31 de diciembre de 2012

Cohibidos

   Apenas hacía tres meses que Gaspar y Magdalena se habían casado y ya la amargura de la rutina apagaba toda la ilusión de sus vidas. La cama, en la oscuridad, era solamente un lugar de placer físico donde cada uno por separado procuraba arrancar a su propio cuerpo la mayor dosis posible. Pero ambos temían los sentimientos, huían de ellos porque los consideraban vergonzantes, excesivos, impropios de una persona con la cabeza sobre sus hombros.

   Magdalena y Gaspar estaban en casa de unos amigos, casados ya hacía dos años. La alegría que estos manifestaban, en realidad la que aparentaban, era un tanto forzada. Decían bromas constantemente como cuando eran alegres novios pero sonaban como si las dijeran porque alguien les obligara bajo pena de alguna sanción. Magdalena sentía un poco de envidia de aquella alegría, en la que creía literalmente. Gaspar se admiraba de una pareja que era capaz de sentir tanta felicidad en su vida de matrimonio cuando él a los tres meses ya estaba echando de menos la vida de soltero.

   En realidad las bromas de sus amigos eran absurdas y repetían sin mucho sentido las que se hacían de novios pues fingían ser libres el uno del otro amenazándose con irse, cuando, de cumplirse esas amenazas, habría que hablar de divorcio y eso no parecía algo sobre lo que aquel matrimonio estuviera dispuesto a bromear; de hecho, hacía un rato, les habían enseñado la casa y mostraban por el lujo y dispendiosa apariencia que la caracterizaba un orgullo grave de propietarios.

   En un momento determinado, Gaspar y su amigo salieron a la calle porque este último le quería enseñar su almacén de productos agrícolas, que estaba ampliándose debido a los grandes beneficios que su empresa había estado obteniendo en los últimos meses. La esposa del empresario agrícola, en cambio, se quedó en casa con Magdalena preparando la comida a la que estaban invitados Gaspar y esta.

   Magdalena aprovechó que estaba sola con su amiga para hablarle de esa felicidad que envidiaba en ella y que echaba de menos en su propia vida.

   -Pilar -le dijo-, se os ve muy contentos; tenéis mucha alegría. Claro, teniendo un negocio que va tan bien...

   -No sé qué decirte -respondió Pilar-. También se tienen ratos malos. No todo en la vida es dinero...

   Magdalena no quería hacer referencia a los sentimientos pero, ante esta alusión a una esfera diferente de la economía, sintió el repentino impulso, llevada además por un íntimo anhelo, de hablar de... sí, de amor y ternura.

   -Pero, Pilar -le dijo-, tu marido es muy cariñoso, os queréis mucho. Eso tiene que darte mucha paz y alegría.

   A Pilar se le cayeron al suelo los cubiertos. No dijo nada hasta dos minutos después con la escusa de que estaba ocupada volviéndolos a fregar. Luego dijo:

   -¡Chica, qué calor hace hoy! El tiempo ahora no se sabe por dónde va a tirar, es de lo más tonto.

   Definitivamente, Magdalena concluyó que era de locos hablar de sentimientos y jamás volvió a hacerlo con ningún adulto.

El mal

   Aquel adolescente veía a sus compañeros de instituto con la suficiencia que le daba el trato de unos padres que incentivaban su egolatría dando cumplimiento a cualquiera de sus deseos ante su más mínima insistencia o mostrando una exagerada admiración por aptitudes que hacía tiempo que le habían dejado de entrañar dificultad alguna. Apenas entendía la necesidad de respetar y mucho menos de sentir afecto por el resto de la humanidad. La soledad que sentía, por tanto, era irremediable, lo que le producía tal desazón y amargura que, cuando veía la felicidad en los demás, aunque la sentía como muestra de la estupidez de sus semejantes, le producía tal envidia que vengarse de ellos causándole un daño irreparable era la oculta ambición espiritual que le demandaba a gritos la sombría frustración que padecía. 

   En las tenebrosas galerías de su mente, rondaba el monstruo de la maldad sin otra finalidad que liberarle de la nausea del cariño de sus padres, destinado a ese niño que había dejado de ser sin que ellos cayesen en la cuenta, y de la envidia y resentimiento hacia los demás seres humanos, que se conducían guiados por el sentido práctico y regulados por la razón cuando, a su angustiosa forma de ver la vida, cualquier freno, cualquier cadena, cualquier tutela, por razonable que fuera, era signo de inferioridad. 

   Necesitaba una prueba de su superioridad sobre aquella multitud bulliciosa que atestaba el instituto, elevarse dignamente sobre su nauseabunda estupidez, pues, ante sus ojos de joven resentido y triste, la felicidad de sus compañeros no era más que producto de la ignorante ingenuidad de sus torpes inteligencias. Determinó, inspirado por los ídolos del mal de las producciones cinematográficas que calmaban su sed de destrucción, ejecutar una matanza en el escenario de su diario suplicio. Al menos así, se liberaría de la insatisfacción de no dar a los demás una justa idea del grado en que menospreciaba y odiaba a todo el mundo. 

   Su padre era comandante de la Guardia Civil. La mañana que eligió para dar su gran golpe, le sustrajo una de sus armas y una caja de munición. Mientras se iba acercando al instituto con su arma oculta bajo la ropa, se pudo acordar de algo que había permanecido mucho tiempo enterrado en su memoria: el día que fue con su padre a visitar en el hospital a un herido de bala, compañero de la Benemérita. Su imaginación, entonces muy impresionable, le representaba el dolor que debía causar un objeto de acero en su trayectoria a través del cuerpo, haciendo un túnel, destrozando músculos, tendones, venas, huesos, un destrozo que se tenía que traducir en la más desagradable sensación de los sentidos. Aquel recuerdo le enardeció; su arma se la representaba ahora no solo como instrumento de destrucción y amargura sino también de dolor.

