17 de diciembre de 2012

Seis microrrelatos sobre la responsabilidad (IV)

A Bea Magaña

   El dueño de un museo, un coronel del ejército y un poeta estaban conversando en una plaza. Refiriéndose a la dificultad de cuidar a los hijos adolescentes, dijo el dueño del museo: 

   -Tengo dos en esa edad y los guardo como oro en paño. Los estudio y vigilo constantemente. No quiero que se adulteren ni deterioren. Sin embargo, he de reconocer que mi trabajo es agotador. A veces, harto de todo, sueño con que se hiciera cargo el Estado de estos menesteres.

   -A los hijos hay que mantenerlos a base de disciplina y más disciplina -dijo el coronel-. Si uno no obedece tus órdenes, castigado y en paz. Y así se hacen hombres de bien. Con todo, sí, reconozco que es agotador a veces. En cuanto lleguen a los dieciocho, los meto en el ejército y ese problema que me quito de encima.

   Entonces habló el poeta.

   -Yo les doy a leer poemas en lugar de exigirles buenas notas -dijo-. Les explico por qué es bueno respetar a los demás en lugar de promover en ellos un espíritu competitivo. Les hablo de la importancia real del amor y de su significado en lugar de obligarles a que vuelvan precisamente antes de las diez a casa. Por todas estas razones, no tengo dificultad alguna con ellos. Con total seguridad, la responsabilidad sobre una persona donde mejor está es en la capacidad de juicio de ella misma.

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