19 de noviembre de 2012

La felicidad del otro

A Isi Dávila

   Juan Caíno apenas había aprendido algo durante su estancia en la universidad. Es lo que suele pasar con los hombres cínicos y desaprensivos: aspiran a aprobar siempre mediante argucias y prescindiendo de toda honradez. Además, la clase de falta de madurez que hace carecer de escrúpulos suele combinarse con una falta notable de capacidad mental.

   Abelardo Sánchez, sin embargo, era una buena persona. Era creativo, cosa muy relacionada con el respeto a los semejantes, inteligente, trabajador y preocupado por la empresa porque, como inteligente que era, sabía que sus desvelos por la buena marcha de la firma para la que trabajaba le beneficiaban a él directamente.

   Un día, la empresa convocó una reunión de ejecutivos para aportar ideas para aumentar sus beneficios. Abelardo fue el primero en hablar y dijo:

   -Nuestros supermercados no tienen la popularidad que deberían porque las técnicas de marketing que utilizamos son tan agresivas y hemos llegado a abigarrar tanto los centros con nuestros trucos de manipulación que los mismos clientes se dan cuenta y se sienten mal con nuestra marca. La gente no es tonta, sabe lo que quiere y, si un día vuelve a casa con algo que no quería pero que le han impulsado a comprar, no regresa al lugar donde lo ha comprado porque se da cuenta de que ha sido engañado de alguna forma. Propongo que nuestros centros se limpien de argucias y maquinaciones, desaparezca la música agresiva de fondo y se trate a los clientes como adultos. Propongo incluso que, cuando hallemos ignorancia en un cliente, lo instruyamos con honradez en lo que tiene que comprar.

   El presidente dio la palabra entonces a Juan Caíno.

   -No estoy nada de acuerdo -dijo este-. La gente sí es tonta, no son más que borreguitos que hay que manipular para que se decidan a consumir o, de lo contrario, jamás van a darnos los beneficios que necesita nuestra empresa para ir adelante. Yo propongo que se aumenten las medidas manipuladoras para que el cliente consuma más. El problema que tenemos es de falta de agresividad, no de exceso.

   El presidente decidió dar la razón a Abelardo y la reunión terminó.

   Abelardo ganaría un puesto en el escalafón y Juan Caíno lo sabía y sintió envidia de la que llaman sana porque es la que anima a la gente a superarse en su ocupación aunque no lo es porque la envidia siempre es una muestra de falta de generosidad.

   Llevado por esta envidia y decidido a suplantar a Abelardo en el puesto, Juan Caíno, como es propio de todo desaprensivo, no vio el más mínimo inconveniente en causarle daño usando la mentira. Al día siguiente de la reunión, se dirigió al presidente y le dijo:

   -Señor Fernández, en bien de la empresa le voy a comunicar algo que ha llegado a mis oídos de boca de un vecino de Abelardo. A este vecino le confió el plan que tiene para su empresa semejante sujeto, sí, señor Fernández, sujeto, y comprobará por qué lo llamo así. Este miserable tiene el propósito de arruinar la empresa y, cuando esté en la bancarrota, comprarla con el capital de un importante empresario que va a convertirse probablemente en su consuegro. Es por esto y solo por esto que le ha hecho creer a usted que la empresa debe prescindir del marketing. ¡Vamos, señor Fernández! Pero si el marketing es una ciencia... ¿A quién se le ocurre proponer si no es por causar daño que hay que prescindir de las técnicas de marketing en una empresa de servicios?

   Como consecuencia de esta falsedad, Abelardo fue despedido y su puesto pasó a un triunfante Juan Caíno, que, al llegar a casa y cerrar la puerta, levantó su puño con los dientes apretados y dio un gruñido de júbilo.

   Poco le duró ese orgulloso júbilo porque la firma de supermercados, por la desastrosa gestión de Juan Caíno, entró en una progresiva pérdida de beneficios y cayó en la bancarrota. Todos sus empleados, incluyendole a él fueron al paro. Había vencido la competencia aplastantemente, sabiamente asesorada por Abelardo Sánchez.

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