   A la entrada del edificio se encontró con una muchacha. Sacó el arma y le disparó. La chica cayó al suelo y comenzó a gemir. Él la contempló, contempló su sufrimiento, ahora ella era como él, un ser que sufría, condenado a la desdicha sin remedio. Sintió en su pecho, por primera vez desde hacía mucho tiempo, el calor de una afinidad con otro ser humano. Su sufrimiento le aproximaba a él. Eso borraba, por fin, su soledad, su amarguísima soledad. Era el sufrimiento causado lo que le daba felicidad de pronto, una felicidad que hacía tiempo que había olvidado. Le disparó otra vez y otra más buscando un efímero placer hasta que acabó con su vida. Cargó su arma y fue en busca de otro ser al que amar.

Seis microrrelatos sobre la bondad (VI)

A María José Valverde

   El Diablo, se fue a las puertas del Cielo a curiosear mientras se echaba un cigarrillo para descansar de sus tentaciones, posesiones y torturas varias. Estuvo muy atentamente observando la purga de almas que hacía San Pedro y, cuando la afluencia de almas se detuvo un poco, se acercó a él y le dijo:

   -A la buena paz...

   -Hola, Satanás, ¿qué hay de nuevo?

   -Na', mucho trabajo... Oye, toma la jubilación ya, jefe. ¿Estás lelo o qué? ¿Cómo se te ocurre dejar que pase un alma que se comportó en el mundo con soberbia y a la que venía detrás de él de un santo hombre que se había dedicado toda su vida a ayudar a los más necesitados me la mandas al Infierno? Tú te has olvidado del Evangelio o te has arrimado una cogorza de mírame y no me toques...

   -Ay, Satanás, lo tuyo son las formas, lo tengo claro... Ese hombre que dices que dedicó su vida a ayudar a los necesitados, los convirtió en realidad en esclavos. Fue un clérigo que daba de comer a los cristianos pobres y con sus palabras metía en las almas de aquellos a quienes ayudaba los remordimientos, el odio a sí mismos y el miedo al pecado. Alimentó sus cuerpos pero mató sus almas haciéndoles creer en un dios triste que amaba la muerte. El alma soberbia de la que me hablas, en cambio, ganó en la Tierra su fama de soberbio por indignarse justamente una y otra vez contra las blandas cadenas de la legión de espíritus crueles que, con cobardía, desahogan sus ansias de humillar y someter con la misma mano que tienden y que, con un falso sentido de la responsabilidad y carentes de imaginación, apagan en las almas en las que influyen cuanta vida, amor, belleza y bien auténticos brotan en ellas. Le consideraron soberbio en la Tierra pero aquí sabemos que es un alma entregada por completo al Bien y verá un que otro partido en el palco con el Creador.

   El diablo, arrugando el morro, asintió como sorprendido por lo paradójico de las revelaciones de San Pedro y dijo:

   -No te diré que no pero pa' mí que lo que dice el Catecismo es lo que vale...

30 de diciembre de 2012

Destino

A Isi Dávila

   Aquella lejana mañana de un día de abril, todo su mundo se había venido abajo. Sentado en el parque, jugueteaba con el colgante destinado a ella y el anillo que ya nunca luciría en su dedo. De pronto sentía un odio profundo al sexo, a ese deseo desenfrenado de los hombres y las mujeres, muchas veces ingobernable, que había sido responsable de la destrucción de las ilusiones de su corazón. Su mente le devolvía de cuando en cuando la imagen de ella cubriendo su desnudez con las sábanas al aparecer él mientras su acompañante saltaba de la cama tapándose los genitales con las manos y se colocaba la ropa interior.

   En aquellas horas, detestaba el sexo desde lo más hondo de su ser, le parecía sombrío su carácter dañino, sucio y desleal. Su mente estaba a punto de quebrarse ante el peso de la desesperación. Pero antes de sumergirse en un largo período de confusión mental, tristeza y aislamiento, una luz iluminó por unos minutos su corazón desquiciado. 

   Ella tendría unos seis años y, en la mirada, en su rostro y en todo su cuerpo, parecía irradiar una felicidad que nada tenía que ver con rapidez alguna de movimientos o expresión alguna de regocijo. Simplemente era tan bella aquella niña que solo podía habitarla la felicidad más intensa. Mientras su madre leía en un banco un libro, ella jugaba alegre con cada una de las instalaciones del parque. Él la observaba, admirado de aquella felicidad que percibía en ella y, en el fondo de sí, se determinó a amarla, con un amor puro, tan noble y generoso como era de desear al tratarse de una niña de frágil corazón. Sería su esposa, la que sustituiría a aquella otra tan indigna de su amor. Una esposa casta que le amara más allá de todo deseo sexual, más allá de la concupiscencia interesada, ciega a los sentimientos del corazón. 

   Su mente estaba ya sumergida en la niebla cuando se dirigió hacia el columpio donde ella jugaba y, tras llamar su atención con una sonrisa para que detuviera sus oscilaciones, colocándole en el cuello el colgante, con el anillo de compromiso dentro, le dijo: 

   -Eres la mujer que se casará conmigo...

   Tenía veintiséis años entonces. No volvió a recuperar la salud hasta veintiún años después. Vuelto a la vida, se dio cuenta con amargura de que había perdido los años de su juventud y se lamentó de que los goces del amor hubieran estado ausentes para él en el periodo más dulce de la vida. 

   Un domingo de diciembre, paseando por el parque, sus ojos se posaron en una hermosa joven, tan bella que no era posible que albergara otro sentimiento que la felicidad más honda y de mirada tan dulce que se adivinaba en ella la bondad y sencillez de una niña. Tendría unos veintisiete años. Era delgada, de pelo y ojos negros y de mediana estatura. Estaba sentada en un banco, leyendo sola un libro. Cuanto sus ojos le mostraban de ella era acicate para su ternura y, sin esperanza alguna de obtener nada de aquella muchacha, solo por ese deseo de mostrar afecto a un semejante cuya belleza nos conmueve, se sentó a su lado y le dijo: 

   -Eres la mujer más bella que he conocido nunca. He vivido, en mis últimos veinte años, perdido entre la amargura y el horror que mis fantasmas han hecho brotar en mi espíritu. En ese tiempo he leído mucho y escrito muchos poemas pero jamás podría explicar con palabras el sentimiento de paz y felicidad que me inspiran tus rasgos. Solo sé decirte que el mero hecho de ser tu amigo, tu gran amigo, sería tan gozoso para mí que la soledad que ahora atenaza mi alma y la llena de sombríos presagios desaparecería para siempre.

