31 de diciembre de 2012

Cohibidos

   Apenas hacía tres meses que Gaspar y Magdalena se habían casado y ya la amargura de la rutina apagaba toda la ilusión de sus vidas. La cama, en la oscuridad, era solamente un lugar de placer físico donde cada uno por separado procuraba arrancar a su propio cuerpo la mayor dosis posible. Pero ambos temían los sentimientos, huían de ellos porque los consideraban vergonzantes, excesivos, impropios de una persona con la cabeza sobre sus hombros.

   Magdalena y Gaspar estaban en casa de unos amigos, casados ya hacía dos años. La alegría que estos manifestaban, en realidad la que aparentaban, era un tanto forzada. Decían bromas constantemente como cuando eran alegres novios pero sonaban como si las dijeran porque alguien les obligara bajo pena de alguna sanción. Magdalena sentía un poco de envidia de aquella alegría, en la que creía literalmente. Gaspar se admiraba de una pareja que era capaz de sentir tanta felicidad en su vida de matrimonio cuando él a los tres meses ya estaba echando de menos la vida de soltero.

   En realidad las bromas de sus amigos eran absurdas y repetían sin mucho sentido las que se hacían de novios pues fingían ser libres el uno del otro amenazándose con irse, cuando, de cumplirse esas amenazas, habría que hablar de divorcio y eso no parecía algo sobre lo que aquel matrimonio estuviera dispuesto a bromear; de hecho, hacía un rato, les habían enseñado la casa y mostraban por el lujo y dispendiosa apariencia que la caracterizaba un orgullo grave de propietarios.

   En un momento determinado, Gaspar y su amigo salieron a la calle porque este último le quería enseñar su almacén de productos agrícolas, que estaba ampliándose debido a los grandes beneficios que su empresa había estado obteniendo en los últimos meses. La esposa del empresario agrícola, en cambio, se quedó en casa con Magdalena preparando la comida a la que estaban invitados Gaspar y esta.

   Magdalena aprovechó que estaba sola con su amiga para hablarle de esa felicidad que envidiaba en ella y que echaba de menos en su propia vida.

   -Pilar -le dijo-, se os ve muy contentos; tenéis mucha alegría. Claro, teniendo un negocio que va tan bien...

   -No sé qué decirte -respondió Pilar-. También se tienen ratos malos. No todo en la vida es dinero...

   Magdalena no quería hacer referencia a los sentimientos pero, ante esta alusión a una esfera diferente de la economía, sintió el repentino impulso, llevada además por un íntimo anhelo, de hablar de... sí, de amor y ternura.

   -Pero, Pilar -le dijo-, tu marido es muy cariñoso, os queréis mucho. Eso tiene que darte mucha paz y alegría.

   A Pilar se le cayeron al suelo los cubiertos. No dijo nada hasta dos minutos después con la escusa de que estaba ocupada volviéndolos a fregar. Luego dijo:

   -¡Chica, qué calor hace hoy! El tiempo ahora no se sabe por dónde va a tirar, es de lo más tonto.

   Definitivamente, Magdalena concluyó que era de locos hablar de sentimientos y jamás volvió a hacerlo con ningún adulto.

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