16 de diciembre de 2012

Seis microrrelatos sobre la responsabilidad (III)

A Txaro Cárdenas

   El historiador Abelino Galvez entró un día en el departamento de Literatura Medieval de la universidad donde ejercía su docencia. El profesor Javier Hurtado estaba allí leyendo en francés antiguo una Vida de Alejandro en verso. Abelino fue hasta su mesa y le dijo muy apurado: 

   -Perdona, Javier, siento mucho molestarte pero he llegado a un punto muerto... ¡Qué horror, Dios mío! No sé de qué manera voy a resolver un escollo que me ha surgido en el libro que escribo sobre la España del siglo catorce. Solo tú puedes ayudarme con esto.

   -Tú dirás... -respondió Javier Hurtado.

   -Pues mira... -dijo Abelino-, tú sabes que el trabajo de un historiador requiere de una enorme responsabilidad. Cualquier dato mal interpretado puede hacer que, durante generaciones, se difunda como cierta una falsedad absoluta o que quede perdida para siempre la más prístina verdad de los hechos. 

   -Eso parece -dijo Javier Hurtado con expresión aburrida.

   -El caso es -dijo Abelino- que he de hablar muy de pasada de El Libro de Buen Amor. Pero he consultado varios tomos y ninguno declara a qué puede referirse el Arcipreste de Hita con la expresión "buen amor"...

   -Es un sentimiento -dijo Javier Hurtado, siempre con su rostro de aburrimiento y un tono de voz monótono-. El que tiene la gente cuando se enamora.

   Abelino apartó sus manos de la mesa, donde las había apoyado mientras hablaba con su colega, enderezó su cuerpo y, mostrando en su rostro una irreprimible repugnancia unida a la más profunda estupefacción, dijo tras un silencio de unos segundos: 

   -¿Eso?

   Javier Hurtado asintió con su rostro de aburrimiento.

   -¡Madre mía! -dijo Abelino-. Menuda puerilidad...

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