6 de diciembre de 2012

Una noche en el parque

A Txaro Cárdenas

   Alicia y Eduardo se arrullaban junto a la fuente del parque bajo la luna llena.

   -Alicia, te he compuesto un poema -dijo Eduardo de pronto.

   -¿Sí? -exclamó Alicia alegremente sorprendida.

   -Me lo sé de memoria -dijo él. 

   Y, mirándola a los ojos medio ocultos en la penumbra, recitó este poema:

"Estás en mi corazón 
como la Luna en el cielo. 
Puedo alcanzarla en un vuelo 
si me impulsa la pasión 
y de ti el inmenso anhelo."

   -¡Qué hermoso, Edu...! -dijo ella-. ¿Cómo ha ido la jornada? ¿Tienes algo ya?

   -No -respondió él-. No aparece nada por ningún lado. Seguiré buscando. En algún cochino sitio tiene que haber trabajo...

   -No mires muy alto, confórmate con menos... -dijo ella.

   -Estoy mirando ya en el subsuelo, Alicia -dijo él-, pero ni aún así encuentro un trabajo mínimamente decente.

   Alicia guardó silencio durante unos segundos y después, dijo con tristeza:

   -Creo que te tengo que devolver el diamante... Necesitas dinero para ti.

   -Te lo agradezco, Alicia -dijo él.

   -Y la pulsera de platino del día de los enamorados... -dijo ella.

   -Muchas gracias, amor mío -dijo él.

   Ella volvió a callar y, al cabo de unos instantes, prosiguió con un tono muy distinto, mucho más áspero:

   -Y el cuaderno de poemas tuyos y el pijama con tu foto estampada y tus fotos y te borro de facebook...

   Eduardo se puso pálido, más pálido que la luna que tenía sobre la cabeza y dijo todo desconcertado:

   -Pero, Alicia, ¿qué te pasa?

   -¿Cómo que qué me pasa? ¿Tendré que decírtelo encima? -exclamó ella con ira-. Solo estás conmigo porque no te cuesto dinero. Si yo fuera la causa de que no tuvieras trabajo, no dudarías en mandarme al infierno. Tu propia comodidad es más importante para ti que yo.

   -No es eso, Alicia, tenemos que ahorrar para casarnos. 

   -¡Y quien es la afortunada! -dijo ella tan indignada que le salía el sarcasmo por los poros de la piel.

   -Alicia, por favor, no te pongas así; quédate con el diamante y la pulsera; no los necesito. Mañana mismo encontraré un trabajo y podré seguir pagando todos los plazos.

   -Ahora ya no quiero ni el diamante ni la pulsera ni a ti. Me has demostrado que eres un ser mezquino -dijo ella.

   -Alicia, por favor, te lo ruego... esta mañana he visto un agricultor contratando gente para recoger tomates. Me parece un trabajo que desmerece de mi cualificación profesional pero te quiero y es lo que voy a hacer por ti. Pagaré ese piso aunque tenga que limpiar pocilgas a diario durante un lustro.

    -Me habías dicho que no encontrabas nada. Recoger tomates es un buen trabajo. Debes pedirle al agricultor que te contrate. El campo es saludable.

   -Lo haré, Alicia; por ti; porque eres lo que más quiero, cariño -dijo él reponiéndose del susto al comprobar que su novia se mostraba más razonable.

   -Y, si eso no te gusta, siempre puedes trabajar con mi padre.

   -¿En su academia? Ya lo hablamos, Alicia. Sabes que ya tiene un profesor de ruso...

   -Desde esta tarde, no. Lo ha puesto de patitas en la calle -dijo ella ahuecando la voz y haciéndola más grave como para dar un énfasis de importancia casi masculino a sus palabras-. El pollo quería acostarse con una alumna y no la dejaba ni a sol ni a sombra. Hoy ha intentado besarla a la fuerza; la doncellita se ha chivado a mi padre y adiós Boris... Mi padre me ha encargado pero muy encarecidamente que te brindara ese puesto.

   -¡Pero, Alicia...! ¿Como no me lo has dicho antes, gallinita? -dijo Eduardo soltando una sonora carcajada.

   -Es que te pones tan guapo quejándote amargamente de la crisis y haciendo caritas tristes que no he querido privarme del gusto de verte hoy otra vez así -dijo Alicia aparentando seriedad para realzar más la ironía.

   Eduardo puso las dos manos en la cintura de Alicia y exclamó:

   -¡Te voy a comer, brujita malvada!

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