13 de diciembre de 2012

El Tiranosaurio Rex

A Angela Vallvey

      David no tenía unos padres ricos. Ambos estaban en el paro, además. Por eso él solo había tenido un regalo la Navidad anterior. Un dinosaurio de plástico, de pequeño tamaño pero reproducido con gran realismo. Cada día al volver del colegio, su Tiranosaurio Rex mostraba su boca bien surtida de colmillos ante su mirada arrobada. Se pasaba largo tiempo echado en el suelo contemplándolo ora de un lado ora de otro, enamorado de su maligna belleza. Cuando su madre entraba en el cuarto, él casi tenía que ocultar el juguete porque la pasión que le despertaba la sentía casi como algo vergonzoso, como si hubiera estado besando a una niña o mirando una revista de mujeres desnudas. Era un sentimiento que solo le atañía a él. No tenía que compartirlo con nadie más.

   Aquel dinosaurio era lo más opuesto a algo que sintiera deseos de besar; su belleza no radicaba precisamente en el carácter familiar y agradable que suele tener lo bello. La variedad y proporción en las formas de su anatomía era insuficiente: su cabeza extremadamente grande, sus brazos muy poco desarrollados en proporción con las enormes zancas, el dibujo de la linea de su columna, tosco e insistente en el trazo recto, tan poco parecido al de los seres humanos...

   Lo que David adoraba de aquella figura era la energía, la vitalidad, la aptitud para abrirse camino en un mundo hostil e inseguro que se desprendía incluso de la más pequeña de las arrugas de aquel muñeco. Era bello para él porque le transmitía una esperanza de avanzar con éxito en su vida, de superar todos los obstáculos que ahora creía invencibles. Lo mismo en los momentos de mayor desesperación como en los más felices, contemplando el Tiranosaurio, su modesta vida de niño solitario de 10 años algo acosado por los compañeros se transformaba, por medio de la identificación, en el exuberante tráfago de una bestia inmunda y gigantesca, tan vigorosa y firme cuando lograba éxito en su incesante búsqueda de alimento como cuando la presa se le escapaba o le hería un adversario.

   Un día, mediado el mes de abril, al llegar al colegio, se tropezó con Roberto, uno de los chicos que habitualmente le humillaban con sus chanzas y le avergonzaban. Era de menos edad que él, como todos los demás que le acosaban, pues las burlas que tanta amargura le causaban no se las permitía a los chicos de su edad y sus fuerzas. Sin embargo cuando Roberto se aproximó a él y le dijo "rana", el mote que tantas veces había oído de labios de aquellos niños aquel curso, llegó a tal punto su exasperación que, olvidándose de respetar su inferioridad física, le dio un empujón y le derribó en el suelo haciéndole llorar.

   Al ver caer al suelo a Roberto, su hermano Quino, de 12 años, lanzó una exclamación:

   -¡Si te agarro, te vas acordar de esta, chaval!

   Y se fue aproximando a él creyendo que David iba a huir. Pero David siguió allí de pie e inmóvil mirándole de cara. Esto obligó a Quino, en su primaria forma de pensar, a pegarle un bofetón y empujarle. David cayó de espaldas pero se volvió a levantar, se lanzó con furia contra Quino y le hizo también caer al suelo. Siguió luego una pelea de la que los separó un profesor.

   Toda su clase se solidarizó con él y elogió su valor. De pronto, aquella mañana, se había convertido en objeto de la admiración de todos. En su clase, el que no sentía deseos de haber hecho lo que él, al menos, encontraba hermosa su acción. Lo miraban, lo tocaban, se imaginaban en su lugar, se identificaban con él, lo destacaban del resto, había ganado en belleza a los ojos de todos.

   Pero cuando de verdad comprendió David que no estaba solo en el mundo, que su vida estaba unida a los demás, fue cuando uno de aquellos compañeros, que había visto la pelea, le dijo:

   -Parecías un Tiranosaurio Rex peleando contra un Diplodocus...

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