   Ella cerró entonces el libro y pudo ver cómo en una mano tenía enrollada la cadena de un colgante con un anillo dentro. Él le preguntó, lleno de perturbada emoción, si el colgante lo había comprado ella.

   -No -respondió ella-. Me lo regaló un hombre muy extraño, quizá un loco, cuando yo era una niña pequeña. Me dijo: "Eres la mujer que se casará conmigo..." y después se marchó. Desde entonces lo llevo a todas partes, es como mi amuleto.

   -¡Te recuerdo bien, niña! -dijo él incorporándose lleno de emoción-. Mi novia me acababa de engañar. Iba a darle este anillo de compromiso y este colgante pero la descubrí en la cama con otro hombre, totalmente desnudos los dos. Desde entonces odio la concupiscencia. Tú eras muy niña. Estabas jugando en este mismo parque, paré el columpio y tras colocarte el colgante te dije eso.

   La joven puso su mano en el pecho, sorprendida y emocionada.

   -¡Así ocurrió! -dijo-. ¡No me diga que era usted!

   -Eras tan bonita, niña, tan bella que mi corazón, desesperanzado, buscó refugio en tu imagen feliz. No hubo nada sucio en ello pero te amé y, como sabía que todo estaba en contra de aquel sentimiento, me tuve que marchar después de declararte mi amor. Ahora las cosas son diferentes, no es extraño que se unan dos personas que tienen veinte años de diferencia. Muchas veces he recordado aquella hermosa niña que se columpiaba en el parque en el día de mi eclipse -cogió la mano de ella y acariciándola continuó:- Necesito, al menos, ser tu gran amigo. Puedo compartirte con tu esposo...

   -No tengo esposo -dijo ella-. El destino ha dicho que tenemos que ser amigos y no debo negarme a eso...

   Desde aquel momento, ya nunca dejaron de verse y, con el tiempo, el amor más grande los unió con la fortaleza que solo tiene el corazón.

Seis microrrelatos sobre la bondad (V)

A Nadia Benkouider

   El conejo dijo al lince:

   -El Bien es relativo. Lo que es bueno para ti es malo para mí.

   Y el lince contestó al conejo:

   -Te equivocas. Que yo coma conejos es bueno para mí y para ti. Cuanto más coma yo, más comida habrá para ti y, cuando seas tan viejo que te pueda cazar, te evitaré una muerte lenta y dolorosa.

29 de diciembre de 2012

Desprecio

A Isi Dávila

   El desprecio es lo peor que puede sentir un ser humano, se dijo mientras se colocaba la pistolera. Quien te desprecia te mata y a eso no hay derecho. Se colocó la chaqueta de policía y tras echar un último vistazo al espejo y comprobar la pulcritud de su aspecto, salió a la calle. Al ir a pasar el puente, le saludó el vendedor del quiosco y él le respondió con una sonrisa y un gesto de su mano y siguió caminando con gesto decidido y vigoroso. Nadie podía averiguar por su expresión y la firmeza alegre de sus pasos la clase de acción que estaba a punto de hacer. Los que le conocían pensaban que iba a la comisaría como de costumbre.

   No hay nada peor que ser despreciado, decía para sus adentros mientras avanzaba hacia la guardería infantil. El desprecio es el origen de todo mal. Quien te desprecia te puede matar y, de hecho, te mata dentro de él. Esa mujer me ha despreciado y, cuando todo el mundo lo sepa, también me despreciarán. Ser nada para los demás es horroroso. Todo lo que hacemos en la vida es para que se nos tenga en cuenta. Yo soy policía, he arriesgado mi vida muchas veces por el bienestar de los míos, mi mayor felicidad es servir con mi valor personal a la felicidad de la sociedad. Pero ahora, cuando la gente se entere de que mi mujer me ha hecho esta faena, seré nada para toda esa gente, mi vida está arruinada...

   Faltaban dos manzanas para llegar a la guardería. Así quedará constancia de quién soy yo en realidad. No soy una nada, a mí no se me puede despreciar y estoy a punto de demostrarlo. Se palpó la chaqueta para comprobar que la pistola estaba debajo. Tenía la seguridad absoluta de que la llevaba pero ahora la ansiedad que sentía volvía incoherente su pensamiento.

   De pronto sonó su móvil.

   -Dígame.

   -Soy López -escuchó-. Que lo de tu mujer es una confusión. Es otra persona con el mismo nombre, no ella...

   Colgó sin contestar. De pronto, su mente se había quedado en blanco por una súbita relajación. Respiró hondo varias veces. Su mente volvía a reaccionar y le daba la sensación de que lo hacía con mucha más claridad que antes de la llamada. Su forma de ser volvía a ser la que tenía justo cuando todavía no le habían dicho que su esposa le era infiel. Su mujer, esa fémina tan atractiva de la que le había enamorado su cuerpo, tan incitante, por el espacio de diez horas creyó que había estado en posesión de otro hombre, de otro dueño. Pero ahora ya había pasado todo, se dijo, ahora ya podía pensar con lucidez. Analizaba, como si no hubiera sido él mismo, al hombre que, hacía unos momentos, iba en dirección a la guardería, donde estaba su hijo pequeño, para arrancarle la vida a disparos y se preguntó por qué iba a hacer eso, por qué demonios pensaba que de esa forma le iban a respetar más. Y todo lo que supo decirse es que su inteligencia había cometido uno de los errores más estúpidos que recordaba.

Seis microrrelatos sobre la bondad (IV)

A Cleopatra Smith

   -No, Hagen -decía Bertram Fischer a su vecino de mesa en una cena en casa de los Kaufmann-, la prueba de que los inteligentes prefieren el Mal es el hecho que los sucesos que protagonizan la Historia brotan de acciones e intenciones malvadas y la evidencia de que todo es sufrimiento en el mundo para los que no se alzan con el poder.

   -Lamento disentir de ti, Fischer -dijo Hagen Schreiber tras pasar por sus labios una servilleta-. Eso lo único que probaría es algo que es bien sabido de todos: la nefasta ansia de protagonismo de los chiquilicuatros.

