22 de noviembre de 2012

Martínez y esposa

A Bea Magaña

   En casa de Martínez y esposa, las conversaciones son muy amenas y floridas pues, usándose allí la costumbre sana de leer libros instructivos e interesantes en extremo, todas las visitas han de apreciar el colorido de la erudición tanto de él como de ella. 

   Se dio el caso de que Enrique Brazas iba a contraer matrimonio con Elena Álvarez y fueron ambos a casa de Martínez, amigo del padre de Enrique, a entregarles en mano la invitación a su boda. Cuando ya estaban los cuatro sentados en la sala de estar con las bebidas servidas, Eva, la esposa de Martínez, dijo: 

   -Se hace notar el frío ya. Este clima es excelente para los deportes de invierno. 

   Como los tímidos novios no se arrancaban a hablar a pesar del sugerente comentario de Eva, dijo Martínez:

   -¿Cómo supisteis que os habíais enamorado de verdad? 

   El silencio siguió unos segundos, acompañado por los rubores de Elena, que, por un exceso de delicadeza, quizá sentía pudor de hablar de cosas personales. Finalmente, Enrique respondió:

   -A mí me ocurrió como a todo el mundo, te levantas una mañana y dices: "Voy por ella"... 

   Eva, a la que le gustaba conducir las conversaciones como hacen los moderadores en los debates de televisión dijo:

   -¿Y tú, Elena? Cuéntanos tu experiencia, por favor...

   -Es que tenemos prisa -dijo Elena-. Aún tenemos que entregar once invitaciones.

   Eva frunció el ceño, perpleja porque Elena evadía contestar una pregunta tan sencilla y con una escusa absurda pues tan solo eran las diez de la noche.

   -Bueno, pero antes cuéntame qué sentiste con el primer beso, hay poetas que lo describen muy bien. Juan Pedrajas, por ejemplo.

   -Cuéntalo tú Quique, que a mí no me salen las palabras y no sé explicarlo -dijo Elena.

   Enrique carraspeó para aclararse la voz y dijo:

   -Bueno pues el primer beso que tuve con Elena fue maravilloso, una sensación extraordinaria, simplemente, tuve que cerrar los ojos porque no podía de placer...

   Martínez miró a Elena a la cara y dijo en plan poeta:

   -El amor es ciego...

   Eva se llevó entonces la mano a la boca y empezó a reír con una risa elegante. Era una gran lectora y tenía un gran sentido del humor. Las editoriales deberían dar un homenaje a este matrimonio.

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