3 de diciembre de 2012

Alvin Peters

A Beatriz Troitiño

   Alvin Peters era considerado en el mundo de la moda uno de los modelos más guapos y atractivos del planeta. Todo en él era perfecto. Sus glúteos, su torso, su barbilla, sus piernas... 

   En lo que hacía referencia a sus cualidades tanto físicas como mentales, también destacaba en todo. Las mujeres que yacían con él gozaban de un sexo tan placentero que, siendo sinceras, habían de reconocer que no se podía pedir más en esa materia. En cuanto a su inteligencia, había conseguido las mejores notas de su promoción en la universidad y gozaba de un coeficiente de inteligencia que, medido por especialistas muy cualificados, tenía una altísima puntuación. En los deportes que practicaba (tenis, rugby, hockey) demostraba pericia y habilidades sobresalientes. Tenía dotes artísticas y solía pintar y escribir bellos poemas y su sensibilidad era tan acusada que algunos críticos pensaban que era uno de los artistas más prometedores del siglo. 

   En lo que al carácter se refiere, era increíblemente bondadoso, paciente, delicado con los demás, modesto, generoso, compasivo, tierno con las mujeres, fiel en el matrimonio, amigo entregado a sus amigos, padre esforzado y capaz... Su salud era la de un roble. Su juventud, plena. Su estado espiritual, la total felicidad. Su vida amorosa, satisfactoria. Su popularidad, la que quisiera... 

   Sin embargo, había quien decía que a este hombre, tan perfecto, tan impecable, tan excelente en todo, le faltaba algo para ser humano. Cuando le decían esto, él contestaba siempre que sí, que le faltaba algo: envidia.

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