28 de diciembre de 2012

Seis microrrelatos sobre la bondad (III)

A Isabel Olmos

   En los Juegos Olímpicos del año 25.280, el deporte de la bondad fue la estrella, con unos índices de audiencia del 83% para toda la parrilla de televisión en prime time. El triunfante vencedor fue un atleta congoleño al que se le hizo más tarde una entrevista. En ella se le preguntó cómo conseguía mentalizarse para conseguir tan alta puntuación.

   -Bueno -contestó él con su imperfecto inglés-, yo nunca pienso que esté haciendo un esfuerzo o una acción que me obligue a trabajar contra mi natural inclinación. Simplemente, me digo que la opción de la bondad es la única manera de actuar que quiere escoger lo más hondo de mi ser.

27 de diciembre de 2012

Seis microrrelatos sobre la bondad (II)

A Beatriz Troitiño

   A las puertas del Cielo, hay que rellenar un breve test de cuatro preguntas y el que falle una sola va al infierno donde uno se aburre como una ostra porque no hay allí nada que valga la pena. 

   Alguien que ha conseguido volver a la vida después de una experiencia cercana a la muerte ha podido transmitirnos ese test cuyas respuestas correctas incluso conoce porque las copió de un alma que consiguió entrar a la Gloria.

   Las preguntas empiezan todas con "¿En caso de conflicto entre estas dos cosas a cuál daría preferencia?" Hay tres opciones de respuesta, A, B y ambas. En la primera pregunta, la opción A es los seres humanos y la B, el dinero. En la segunda, A es los seres humanos y B, el amor. En la tercera, A es los seres humanos y B, Dios. En la cuarta y última, A es los seres humanos y B es la bondad. 

   Según el hombre que volvió de la muerte, lo que hizo al recuperarse milagrosamente de una embolia cerebral, el alma que consiguió entrar en el Cielo había dado preferencia en las cuatro respuestas a la opción A.

26 de diciembre de 2012

Seis microrrelatos sobre la bondad (I)

A Isabela Dávila

   Un anciano de 76 años, sentado en la silla del peluquero, guiñaba los ojos y fruncía los labios porque el hombre que le estaba cortando el pelo, que hablaba con su compañero y el cliente de al lado con vehemencia y pesadumbre, le hacía daño con las tijeras haciéndole víctima de su malhumor.

   -¡Las mujeres son unos bichos! -decía el peluquero-. ¡Unos bichos...! Y los hombres son peor aún... A algunos se les ve el plumero a los tres segundos y otros tardan más pero ¿buenos...? Bueno no hay nadie. Yo sé cómo se las gasta la gente... pones dos personas juntas y tardarán lo que tarden pero acaban aborreciéndose el uno al otro. ¡Miedo a quedarse solos...! Eso es lo que les pasa a las parejas que viven juntos toda la vida. ¿Y esos viejos que van agarraditos de la mano por el parque? ¡Bah...! ¡Hiel! No tienen más que hiel en el alma, la hiel los mantiene unidos... Los humanos son malas piezas, te lo digo yo -y remató el discurso con un golpe tan brusco de tijera que hizo sacudirse sobre su asiento al anciano.

   El anciano, que disentía desde lo más hondo de su corazón con el peluquero, se decidió a replicarle poniendo todo el sarcasmo que le vino en gana dado el maltrato que estaba recibiendo de él.

   -Lástima que no tenga usted más voluntad -le dijo- porque, si la tuviera, no habría hombre más bondadoso y de trato más agradable que usted...

25 de diciembre de 2012

Seis microrrelatos sobre la imaginación (VI)

A Gladis Leonor Ataide  

   Los niños cantaban la tabla de multiplicar aquella mañana de 1973. 
"Uno por uno es uno, uno por dos, dos..."
    Uno de ellos calló al ver un pajarito en la ventana. Quiso verlo de más cerca y se aproximó con sigilo. Como el pajarito no se movía, se acercó otro poquito. Y, al ver que el pajarito seguía allí y que incluso podía escucharle canta que te canta en la ventana y que no se asustaba de él, se acercó más y más y más... Pero, de pronto... sintió caer sobre sí como el enorme peso de un elefante. Era la velluda mano del maestro descargada con ira contra su frágil cabecita como castigo ominoso contra su intolerable falta de disciplina.

24 de diciembre de 2012

Seis microrrelatos sobre la imaginación (V)

A Saoirse Jignesh

   Era un viejo amigo de la familia que acababa de llegar de un viaje. Había estado en cinco lugares de Europa y también en Sumatra y Java antes de volar a Wyoming para ver la Torre del Diablo que se veía en la película Encuentros en la Tercera Fase. Era un domingo por la tarde y estaba toda la familia en el salón. El pequeño de la casa estaba en el suelo jugando con su microscopio y la hija viendo la película. El matrimonio hablaba con el visitante. La mujer, Silvia, dijo: 

   -Debe ser excitante recorrer tantos lugares en tan pocos días... Estarás deseando repetir la experiencia.

   -En absoluto -dijo el viajero arrellanándose en el sofá con expresión de fastidio-. El mundo es solo mundo. Estar en un sitio es como estar en todos, no hay nada nuevo bajo el sol, Silvia. Donde mejor se está es en donde vives; así, al menos tienes con quien hablar -y, como ya se había hablado de sobra de su viaje, por cambiar de tema, dirigió su mirada hacia el niño y dijo:-. ¿Qué haces, Jorgito? ¿No quieres contarme nada?

   -¡Bueno, no quieres tú nada...! -dijo la mujer-. Desde que Alberto le compró el microscopio y se dio cuenta de las cosas que hay en un grano de pimienta, no le podemos separar del chisme.

23 de diciembre de 2012

Seis microrrelatos sobre la imaginación (IV)

A Aura Cano Ruíz

   La crisis económica llevó a un escritor a visitar una funeraria para solicitar trabajo. Se dirigió al dueño de la funeraria y le preguntó si tenía empleo para él.

   -¿Tiene experiencia en una funeraria? -dijo el dueño.

   -Pues no, desgraciadamente -contestó el escritor.

   -¿Tiene alguna habilidad especial o aptitud para algo? -preguntó el dueño.

