26 de diciembre de 2012

Seis microrrelatos sobre la bondad (I)

A Isabela Dávila

   Un anciano de 76 años, sentado en la silla del peluquero, guiñaba los ojos y fruncía los labios porque el hombre que le estaba cortando el pelo, que hablaba con su compañero y el cliente de al lado con vehemencia y pesadumbre, le hacía daño con las tijeras haciéndole víctima de su malhumor.

   -¡Las mujeres son unos bichos! -decía el peluquero-. ¡Unos bichos...! Y los hombres son peor aún... A algunos se les ve el plumero a los tres segundos y otros tardan más pero ¿buenos...? Bueno no hay nadie. Yo sé cómo se las gasta la gente... pones dos personas juntas y tardarán lo que tarden pero acaban aborreciéndose el uno al otro. ¡Miedo a quedarse solos...! Eso es lo que les pasa a las parejas que viven juntos toda la vida. ¿Y esos viejos que van agarraditos de la mano por el parque? ¡Bah...! ¡Hiel! No tienen más que hiel en el alma, la hiel los mantiene unidos... Los humanos son malas piezas, te lo digo yo -y remató el discurso con un golpe tan brusco de tijera que hizo sacudirse sobre su asiento al anciano.

   El anciano, que disentía desde lo más hondo de su corazón con el peluquero, se decidió a replicarle poniendo todo el sarcasmo que le vino en gana dado el maltrato que estaba recibiendo de él.

   -Lástima que no tenga usted más voluntad -le dijo- porque, si la tuviera, no habría hombre más bondadoso y de trato más agradable que usted...

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