3 de noviembre de 2012

Que el mundo no nos distraiga

A Mónica Benítez Tarrés

     Eva era la segunda de ocho hermanos; los malintencionados decían que la oveja negra pero, pese a su dedicación a la política, era una joven de angelical bondad además de extraordinariamente bella. Se había propuesto desde su adolescencia dedicarse a la defensa de los más débiles de la sociedad y había consagrado su vida, como en una misión, a la justicia social y la lucha por los derechos de los desfavorecidos. Esta actitud le había despertado la animadversión del sector más reaccionario de los políticos de su país, en parte, porque su oposición era muy temida y beligerante y, en parte, por esa envidia de ciertos católicos integristas que odian que haya alguien que, sin temer el infierno, sea capaz de tener sentimientos nobles hacia los necesitados y robarles a ellos el monopolio de la caridad.

     Su conciencia ética le obligaba a entregar todas sus energías a sus tareas públicas, que le absorbían casi todo su tiempo por lo que había renunciado a tener una relación de pareja. Sin embargo, su corazoncito tierno y lleno de delicadeza no pudo escapar a la tentación de buscar la relación, a través de internet, de amistades lejanas con las que chateaba en la intimidad de su solitaria casa en las horas de madrugada. De ellas no esperaba más que encontrar ese afecto personal y lleno de informalidad de que tienen necesidad los corazones niños. No se esperaba, sin embargo, que daría con un amigo que, tan solitario como ella, se apasionó hasta tal punto por su bondad, su ternura y su belleza y por ese sinfín de cosas invisibles que hacen dignos de amarse a los seres bellos que, poeta como era, se empleó en llenar de poemas su bandeja de email e intentó de todas las formas y maneras posibles convertirla en su novia.

     A ella le conmovía la entrega amorosa de su amigo de internet y le aliviaba de su sensación de desarraigo emocional. Cada noche que podía charlar con él un rato escuchaba enternecida las declaraciones de afecto intenso de su ciberamigo. Pero Eva no quería darle falsas esperanzas y le advirtió que su relación con él nunca pasaría de la amistad, no porque no le encontrara digno de ser amado sino porque su propósito en la vida, su vocación más irrenunciable, su trabajo en la política, era incompatible con una relación de pareja por el mucho tiempo que le ocupaban sus tareas pues no era de las personas dedicadas a la política al uso, amantes del sibaritismo y con escaso sentido de la responsabilidad. Le aclaró que nunca se entregaría a un hombre, ni matrimonial ni sexualmente.

     Pero la reacción de su ciberamigo, que no era menos idealista que ella, la conmovió hondamente. 

     -No me importa que nunca te entregues a mí, yo no puedo renunciar tampoco a lo que siento por ti. Desde ahora renuncio a casarme y a tener relaciones sexuales porque mi corazón te ha elegido a ti, y no necesito papeles para sentirme tu esposo. Aunque vivas al otro lado del océano, estás aquí a mi lado, rozando mi alma y eso es todo lo que necesito que hagas por mí.

     -No puedes hacer eso, Miguel -dijo ella entonces-. Tú no tienes la obligación de sacrificar por mí tu vida, eres joven todavía. Lo mío es distinto, me debo a mi vocación.

     -No es un sacrificio, lo hago por mi propia felicidad. Renunciar al amor que me inspiras sí sería un sacrificio. Pero entregarte mi vida a ti, eso es la mayor dicha que puedo concebir.

     Eva, emocionada pero consciente de lo delicado de aquella situación le repuso:

     -Miguel, yo no te podré querer nunca más que como un amigo, te hace falta el afecto de una mujer que te ame.

     -No te diré que no -respondió Miguel en el chat- pero más falta me hace que tengas tú el afecto de un hombre. Y ese hombre quiero ser yo. Quiero hacerte feliz demostrándote que eres alguien importante por ti misma y no solo como instrumento del bienestar social. Quiero demostrarte que eres completamente bella incluso en aquello que no pueden ver los demás porque lo esconde tu corazón de niña.

     -Me conmueves.

     -No sólo tú careces de sentimientos egoístas. Esta es mi manera de servir a la justicia social.

      -¿Entonces lo haces por altruismo? -dijo Eva comenzándose a sentir decepcionada, aunque no quería confesárselo a sí misma.

     -Sí, Eva, la lucha del proletariado es la mía y, amándote, hago algo muy importante por ella. Te doy fuerzas para que sigas luchando con el mismo tesón sin que desfallezcas nunca por sentirte sola.

     -Caramba, no me había dado cuenta de la firmeza de tus convicciones... -dijo Eva muy desanimada.

     -Marx es mi ídolo. Por él haría cualquier cosa... 

     -Lo entiendo, Miguel. Veo que contigo podré hablar mucho de política. 

     Eva, con tristeza, estaba pensando seriamente en esos momentos en la posibilidad de bloquear a Miguel como contacto para no recibir mensajes de él nunca más pero se contuvo en honor a todos los bellísimos poemas que le escribió y le dijo:

     -Supongo que yo también debo hacerte ver a ti que eres completamente bello por ti mismo.

     -Bueno, eso depende de tu vocación. Si es lo suficientemente grande, debes apoyarme a mí para que yo te apoye a ti para que tú apoyes al resto de nuestros hermanos proletarios.

     -Eso suena coherente, Miguel, espero no defraudarte. Pero ¿qué se supone que debo hacer por ti? Por cierto, Marx también es mi ídolo.

     -Para empezar, no mentarme nunca más a ese perro de cabellera leonina que me ha arrebatado la chica de mis sueños y al que intentaré toda mi vida sustraerte, amor mío... Por supuesto que no lo hago por altruismo, tontita, lo hago porque te quiero.

     El corazoncito de Eva respiró entonces aliviado y dijo:

     -¡Pero qué burro eres! No le llames perro, si no fuera por él, el mundo no tendría esperanza.

     -No me hables del mundo, mi hermosa rosa, no quiero que nada nos distraiga ahora. Solo quiero ver tu alma desnuda de niña.

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