   -Pues... tengo mucha imaginación -respondió el escritor.

   El dueño bajó su mirada hacia los papeles con los que estaba ocupado cuando llegó el escritor y respondió sin molestarse en volverla a levantar: 

   -Lo siento, busque en otro lugar, seguro que encuentra algo.

22 de diciembre de 2012

Seis microrrelatos sobre la imaginación (III)

A Aura, administradora 
del blog Días y Alegrías.

   En un país eslavo, se fundó, con la llegada de las democracias tras el derrocamiento del marxismo, una academia para enseñar a ser creativo y avivar las mentes pero fue un negocio ruinoso porque los conocimientos de los profesores y las instalaciones mismas de la academia se volvían obsoletos con extrema celeridad.

21 de diciembre de 2012

Seis microrrelatos sobre la imaginación (II)

A Nora Francucci

   Cuando los ordenadores alcanzaron un nivel de perfección imposible de superar, los científicos decían que estos artefactos eran ya tan proteicos y versátiles como la misma vida o incluso más aún. Pero alguien les respondió que, para que fueran tan versátiles como la vida misma, les faltaba un último escalón: la versatilidad de su versatilidad y lo explicó diciendo que ningún robot tenía la más remota noción de lo que era un lunes.

20 de diciembre de 2012

Seis microrrelatos sobre la imaginación (I)

A Isabela Dávila

   No sabía qué era lo que su corazón le estaba pidiendo pero sabía que su vida carecía de algo. Los amigos le empezaban a cansar; ya no disfrutaba con sus chistes, siempre iguales, con sus salidas a los mismos sitios, con esa afición suya tan pertinaz por el fútbol, que él ya no sentía. Su esposa parecía no sentir ya nada por él; todo era muy frío en su trato. Su trabajo era monótono y no le resultaba ya tan estimulante como cuando empezó. Todo en su vida era gris ahora...

   Estaba pensando en su mesa de despacho en qué sería aquello que le faltaba a su vida y tan abstraído se quedó que el cigarrillo que se había puesto en la boca para encenderlo se le cayó de los labios. 

   -¡Ahora caigo! -se dijo al fin-. A mi vida le falta vida.

19 de diciembre de 2012

Seis microrrelatos sobre la responsabilidad (VI)

A Eya Jlassi

   -Papi...

   -¿Qué, Luisito?

   -Mmm... ¿Por qué los niños no podemos ir a la cárcel?

   -Porque no tenéis responsabilidad.

   -¿Por qué no tenemos responsabilidad? ¿Porque todo lo que pensamos y hacemos es bueno?

   -No. Porque todo lo que pensáis y hacéis es malo.

18 de diciembre de 2012

Seis microrrelatos sobre la responsabilidad (V)

A Mónica Benítez Tarrés

   "Cuentan que, hace muchos milenios, un hombre-dios cargó con los pecados de todos los hombres para salvarlos de su culpa y que, en adelante, los que creyeron en ese dios cargaron con los pecados de todos sus teólogos y sacerdotes, que edificaron una religión que llenaba el alma de miedo, sufrimiento y esclavitud."

17 de diciembre de 2012

Seis microrrelatos sobre la responsabilidad (IV)

A Bea Magaña

   El dueño de un museo, un coronel del ejército y un poeta estaban conversando en una plaza. Refiriéndose a la dificultad de cuidar a los hijos adolescentes, dijo el dueño del museo: 

   -Tengo dos en esa edad y los guardo como oro en paño. Los estudio y vigilo constantemente. No quiero que se adulteren ni deterioren. Sin embargo, he de reconocer que mi trabajo es agotador. A veces, harto de todo, sueño con que se hiciera cargo el Estado de estos menesteres.

   -A los hijos hay que mantenerlos a base de disciplina y más disciplina -dijo el coronel-. Si uno no obedece tus órdenes, castigado y en paz. Y así se hacen hombres de bien. Con todo, sí, reconozco que es agotador a veces. En cuanto lleguen a los dieciocho, los meto en el ejército y ese problema que me quito de encima.

   Entonces habló el poeta.

   -Yo les doy a leer poemas en lugar de exigirles buenas notas -dijo-. Les explico por qué es bueno respetar a los demás en lugar de promover en ellos un espíritu competitivo. Les hablo de la importancia real del amor y de su significado en lugar de obligarles a que vuelvan precisamente antes de las diez a casa. Por todas estas razones, no tengo dificultad alguna con ellos. Con total seguridad, la responsabilidad sobre una persona donde mejor está es en la capacidad de juicio de ella misma.

16 de diciembre de 2012

Seis microrrelatos sobre la responsabilidad (III)

A Txaro Cárdenas

   El historiador Abelino Galvez entró un día en el departamento de Literatura Medieval de la universidad donde ejercía su docencia. El profesor Javier Hurtado estaba allí leyendo en francés antiguo una Vida de Alejandro en verso. Abelino fue hasta su mesa y le dijo muy apurado: 

   -Perdona, Javier, siento mucho molestarte pero he llegado a un punto muerto... ¡Qué horror, Dios mío! No sé de qué manera voy a resolver un escollo que me ha surgido en el libro que escribo sobre la España del siglo catorce. Solo tú puedes ayudarme con esto.

   -Tú dirás... -respondió Javier Hurtado.

   -Pues mira... -dijo Abelino-, tú sabes que el trabajo de un historiador requiere de una enorme responsabilidad. Cualquier dato mal interpretado puede hacer que, durante generaciones, se difunda como cierta una falsedad absoluta o que quede perdida para siempre la más prístina verdad de los hechos. 

   -Eso parece -dijo Javier Hurtado con expresión aburrida.

   -El caso es -dijo Abelino- que he de hablar muy de pasada de El Libro de Buen Amor. Pero he consultado varios tomos y ninguno declara a qué puede referirse el Arcipreste de Hita con la expresión "buen amor"...

   -Es un sentimiento -dijo Javier Hurtado, siempre con su rostro de aburrimiento y un tono de voz monótono-. El que tiene la gente cuando se enamora.

   Abelino apartó sus manos de la mesa, donde las había apoyado mientras hablaba con su colega, enderezó su cuerpo y, mostrando en su rostro una irreprimible repugnancia unida a la más profunda estupefacción, dijo tras un silencio de unos segundos: 

   -¿Eso?

