30 de diciembre de 2012

Destino

A Isi Dávila

   Aquella lejana mañana de un día de abril, todo su mundo se había venido abajo. Sentado en el parque, jugueteaba con el colgante destinado a ella y el anillo que ya nunca luciría en su dedo. De pronto sentía un odio profundo al sexo, a ese deseo desenfrenado de los hombres y las mujeres, muchas veces ingobernable, que había sido responsable de la destrucción de las ilusiones de su corazón. Su mente le devolvía de cuando en cuando la imagen de ella cubriendo su desnudez con las sábanas al aparecer él mientras su acompañante saltaba de la cama tapándose los genitales con las manos y se colocaba la ropa interior.

   En aquellas horas, detestaba el sexo desde lo más hondo de su ser, le parecía sombrío su carácter dañino, sucio y desleal. Su mente estaba a punto de quebrarse ante el peso de la desesperación. Pero antes de sumergirse en un largo período de confusión mental, tristeza y aislamiento, una luz iluminó por unos minutos su corazón desquiciado. 

   Ella tendría unos seis años y, en la mirada, en su rostro y en todo su cuerpo, parecía irradiar una felicidad que nada tenía que ver con rapidez alguna de movimientos o expresión alguna de regocijo. Simplemente era tan bella aquella niña que solo podía habitarla la felicidad más intensa. Mientras su madre leía en un banco un libro, ella jugaba alegre con cada una de las instalaciones del parque. Él la observaba, admirado de aquella felicidad que percibía en ella y, en el fondo de sí, se determinó a amarla, con un amor puro, tan noble y generoso como era de desear al tratarse de una niña de frágil corazón. Sería su esposa, la que sustituiría a aquella otra tan indigna de su amor. Una esposa casta que le amara más allá de todo deseo sexual, más allá de la concupiscencia interesada, ciega a los sentimientos del corazón. 

   Su mente estaba ya sumergida en la niebla cuando se dirigió hacia el columpio donde ella jugaba y, tras llamar su atención con una sonrisa para que detuviera sus oscilaciones, colocándole en el cuello el colgante, con el anillo de compromiso dentro, le dijo: 

   -Eres la mujer que se casará conmigo...

   Tenía veintiséis años entonces. No volvió a recuperar la salud hasta veintiún años después. Vuelto a la vida, se dio cuenta con amargura de que había perdido los años de su juventud y se lamentó de que los goces del amor hubieran estado ausentes para él en el periodo más dulce de la vida. 

   Un domingo de diciembre, paseando por el parque, sus ojos se posaron en una hermosa joven, tan bella que no era posible que albergara otro sentimiento que la felicidad más honda y de mirada tan dulce que se adivinaba en ella la bondad y sencillez de una niña. Tendría unos veintisiete años. Era delgada, de pelo y ojos negros y de mediana estatura. Estaba sentada en un banco, leyendo sola un libro. Cuanto sus ojos le mostraban de ella era acicate para su ternura y, sin esperanza alguna de obtener nada de aquella muchacha, solo por ese deseo de mostrar afecto a un semejante cuya belleza nos conmueve, se sentó a su lado y le dijo: 

   -Eres la mujer más bella que he conocido nunca. He vivido, en mis últimos veinte años, perdido entre la amargura y el horror que mis fantasmas han hecho brotar en mi espíritu. En ese tiempo he leído mucho y escrito muchos poemas pero jamás podría explicar con palabras el sentimiento de paz y felicidad que me inspiran tus rasgos. Solo sé decirte que el mero hecho de ser tu amigo, tu gran amigo, sería tan gozoso para mí que la soledad que ahora atenaza mi alma y la llena de sombríos presagios desaparecería para siempre.

   Ella cerró entonces el libro y pudo ver cómo en una mano tenía enrollada la cadena de un colgante con un anillo dentro. Él le preguntó, lleno de perturbada emoción, si el colgante lo había comprado ella.

   -No -respondió ella-. Me lo regaló un hombre muy extraño, quizá un loco, cuando yo era una niña pequeña. Me dijo: "Eres la mujer que se casará conmigo..." y después se marchó. Desde entonces lo llevo a todas partes, es como mi amuleto.

   -¡Te recuerdo bien, niña! -dijo él incorporándose lleno de emoción-. Mi novia me acababa de engañar. Iba a darle este anillo de compromiso y este colgante pero la descubrí en la cama con otro hombre, totalmente desnudos los dos. Desde entonces odio la concupiscencia. Tú eras muy niña. Estabas jugando en este mismo parque, paré el columpio y tras colocarte el colgante te dije eso.

   La joven puso su mano en el pecho, sorprendida y emocionada.

   -¡Así ocurrió! -dijo-. ¡No me diga que era usted!

   -Eras tan bonita, niña, tan bella que mi corazón, desesperanzado, buscó refugio en tu imagen feliz. No hubo nada sucio en ello pero te amé y, como sabía que todo estaba en contra de aquel sentimiento, me tuve que marchar después de declararte mi amor. Ahora las cosas son diferentes, no es extraño que se unan dos personas que tienen veinte años de diferencia. Muchas veces he recordado aquella hermosa niña que se columpiaba en el parque en el día de mi eclipse -cogió la mano de ella y acariciándola continuó:- Necesito, al menos, ser tu gran amigo. Puedo compartirte con tu esposo...

   -No tengo esposo -dijo ella-. El destino ha dicho que tenemos que ser amigos y no debo negarme a eso...

   Desde aquel momento, ya nunca dejaron de verse y, con el tiempo, el amor más grande los unió con la fortaleza que solo tiene el corazón.

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