10 de noviembre de 2012

Tormenta de verano

A Alejandra Morales 

   Felipe se despidió de Adela con su corazón tan iluminado de amor como el cielo de aquel mediodía de verano. Le había prometido casarse con ella el siguiente otoño y salió a la calle radiante de felicidad y armonía.

   Sintió al salir un aire fresco que se hacía de agradecer porque aliviaba el calor sofocante de principios de agosto. Mientras iba camino de su coche, que había tenido que aparcar cientos de metros más allá debido a la afluencia masiva de aficionados al fútbol, que habían aparcado sus vehículos allí por encontrarse próximo el estadio, el cielo se oscureció de repente y en cuestión de cinco minutos descargó un aguacero enorme que caló hasta sus huesos.

   Una vez dentro del vehículo sintió frío y, temiendo coger un constipado, decidió volver a casa de su novia para secar sus ropas y evitar así hacer los treinta kilómetros de recorrido hasta su casa con la camisa y el pantalón mojados. En realidad, era una escusa que se daba de enamorado para verla de nuevo y volver a decirle las cosas cariñosas que le gustaba decirle.

   El sol volvía a brillar como si no hubiera habido una sola nube segundos antes. Él estaba tan contento de volver a ver a su novia que no sentía el dolor de su rodilla al caminar, que hacía meses que se había fracturado en el taller donde trabajaba. Dos o tres veces estornudó y pensó por ello que hacía bien en ir a secar sus ropas en casa de Adela.

   Pero su corazón le dio un vuelco cuando vio a aquel pelirrojo calvo apoyado en el balcón de Adela fumándose un cigarrillo. En ese momento, todo el amor que sentía por ella se disolvió en su pecho como una pastilla efervescente en un vaso de agua y solo quedó un profundo resentimiento acompañado de una característica autocompasión victimista que no lograba desterrar nunca del todo de su carácter.

   Cuando Adela le abrió la puerta, Felipe le descargó estas palabras:

   -¿Quién es ese, Adela? Me dijiste que no te visitaba nadie aparte de mí y que te sentías sola cuando yo no estaba contigo... ¿Qué esperabas mintiéndome de esa manera? ¿No te basta con un hombre? ¿A cuántos necesitas? ¿Como me puedes hacer esto a mí que te he prometido fidelidad para toda la vida?

   -No entiendo nada... -dijo Adela.

   Atacado por un arrebato de indignación Felipe gritó:

   -¡Cásate con ese imbécil, conmigo ya no vas a hacerlo!

   Pero, al ver el rostro de desconcierto de Adela, pensó que había algo que no encajaba bien en toda aquella situación. Acostumbrado a sus propia tendencia a dejarse llevar por sus fantasías, decidió conceder a Adela el beneficio de la duda.

   -¿Quién es en realidad el pelirrojo calvo que hay en tu balcón? -le preguntó moderando el tono de su voz.

   -En mi balcón no hay ningún pelirrojo calvo, Felipe -contestó Adela.

   -¿Puedo pasar? -preguntó y, al ver que Adela abría más la puerta para que pasara, se dirigió al balcón y, efectivamente, no había nadie allí. Pero salió, se asomó por instinto y, justo debajo de él, sobresaliendo más allá de la barandilla del balcón del piso inmediatamente inferior, había una coronilla pelada rodeada de pelo rojizo de la que salía de vez en cuando una vaharada de humo.

   Cinco minutos después, tras los besos y disculpas con las que intentó devolver la confianza a su relación, se volvió a despedir de Adela con su corazón tan iluminado de amor como el cielo de aquel mediodía de verano.

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