   Javier Hurtado asintió con su rostro de aburrimiento.

   -¡Madre mía! -dijo Abelino-. Menuda puerilidad...

15 de diciembre de 2012

Seis microrrelatos sobre la responsabilidad (II)

A Susana Escarabajal Magaña

   El párroco se confesaba con el obispo con estas palabras:

   -Hay veces, verdaderamente, Excelentísimo Señor, en que quisiera no cargar con las almas de mi parroquia. En esas ocasiones, creo que por mi alma pecadora, quisiera dejar que se fueran todos al infierno y descansar, descansar... 

   El párroco calló y el obispo, tras varios segundos de silencio, dijo enormemente molesto: 

   -¡Padre, venga, venga... pecados, pecados... que no tenemos todo el día! ¡Antes nos vamos al infierno que aguantar esta pesadez!

14 de diciembre de 2012

Seis microrrelatos sobre la responsabilidad (I)

A Isabela Dávila 

   Se encontraba realmente abatido. Se levantó de su mesa de despacho y, tras dar unos pasos por la habitación, se miró en el espejo con adornos de cornucopias y ramas de olivo.

   -Este país se me hunde -dijo contemplando su reflejo-. No puedo hacer nada contra la crisis económica. Las nacionalidades históricas se me quieren separar. Hasta presionan para que quitemos las corridas de toros... La corona está en sus niveles más bajos de popularidad desde el comienzo de la democracia. Las cifras de paro son cada vez más elevadas... Este país se me desmorona y yo no puedo hacer nada... ¡No puedo hacer nada, estoy realmente desolado...! 

   Agachó la cabeza y se frotó los cansados ojos. Volvió a mirarse en el espejo y dijo:

   -¡Pero qué demonios! No puedo hacer nada porque no soy el presidente del gobierno. Y además no soy español sino suizo...

13 de diciembre de 2012

El Tiranosaurio Rex

A Angela Vallvey

      David no tenía unos padres ricos. Ambos estaban en el paro, además. Por eso él solo había tenido un regalo la Navidad anterior. Un dinosaurio de plástico, de pequeño tamaño pero reproducido con gran realismo. Cada día al volver del colegio, su Tiranosaurio Rex mostraba su boca bien surtida de colmillos ante su mirada arrobada. Se pasaba largo tiempo echado en el suelo contemplándolo ora de un lado ora de otro, enamorado de su maligna belleza. Cuando su madre entraba en el cuarto, él casi tenía que ocultar el juguete porque la pasión que le despertaba la sentía casi como algo vergonzoso, como si hubiera estado besando a una niña o mirando una revista de mujeres desnudas. Era un sentimiento que solo le atañía a él. No tenía que compartirlo con nadie más.

   Aquel dinosaurio era lo más opuesto a algo que sintiera deseos de besar; su belleza no radicaba precisamente en el carácter familiar y agradable que suele tener lo bello. La variedad y proporción en las formas de su anatomía era insuficiente: su cabeza extremadamente grande, sus brazos muy poco desarrollados en proporción con las enormes zancas, el dibujo de la linea de su columna, tosco e insistente en el trazo recto, tan poco parecido al de los seres humanos...

   Lo que David adoraba de aquella figura era la energía, la vitalidad, la aptitud para abrirse camino en un mundo hostil e inseguro que se desprendía incluso de la más pequeña de las arrugas de aquel muñeco. Era bello para él porque le transmitía una esperanza de avanzar con éxito en su vida, de superar todos los obstáculos que ahora creía invencibles. Lo mismo en los momentos de mayor desesperación como en los más felices, contemplando el Tiranosaurio, su modesta vida de niño solitario de 10 años algo acosado por los compañeros se transformaba, por medio de la identificación, en el exuberante tráfago de una bestia inmunda y gigantesca, tan vigorosa y firme cuando lograba éxito en su incesante búsqueda de alimento como cuando la presa se le escapaba o le hería un adversario.

   Un día, mediado el mes de abril, al llegar al colegio, se tropezó con Roberto, uno de los chicos que habitualmente le humillaban con sus chanzas y le avergonzaban. Era de menos edad que él, como todos los demás que le acosaban, pues las burlas que tanta amargura le causaban no se las permitía a los chicos de su edad y sus fuerzas. Sin embargo cuando Roberto se aproximó a él y le dijo "rana", el mote que tantas veces había oído de labios de aquellos niños aquel curso, llegó a tal punto su exasperación que, olvidándose de respetar su inferioridad física, le dio un empujón y le derribó en el suelo haciéndole llorar.

   Al ver caer al suelo a Roberto, su hermano Quino, de 12 años, lanzó una exclamación:

   -¡Si te agarro, te vas acordar de esta, chaval!

   Y se fue aproximando a él creyendo que David iba a huir. Pero David siguió allí de pie e inmóvil mirándole de cara. Esto obligó a Quino, en su primaria forma de pensar, a pegarle un bofetón y empujarle. David cayó de espaldas pero se volvió a levantar, se lanzó con furia contra Quino y le hizo también caer al suelo. Siguió luego una pelea de la que los separó un profesor.

   Toda su clase se solidarizó con él y elogió su valor. De pronto, aquella mañana, se había convertido en objeto de la admiración de todos. En su clase, el que no sentía deseos de haber hecho lo que él, al menos, encontraba hermosa su acción. Lo miraban, lo tocaban, se imaginaban en su lugar, se identificaban con él, lo destacaban del resto, había ganado en belleza a los ojos de todos.

   Pero cuando de verdad comprendió David que no estaba solo en el mundo, que su vida estaba unida a los demás, fue cuando uno de aquellos compañeros, que había visto la pelea, le dijo:

   -Parecías un Tiranosaurio Rex peleando contra un Diplodocus...

10 de diciembre de 2012

No tan elemental

A Alejandra Morales

   Un grupo de hombres vestidos con trajes negros hacían un corrillo en una acera entorno a otro hombre con una corbata roja que hablaba mientras inspeccionaba la puerta delantera de un coche.

