8 de noviembre de 2012

La recompensa de la bondad

A Toñi Navarro Cordoba 

   Armando Pérez se consideraba un hombre honrado y bondadoso pero procuraba no relacionarse con extranjeros, artistas o gente extravagante porque su comportamiento distaba mucho de resultarle tranquilizador. ¿Qué se podía esperar de personas que no acataban las leyes comunes de la convivencia? ¿Cómo se podía ser generoso con alguien que no comprendiera que su generosidad tenía un límite? "Solo faltaba, se decía, que cediera yo el paso a un marroquí y él creyera, por esa razón, que lo considero superior a mí o que invitara a mi casa a comer a un cantante de rock y, por tener ese detalle un día, considerara en adelante suya mi comida... No, a la generosidad hay que sacarle un provecho personal, de lo contrario los hombres buenos pereceríamos porque se agotarían todas nuestras energías al desperdiciarlas con los demás."

   Un domingo, estaba esperando sentado la salida de los fieles en un banco en la plaza de la catedral, costumbre que había adoptado desde que dejó de ir a misa y adoptó el agnosticismo allá por sus años de la Universidad y que era una especie de ritual para no echar de menos sus raíces cristianas, y de pronto vio acercarse a un mendigo acompañado de un perro callejero. El mendigo, haciendo caso omiso de los respingos de aprensión que hacía Armando, se sentó junto a él y comenzó a comerse un bocadillo. El perro se acercó a él y el mendigo le dio un trocito de su pan. El perro comenzó a comérselo y luego se sentó a observar al vagabundo. Al poco el mendigo dejó el bocadillo a medio comer en el banco para atarse los cordones de los zapatos y fue entonces cuando el perro aprovechó para robárselo. El mendigo corrió en su búsqueda pero el perro huyó con el pan en la boca.

   El mendigo se aproximó a Armando y le dijo:

   -¿Me puede dar usted dos euros para comer? Ya ha visto lo que me ha pasado.

   Armando, que tenía el talante torturador de los que consideran la vida como un conjunto de obligaciones demasiado onerosas pero necesarias, quiso ponerle difícil al vagabundo comer aquel día por aquello de que todo hijo de mujer tenía que ganar su pan con el sudor de su frente. Y decidió discutir con él.

   -Pero, hombre, ¿qué gano yo dándote dos euros? ¿No me harás luego lo que el perro te ha hecho a ti? Tú le has dado un trocito y él, como pago, te lo ha quitado todo.

   -No lo sé, amigo, si pudiera hacer algo parecido, a lo mejor sí pero yo le he dado el trocito de pan al perro porque he querido, porque se me caía el alma a los pies de ver la cara que ponía, si hubiera echado cuentas de que el perro me tenía que dar algo a cambio, no se lo habría dado.

   Armando rió con la ocurrencia del mendigo aunque sin ver profundidad alguna en ella y, convencido de que era un cabeza hueca, le dio los dos euros.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Gracias por su comentario