31 de diciembre de 2012

El mal

   Aquel adolescente veía a sus compañeros de instituto con la suficiencia que le daba el trato de unos padres que incentivaban su egolatría dando cumplimiento a cualquiera de sus deseos ante su más mínima insistencia o mostrando una exagerada admiración por aptitudes que hacía tiempo que le habían dejado de entrañar dificultad alguna. Apenas entendía la necesidad de respetar y mucho menos de sentir afecto por el resto de la humanidad. La soledad que sentía, por tanto, era irremediable, lo que le producía tal desazón y amargura que, cuando veía la felicidad en los demás, aunque la sentía como muestra de la estupidez de sus semejantes, le producía tal envidia que vengarse de ellos causándole un daño irreparable era la oculta ambición espiritual que le demandaba a gritos la sombría frustración que padecía. 

   En las tenebrosas galerías de su mente, rondaba el monstruo de la maldad sin otra finalidad que liberarle de la nausea del cariño de sus padres, destinado a ese niño que había dejado de ser sin que ellos cayesen en la cuenta, y de la envidia y resentimiento hacia los demás seres humanos, que se conducían guiados por el sentido práctico y regulados por la razón cuando, a su angustiosa forma de ver la vida, cualquier freno, cualquier cadena, cualquier tutela, por razonable que fuera, era signo de inferioridad. 

   Necesitaba una prueba de su superioridad sobre aquella multitud bulliciosa que atestaba el instituto, elevarse dignamente sobre su nauseabunda estupidez, pues, ante sus ojos de joven resentido y triste, la felicidad de sus compañeros no era más que producto de la ignorante ingenuidad de sus torpes inteligencias. Determinó, inspirado por los ídolos del mal de las producciones cinematográficas que calmaban su sed de destrucción, ejecutar una matanza en el escenario de su diario suplicio. Al menos así, se liberaría de la insatisfacción de no dar a los demás una justa idea del grado en que menospreciaba y odiaba a todo el mundo. 

   Su padre era comandante de la Guardia Civil. La mañana que eligió para dar su gran golpe, le sustrajo una de sus armas y una caja de munición. Mientras se iba acercando al instituto con su arma oculta bajo la ropa, se pudo acordar de algo que había permanecido mucho tiempo enterrado en su memoria: el día que fue con su padre a visitar en el hospital a un herido de bala, compañero de la Benemérita. Su imaginación, entonces muy impresionable, le representaba el dolor que debía causar un objeto de acero en su trayectoria a través del cuerpo, haciendo un túnel, destrozando músculos, tendones, venas, huesos, un destrozo que se tenía que traducir en la más desagradable sensación de los sentidos. Aquel recuerdo le enardeció; su arma se la representaba ahora no solo como instrumento de destrucción y amargura sino también de dolor.

   A la entrada del edificio se encontró con una muchacha. Sacó el arma y le disparó. La chica cayó al suelo y comenzó a gemir. Él la contempló, contempló su sufrimiento, ahora ella era como él, un ser que sufría, condenado a la desdicha sin remedio. Sintió en su pecho, por primera vez desde hacía mucho tiempo, el calor de una afinidad con otro ser humano. Su sufrimiento le aproximaba a él. Eso borraba, por fin, su soledad, su amarguísima soledad. Era el sufrimiento causado lo que le daba felicidad de pronto, una felicidad que hacía tiempo que había olvidado. Le disparó otra vez y otra más buscando un efímero placer hasta que acabó con su vida. Cargó su arma y fue en busca de otro ser al que amar.

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