   -El propietario -les decía-, a juzgar por el modelo del vehículo, debe rondar entre los 50 y los 65 años. Es moreno pues observo uno de sus pelos en la base de la luna. Es alcohólico sin duda porque ha ido dejando a lo largo del tiempo numerosas marcas con la llave alrededor de la cerradura, lo que quiere decir que no acertaba a introducirla en el orificio...

   Un hombre de unos 45 años con un jersey verde que acababa de incorporarse al grupo, al oír esto, dijo dirigiéndose al de la corbata roja:

   -Oiga, caballero, ¿por qué están todos ustedes tan interesados en el propietario de este coche?

   -Simple ejercicio de las dotes de observación -contestó el de la corbata roja-. Doy a estos señores un master para detectives privados y, por no estar todo el tiempo dentro de la clase y por hacer prácticas en la vida real, les estoy mostrando cómo y qué observar mientras damos un paseo de relax por la calle.

   -Permítame que le diga -dijo el del jersey verde- que el propietario de este coche soy yo pero nunca he montado borracho; de hecho, nunca bebo más de lo debido. Pero, en lo que se refiere a las marcas, tiene usted razón: las hizo un borracho y, si no fuera porque llegué yo y le dije que este no era su coche, se habría pasado la noche rayándome la puerta.

8 de diciembre de 2012

Buñuelos

A Mary Cruz Sastre

   Paco estaba sentado comenzando a cenar mientras su esposa Josefina, embarazada de cinco meses, terminaba de preparar la mesa. Cuando Josefina salió de la cocina con una fuente de buñuelos, Paco puso una sonrisa de oreja a oreja y dijo:

   -¡Buñuelos! ¡Con lo que a mí me gustan...!

   -Por eso te los he hecho, Paco -dijo Josefina-, porque sé cuánto te gustan.

   Josefina se sentó a la mesa y, al cabo de un rato, Paco le dijo:

   -Josefina, ¿te pega ya alguna patada?

   -No, aún no noto nada -dijo ella.

   Tras un largo silencio, Josefina dijo:

   -Paco, ¿me querrás siempre?

   Él se rió y respondió con aparente ironía:

   -Ya veremos, mujer... Lo que me pida el cuerpo...

   El silencio siguiente duró hasta los postres.

   Paco cogió un buñuelo y dijo:

   -Mañana me haces otra vez buñuelos, ¿eh?

   Josefina contestó:

   -Ya veremos... Lo que me pida el cuerpo...

6 de diciembre de 2012

Una noche en el parque

A Txaro Cárdenas

   Alicia y Eduardo se arrullaban junto a la fuente del parque bajo la luna llena.

   -Alicia, te he compuesto un poema -dijo Eduardo de pronto.

   -¿Sí? -exclamó Alicia alegremente sorprendida.

   -Me lo sé de memoria -dijo él. 

   Y, mirándola a los ojos medio ocultos en la penumbra, recitó este poema:

"Estás en mi corazón 
como la Luna en el cielo. 
Puedo alcanzarla en un vuelo 
si me impulsa la pasión 
y de ti el inmenso anhelo."

   -¡Qué hermoso, Edu...! -dijo ella-. ¿Cómo ha ido la jornada? ¿Tienes algo ya?

   -No -respondió él-. No aparece nada por ningún lado. Seguiré buscando. En algún cochino sitio tiene que haber trabajo...

   -No mires muy alto, confórmate con menos... -dijo ella.

   -Estoy mirando ya en el subsuelo, Alicia -dijo él-, pero ni aún así encuentro un trabajo mínimamente decente.

   Alicia guardó silencio durante unos segundos y después, dijo con tristeza:

   -Creo que te tengo que devolver el diamante... Necesitas dinero para ti.

   -Te lo agradezco, Alicia -dijo él.

   -Y la pulsera de platino del día de los enamorados... -dijo ella.

   -Muchas gracias, amor mío -dijo él.

   Ella volvió a callar y, al cabo de unos instantes, prosiguió con un tono muy distinto, mucho más áspero:

   -Y el cuaderno de poemas tuyos y el pijama con tu foto estampada y tus fotos y te borro de facebook...

   Eduardo se puso pálido, más pálido que la luna que tenía sobre la cabeza y dijo todo desconcertado:

   -Pero, Alicia, ¿qué te pasa?

   -¿Cómo que qué me pasa? ¿Tendré que decírtelo encima? -exclamó ella con ira-. Solo estás conmigo porque no te cuesto dinero. Si yo fuera la causa de que no tuvieras trabajo, no dudarías en mandarme al infierno. Tu propia comodidad es más importante para ti que yo.

   -No es eso, Alicia, tenemos que ahorrar para casarnos. 

   -¡Y quien es la afortunada! -dijo ella tan indignada que le salía el sarcasmo por los poros de la piel.

   -Alicia, por favor, no te pongas así; quédate con el diamante y la pulsera; no los necesito. Mañana mismo encontraré un trabajo y podré seguir pagando todos los plazos.

   -Ahora ya no quiero ni el diamante ni la pulsera ni a ti. Me has demostrado que eres un ser mezquino -dijo ella.

   -Alicia, por favor, te lo ruego... esta mañana he visto un agricultor contratando gente para recoger tomates. Me parece un trabajo que desmerece de mi cualificación profesional pero te quiero y es lo que voy a hacer por ti. Pagaré ese piso aunque tenga que limpiar pocilgas a diario durante un lustro.

    -Me habías dicho que no encontrabas nada. Recoger tomates es un buen trabajo. Debes pedirle al agricultor que te contrate. El campo es saludable.

   -Lo haré, Alicia; por ti; porque eres lo que más quiero, cariño -dijo él reponiéndose del susto al comprobar que su novia se mostraba más razonable.

   -Y, si eso no te gusta, siempre puedes trabajar con mi padre.

   -¿En su academia? Ya lo hablamos, Alicia. Sabes que ya tiene un profesor de ruso...

   -Desde esta tarde, no. Lo ha puesto de patitas en la calle -dijo ella ahuecando la voz y haciéndola más grave como para dar un énfasis de importancia casi masculino a sus palabras-. El pollo quería acostarse con una alumna y no la dejaba ni a sol ni a sombra. Hoy ha intentado besarla a la fuerza; la doncellita se ha chivado a mi padre y adiós Boris... Mi padre me ha encargado pero muy encarecidamente que te brindara ese puesto.

