1 de diciembre de 2012

Recortes

A Bea Magaña

   Los padres de Chema se lo dan todo porque es el chiquitín de la casa, su ojito derecho. Mi padre dice también que es para que no incordie y los deje tranquilos y que de esa forma lo están convirtiendo en un chico malo que cada vez va a querer más cosas y que, cuando sea mayor, los abandonará porque lo habrán enseñado a pensar solo en sí mismo y a no querer a nadie. 

   Pero la semana pasada sus padres se fueron de vacaciones y dejaron a cargo de Chema a su hermano mayor, Pedro, que tiene catorce años y ya tiene una novia. Su padre dejó 100 euros en la mano de Pedro para los gastos de toda la semana y la nevera llena y le ordenó que administrara bien el dinero porque no habría más hasta su vuelta a la semana siguiente.

   A Chema le gustan los bollycaos y los pringles y los gofres con chocolate y las patatas fritas y los doritos y, al ver que su padre le daba a su hermano los 100 euros, se frotó las manos porque pensó que todo ese dinero se emplearía al final en chucherías. 

   Pero su hermano, al ver los 100 euros en su mano, en lo que pensó fue en hacerse un tatuaje con el nombre de su novia, Eva María Guillermina Francisca, todo entero, en los hombros, que es donde más anchura tiene su cuerpo. Así que, al otro día, Pedro se gastó 50 euros en el tatuaje y quedó solo la mitad del dinero para los gastos que hubiera que hacer. Pero, como él confiaba en que, con la nevera llena, no habría que usar el dinero para ninguna cosa, invitó a su novia al cine y estuvieron viendo una película de miedo. Chema se quedó solo en casa, pegándole patadas a la puerta de su hermano de cinco en cinco minutos porque no le quiso dar dinero para una caja de helados de cucurucho. 

   El miércoles ya no quedaban más que 20 euros, lo demás se lo había gastado Pedro en sus cosas. Y sus padres no venían hasta el domingo. Entonces Chema le plantó cara a su hermano y le dijo que, si no le daba el dinero que quedaba para comprar chuches, que le decía a su padre que se había gastado 50 euros en hacerse un tatuaje y que estaba gastando lo demás con su novia. Pero Pedro consiguió al final convencerlo de que que había que dejar 10 euros para lo que hiciera falta y que, de los otros diez, le daría la mitad.

   Chema, disgustado porque le había tocado una parte tan pequeña pero algo más calmado porque algo es algo, se fue a una tienda de todo a cien y compró una bolsa de algo que nunca había probado pero que quiso saber a qué sabía. Ahora dice que no sabe lo que era aquello y que tiró la bolsa a la papelera y que ha mirado otra vez en la tienda después de lo que pasó y no ha visto ninguna bolsa igual. Pero, al poco de comérselo, empezó a sentir dolor en la tripa y a querer ir al baño a hacer aguas mayores y, cuando su hermano llegó a casa, estaba todavía sentado en la taza del inodoro creyendo que eran sus últimas horas de vida. 

   Pedro fue a la farmacia por un antidiarréico pero volvió sin nada. 

   -Te tienes que poner un tapón con un torniquete, Chema -dijo Pedro- porque no hay dinero suficiente para medicinas.

   Chema, que no paraba de llorar, volvió a arreciar con su llantera al oírlo y le dijo a su hermano:

   -¿Tanto valen? Si quedan diez euros...

   -No, quedan sólo dos -dijo Pedro-. Es que he tenido que hacer un gasto urgente.

   Chema, que no podía separar su trasero del retrete, guiñando los ojos, que los tenía llenos de lágrimas, y volviendo a gemir como una fiera dijo:

   -¡Has matado a tu hermano! ¡Me has matado por el nombrote de tu novia...!

   Luego, se le cortó sola la diarrea y no hubo que llamar a la ambulancia. Cuando llegó su padre, hacía tres días que no quedaba ni un céntimo de lo que él les dio.

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