29 de diciembre de 2012

Desprecio

A Isi Dávila

   El desprecio es lo peor que puede sentir un ser humano, se dijo mientras se colocaba la pistolera. Quien te desprecia te mata y a eso no hay derecho. Se colocó la chaqueta de policía y tras echar un último vistazo al espejo y comprobar la pulcritud de su aspecto, salió a la calle. Al ir a pasar el puente, le saludó el vendedor del quiosco y él le respondió con una sonrisa y un gesto de su mano y siguió caminando con gesto decidido y vigoroso. Nadie podía averiguar por su expresión y la firmeza alegre de sus pasos la clase de acción que estaba a punto de hacer. Los que le conocían pensaban que iba a la comisaría como de costumbre.

   No hay nada peor que ser despreciado, decía para sus adentros mientras avanzaba hacia la guardería infantil. El desprecio es el origen de todo mal. Quien te desprecia te puede matar y, de hecho, te mata dentro de él. Esa mujer me ha despreciado y, cuando todo el mundo lo sepa, también me despreciarán. Ser nada para los demás es horroroso. Todo lo que hacemos en la vida es para que se nos tenga en cuenta. Yo soy policía, he arriesgado mi vida muchas veces por el bienestar de los míos, mi mayor felicidad es servir con mi valor personal a la felicidad de la sociedad. Pero ahora, cuando la gente se entere de que mi mujer me ha hecho esta faena, seré nada para toda esa gente, mi vida está arruinada...

   Faltaban dos manzanas para llegar a la guardería. Así quedará constancia de quién soy yo en realidad. No soy una nada, a mí no se me puede despreciar y estoy a punto de demostrarlo. Se palpó la chaqueta para comprobar que la pistola estaba debajo. Tenía la seguridad absoluta de que la llevaba pero ahora la ansiedad que sentía volvía incoherente su pensamiento.

   De pronto sonó su móvil.

   -Dígame.

   -Soy López -escuchó-. Que lo de tu mujer es una confusión. Es otra persona con el mismo nombre, no ella...

   Colgó sin contestar. De pronto, su mente se había quedado en blanco por una súbita relajación. Respiró hondo varias veces. Su mente volvía a reaccionar y le daba la sensación de que lo hacía con mucha más claridad que antes de la llamada. Su forma de ser volvía a ser la que tenía justo cuando todavía no le habían dicho que su esposa le era infiel. Su mujer, esa fémina tan atractiva de la que le había enamorado su cuerpo, tan incitante, por el espacio de diez horas creyó que había estado en posesión de otro hombre, de otro dueño. Pero ahora ya había pasado todo, se dijo, ahora ya podía pensar con lucidez. Analizaba, como si no hubiera sido él mismo, al hombre que, hacía unos momentos, iba en dirección a la guardería, donde estaba su hijo pequeño, para arrancarle la vida a disparos y se preguntó por qué iba a hacer eso, por qué demonios pensaba que de esa forma le iban a respetar más. Y todo lo que supo decirse es que su inteligencia había cometido uno de los errores más estúpidos que recordaba.

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