   -¡Pero, Alicia...! ¿Como no me lo has dicho antes, gallinita? -dijo Eduardo soltando una sonora carcajada.

   -Es que te pones tan guapo quejándote amargamente de la crisis y haciendo caritas tristes que no he querido privarme del gusto de verte hoy otra vez así -dijo Alicia aparentando seriedad para realzar más la ironía.

   Eduardo puso las dos manos en la cintura de Alicia y exclamó:

   -¡Te voy a comer, brujita malvada!

3 de diciembre de 2012

Alvin Peters

A Beatriz Troitiño

   Alvin Peters era considerado en el mundo de la moda uno de los modelos más guapos y atractivos del planeta. Todo en él era perfecto. Sus glúteos, su torso, su barbilla, sus piernas... 

   En lo que hacía referencia a sus cualidades tanto físicas como mentales, también destacaba en todo. Las mujeres que yacían con él gozaban de un sexo tan placentero que, siendo sinceras, habían de reconocer que no se podía pedir más en esa materia. En cuanto a su inteligencia, había conseguido las mejores notas de su promoción en la universidad y gozaba de un coeficiente de inteligencia que, medido por especialistas muy cualificados, tenía una altísima puntuación. En los deportes que practicaba (tenis, rugby, hockey) demostraba pericia y habilidades sobresalientes. Tenía dotes artísticas y solía pintar y escribir bellos poemas y su sensibilidad era tan acusada que algunos críticos pensaban que era uno de los artistas más prometedores del siglo. 

   En lo que al carácter se refiere, era increíblemente bondadoso, paciente, delicado con los demás, modesto, generoso, compasivo, tierno con las mujeres, fiel en el matrimonio, amigo entregado a sus amigos, padre esforzado y capaz... Su salud era la de un roble. Su juventud, plena. Su estado espiritual, la total felicidad. Su vida amorosa, satisfactoria. Su popularidad, la que quisiera... 

   Sin embargo, había quien decía que a este hombre, tan perfecto, tan impecable, tan excelente en todo, le faltaba algo para ser humano. Cuando le decían esto, él contestaba siempre que sí, que le faltaba algo: envidia.

1 de diciembre de 2012

Recortes

A Bea Magaña

   Los padres de Chema se lo dan todo porque es el chiquitín de la casa, su ojito derecho. Mi padre dice también que es para que no incordie y los deje tranquilos y que de esa forma lo están convirtiendo en un chico malo que cada vez va a querer más cosas y que, cuando sea mayor, los abandonará porque lo habrán enseñado a pensar solo en sí mismo y a no querer a nadie. 

   Pero la semana pasada sus padres se fueron de vacaciones y dejaron a cargo de Chema a su hermano mayor, Pedro, que tiene catorce años y ya tiene una novia. Su padre dejó 100 euros en la mano de Pedro para los gastos de toda la semana y la nevera llena y le ordenó que administrara bien el dinero porque no habría más hasta su vuelta a la semana siguiente.

   A Chema le gustan los bollycaos y los pringles y los gofres con chocolate y las patatas fritas y los doritos y, al ver que su padre le daba a su hermano los 100 euros, se frotó las manos porque pensó que todo ese dinero se emplearía al final en chucherías. 

   Pero su hermano, al ver los 100 euros en su mano, en lo que pensó fue en hacerse un tatuaje con el nombre de su novia, Eva María Guillermina Francisca, todo entero, en los hombros, que es donde más anchura tiene su cuerpo. Así que, al otro día, Pedro se gastó 50 euros en el tatuaje y quedó solo la mitad del dinero para los gastos que hubiera que hacer. Pero, como él confiaba en que, con la nevera llena, no habría que usar el dinero para ninguna cosa, invitó a su novia al cine y estuvieron viendo una película de miedo. Chema se quedó solo en casa, pegándole patadas a la puerta de su hermano de cinco en cinco minutos porque no le quiso dar dinero para una caja de helados de cucurucho. 

   El miércoles ya no quedaban más que 20 euros, lo demás se lo había gastado Pedro en sus cosas. Y sus padres no venían hasta el domingo. Entonces Chema le plantó cara a su hermano y le dijo que, si no le daba el dinero que quedaba para comprar chuches, que le decía a su padre que se había gastado 50 euros en hacerse un tatuaje y que estaba gastando lo demás con su novia. Pero Pedro consiguió al final convencerlo de que que había que dejar 10 euros para lo que hiciera falta y que, de los otros diez, le daría la mitad.

   Chema, disgustado porque le había tocado una parte tan pequeña pero algo más calmado porque algo es algo, se fue a una tienda de todo a cien y compró una bolsa de algo que nunca había probado pero que quiso saber a qué sabía. Ahora dice que no sabe lo que era aquello y que tiró la bolsa a la papelera y que ha mirado otra vez en la tienda después de lo que pasó y no ha visto ninguna bolsa igual. Pero, al poco de comérselo, empezó a sentir dolor en la tripa y a querer ir al baño a hacer aguas mayores y, cuando su hermano llegó a casa, estaba todavía sentado en la taza del inodoro creyendo que eran sus últimas horas de vida. 

   Pedro fue a la farmacia por un antidiarréico pero volvió sin nada. 

   -Te tienes que poner un tapón con un torniquete, Chema -dijo Pedro- porque no hay dinero suficiente para medicinas.

   Chema, que no paraba de llorar, volvió a arreciar con su llantera al oírlo y le dijo a su hermano:

   -¿Tanto valen? Si quedan diez euros...

   -No, quedan sólo dos -dijo Pedro-. Es que he tenido que hacer un gasto urgente.

   Chema, que no podía separar su trasero del retrete, guiñando los ojos, que los tenía llenos de lágrimas, y volviendo a gemir como una fiera dijo:

   -¡Has matado a tu hermano! ¡Me has matado por el nombrote de tu novia...!

   Luego, se le cortó sola la diarrea y no hubo que llamar a la ambulancia. Cuando llegó su padre, hacía tres días que no quedaba ni un céntimo de lo que él les dio.