba siendo interrogado por el fiscal y, al reanudarse el interrogatorio, le dijo:
     -Se ha demostrado que usted no ha robado por necesidad, trabaja en una confitería y tiene dos coches. ¿Se puede saber por qué insiste en decir que el delito de robo que ha cometido tiene una disculpa que le exime de ser considerada una mala acción?
     -Mire usted -respondió el acusado-, al final de mi jornada de trabajo, los billetes de la caja registradora están todos arrugados, manchados de grasa de las manos y a veces hasta rotos, señales de que es dinero que ha circulado acarreando mucho trabajo y sufrimiento pero, cuando vi aquel maletín en el hotel, con todos los billetes sin estrenar, limpios, empaquetados en fajos y en perfecto orden, tuve la certeza de que no haría mal alguno si me lo llevaba porque tenía pinta de ser dinero que no se había ganado con demasiado esfuerzo y al dueño no le importaría mucho la pérdida.
     El público estalló en risas y murmullos mientras el juez llamaba al orden con su mazo.
     El director de banco, hablando con su sempiterno interlocutor de la derecha, esta vez sin gesticular, por si acaso tenía un segundo altercado con el vecino de la izquierda, le decía:
     -Hay que mostrar al pueblo cuánto trabajamos los banqueros, solo así, dejarán de apoyar conductas como esta.
     -Es como estar en la mina, Riquelme, como la jodida mina -dijo el de la derecha.