5 de noviembre de 2012

La rubia

A Marcela Robles

    La sonrisa sardónica que aquel hombre de 45 años dirigió a su acompañante al ver el escote de la camarera cuando se agachó a dejarle en la mesa la cerveza y la hamburguesa no le fue devuelta por este.

   -¿No tienes ya una edad para ver en las jovencitas algo más que un objeto sexual, Eduardo? -le dijo el acompañante.

   -¿Qué pasa? ¿He cometido un delito? Ponme las esposas -dijo Eduardo mientras le mostraba las manos poniendo sus muñecas juntas.

   -Te he dicho muchísimas veces que no mires de esa forma a esa chica. Me haces sentirme mal.

   -Venga, Narciso, no puedo evitarlo, soy muy masculino -dijo Eduardo.

   -Mis sentimientos también cuentan, ¿no? -dijo Narciso.

   -Ahora me saldrás con aquello de que soy un sádico y me gusta hacerte sufrir -dijo Eduardo-. Relájate, disfruta, estamos aquí solos tú y yo, podemos ser tan sinceros como queramos. Libera tu instinto de crueldad.

   -Odio la crueldad y no sé por qué sigo contigo porque tus más hondos impulsos están enfocados a provocar dolor y, más adentro, ya no hay nada -dijo Narciso.

   -Vaya, como lo he dicho, así ha sucedido. Otra vez me has colocado el sambenito de sádico. Tú más que nadie conoce la clase de sexo que practico, no soy sado-masoquista, a mí el dolor no me causa placer sexual -dijo Eduardo.

   -Sí, sé perfectamente la clase de sexo que practicas porque te he visto hacerlo en el cuarto de baño. Ojalá no lo hubiera visto; cada vez que lo recuerdo, no acierto por qué sentimiento decidirme, si la repugnancia o la compasión. Pensaba, a juzgar por tus demostraciones jactanciosas en el sexo, que preferirías yacer con una mujer y no vivir el sexo en soledad. 

   -Con esa camarera rubia sí me gustaría hacerlo -dijo Eduardo volviendo a poner una sonrisa sardónica en su rostro. 

   -¡Esa camarera rubia es mi novia, Eduardo, así que menos sarcasmo! -dijo Narciso con furia.

   -Perdona, hermanito, hace una semana que he vuelto de Inglaterra y ya estás discutiendo conmigo, como cuando éramos críos. Es mi impulso sexual, Narciso, no puedo reprimirlo, me sale así...

   -Las mujeres no son objetos de satisfacción personal, son seres humanos -dijo Narciso-. Respetar a los seres humanos y ser generosos con ellos es el único placer que no se puede reprimir nunca. Te estás perdiendo lo mejor de la vida.

   -Tengo ya hecha en mi mente la radiografía de esa chica. La podré ver desnuda con los ojos cerrados cuando esté en el baño de casa.

   -Definitivamente me decido por compadecerte, hermano -dijo Narciso-. El sufrimiento que te haces a ti mismo es superior al que haces a los demás. 

   -¡Esa novia tuya es una imbécil, me cago en la...! -dijo entonces Eduardo mirando en el interior de su hamburguesa. 

   Y entonces sacó, de entre el panecillo y la carne, una hoja de libreta llena con las notas, al parecer, de los pedidos de los clientes. Al verlo, fue esta vez Narciso quien sonrió sardónicamente a su hermano.

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